El miedo a la exclusión social es tan antiguo como la vida en sociedad. Esa sensación amarga de sentir que nos estamos perdiendo algo que los otros conocen comienza como una simple percepción, que crece y nos mortifica hasta el punto de necesitar mantenernos siempre actualizados.
Con las nuevas tecnologías esta sensación toma nuevas dimensiones, que requieren el análisis de sociólogos, sicólogos e incluso médicos, pues puede transformarse en algo bastante cercano a una enfermedad. La ansiedad y el miedo de quedarnos al margen nos hacen excluirnos aún más, y refugiarnos en un mundo de pantallas que nos aísla del contacto humano, cayendo en una espiral de nunca acabar.
Casi dos tercios del total de usuarios de la redes sociales en el mundo padecen el síndrome conocido como FOMO, pero lo más extraño de todo es que la mayoría de ellos ignora tal condición.
¿Qué es el FOMO? De acuerdo a sus siglas en inglés, el “fear of missing out” podría traducirse como “el miedo a perderse algo”. Ese “algo” puede ser cualquier cosa publicada en las redes: Una noticia, un evento, un acontecimiento importante de un familiar, un comentario, etc.
La popularización de las redes sociales y esa necesidad constante de mantenernos conectados todo el tiempo hace que este síndrome sea algo más