En riesgo de desaparecer 68 lenguas en México
Las 68 lenguas indígenas de México están en peligro de desaparecer, pero 31 de ellas enfrentan un peligro grave.
CIUDAD DE MÉXICO
En el Año Internacional de las Lenguas Indígenas, no hay manera de edulcorar una advertencia que, a decir de los expertos, no se dice lo suficiente: Todas y cada una de las lenguas indígenas del País, las 68 que todavía se hablan, se encuentran en algún riesgo de desaparecer.
Cerca de la mitad de ellas, además, están en un grado de peligro grave.
“Hay varios clasificadores, pero tenemos que todas las lenguas del País, todas las lenguas indígenas, están amenazadas, están en riesgo, pero hay dos niveles: Muy alto riesgo y alto riesgo, y en esos dos están 31 de ellas”, explica Nicandro González Peña, director de Investigación del Instituto Nacional de Lenguas Indígenas (Inali).
La emergencia, explica, recorre el País entero, con algunos focos rojos bien localizados.
En el norte, por ejemplo, las lenguas de la familia cochimí-yumana, como el paipai y el cucapá, han ido menguando a velocidad alarmante.
Una de ellas, el kiliwa, tiene incluso, según González, menos de 10 hablantes cotidianos, de los cuales esta semana falleció en Baja California una, Hipólita Espinoza, de 93 años, aunque sus cercanos indican que la gravedad del panorama es mayor: Solo quedan 3 hablantes.
En el Sur, la lengua mayense awakateko tendría en México solo 17 hablantes, mientras otras variantes como el ixil o el qato’k subsisten, según las últimas estimaciones, menos de 100.
“Estas 31 lenguas tienen diferentes situaciones, desde las que tienen menos de 100 hablantes hasta lenguas que pueden tener hasta 10 mil, pero que ya no hay transmisión generacional, en las que estamos viendo que las nuevas generaciones no la están hablando y la proporción de niños hablantes está disminuyendo el número total”, abunda el antropólogo y lingüista.
Desde la fundación del Inali, la dirección que encabeza González se ha dedicado a llevar a cabo algunos de los esfuerzos documentales más acabados sobre la gran variedad de las lenguas indígenas en el territorio nacional, ante el riesgo de su desaparición.
En este año, con la efeméride internacional y las actividades que la acompañan, González espera que sus esfuerzos cotidianos puedan llegar más lejos.
“Este llamado de la ONU, después adoptado por la Unesco, del Año Internacional de las Lenguas Indígenas, nos está pidiendo a todos los Estados y las instituciones que nos sumemos en actividades para visibilizar esta situación y para hacer actividades en torno a revertir ese desplazamiento lingüístico”, explica.
El volumen real del problema que afrontan las lenguas indígenas en México puede consultarse, para que cualquiera pueda dimensionarlo, en el Atlas de los Pueblos Indígenas de México, un recurso digital que incluye materiales de audio, imágenes, videos e información estadística, geográfica y etnográfica.
Convocado por la entonces Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas (CDI), hoy Instituto Nacional de los Pueblos Indígenas (INPI), el Inali colaboró en la realización del atlas con toda la información documental contenida en el que, a la fecha, es el documento rector más importante sobre su tema: el Catálogo de Lenguas Indígenas Nacionales.
Conformado, en su versión actual, desde el 2005, el catálogo es un instrumento híbrido, que funciona tanto para la academia como para la planeación de política pública, que recoge todo el conocimiento existente en la materia y propone una clasificación unificada.
“Es bien importante decir que el trabajo se hizo a partir de otras referencias que ya se habían hecho desde décadas atrás, del INAH, del Ciesas (Centro de Investigación y Estudios Superiores de Antropología Social), de El Colegio Nacional, entonces retoma el trabajo de clasificación que ya habían hecho varios autores”, detalla González.
Es de ahí de donde proviene la clasificación de 11 familias lingüísticas y 68 lenguas con 364 variantes, que todas las dependencias públicas del País, y organismos como la Unesco, utilizan para sus mediciones estadísticas.
El catálogo, no obstante, jamás podrá ser considerado definitivo, puesto que, como lo demanda la actividad propia de las lenguas vivas del mundo, observa una materia de estudio en constante cambio.
“Por ejemplo: Hay una dinámica bien activa, que es que algunos pueblos pasan a formar parte de otros municipios, o que un pueblo se transforme en Municipio, o que el Municipio deja de serlo. Toda esta dinámica territorial cambia la geografía lingüística”, expone.
En ocasiones, las propias comunidades se acercan al Inali para inconformarse sobre la variante lingüística en la que han sido catalogadas.
“(En ese caso) se hace una revisión con el Municipio, con la comunidad, que es algo más generalizado y, si todos están diciendo que es cierto, que su comunidad más bien se entiende con otra, y no con la que está clasificada, les pedimos que lo hagan también por escrito y que haya también autoridades comunitarias respaldando la solicitud”, expone.
En este proceder, explica González, reside uno de los principios básicos que guían el trabajo lingüístico y antropológico moderno con los pueblos indígenas, consagrado en la Ley General de Derechos Lingüísticos: el derecho a la autodenominación.
Históricamente, explica, algunos pueblos de México han sido nombrados con las palabras, en ocasiones peyorativas, con las que se refirieron a ellos sus conquistadores o pueblos vecinos. Tal es el caso, por ejemplo, de las denominaciones nahuas de los pueblos y lenguas del sur y centro de México.
“Los otomíes son nombrados también por los nahuas, entonces dicen: ‘nosotros no somos otomíes, somos hñähñú’; los huaves dicen: ‘Somos ikoots y nuestra lengua es umbeyats’; los seris no se autodenominan como seris, son comcaac, y su lengua es cmiiqueiito. Y eso va a lo largo y ancho del País”, ejemplifica.
El combate contra la desaparición de la riqueza lingüística del País, por esto mismo, tiene que ver con la erradicación de prejuicios y falsas nociones que comparte el grueso de la población.
Términos como lengua, variación y familia lingüística, lamenta González, siguen sin ser mayormente entendidos y se ven enturbiados, aun más, con algunas costumbres coloniales que demeritan a las lenguas llamándolas, por ejemplo, dialectos.
“Todas son lenguas y tienen el mismo estatus, aunque no tienen el mismo estatus económico, o de prestigio, que el alemán o el inglés, pero fonológicamente, lingüísticamente, tienen el mismo estatus”, despeja el antropólogo.
“Dialecto se refiere a ese nivel de variante, solo que se utilizó muy despectivamente para hacer referencia a que pudieran (las lenguas) ser sistemas inferiores, que no sirven para explicaciones científicas”, denuncia.
Ante todo este entramado teórico, de clasificación y de percepción social, la búsqueda de preservación de las lenguas indígenas, además de problemas presupuestales, debe someterse, necesariamente, al consentimiento de sus hablantes.
“El trabajo debe ser comunitario, nosotros fungimos como facilitadores y ellos (las comunidades) son los que van a decir qué lengua hablan, con qué pueblo se entienden, cuáles son sus elementos simbólicos, históricos, más representativos y cuál es el papel que quieren jugar en la dinámica social, socioeconómica del País”, agrega.
De esta forma, cada comunidad debe estar de acuerdo en las rutas que habrá de seguir para la revitalización de su lengua y, después, colaborar activamente con ello. Tras la formación de comités locales con ese propósito, el Inali colabora en calidad de instancia asesora.
Entre los distintos métodos para revitalizar una lengua, se encuentra uno, con casos de éxito documentados en otros países, conocida como “Nido de lengua”.
“En la generación de ‘nidos de lengua’, un grupo de hablantes de la lengua, generalmente adultos mayores, que son los que la conocen mejor, hacen grupos de niños en dónde estos adultos les transmiten la lengua de manera, podríamos decir, como en una educación informal y más apegada a una forma natural con la que se aprende una lengua”, ilustra.
“Otra es la documentación, que eso es vital en el caso de una lengua de alto riesgo; documentar su léxico, documentarla de manera cotidiana, por ejemplo con un cuento tradicional, que te describa cómo se siembra algo regional de la localidad, y ahí se recupera conocimiento, se recupera léxico y se tiene también un repertorio muy rico de cómo es la lengua en el contexto”, agrega.
Esta documentación, posteriormente, se usa para la generación de materiales, como audiolibros o juegos lúdicos, como una lotería, que sirven para facilitar el proceso de aprendizaje de los niños.
Estos procesos, sin embargo, son paulatinos y orgánicos, sin posibilidad de apresurarse artificialmente.
“Esto lleva mucho tiempo. Yo creo que podríamos ver en una o dos generaciones los resultados ya de revitalización de una lengua; son procesos muy tardados, pero esas son las estrategias que han tenido éxito en algunos casos, y es fundamental el primer tema que mencionaba, que la comunidad está convencida, que tome en sus manos la recuperación de la lengua, y después ya los demás recursos”, abunda.
Con 31 lenguas indígenas en peligro inminente, el Estado mexicano se encuentra en un momento crucial para tomar acciones, o dejar que su riqueza lingüística se vea mermada por siempre.
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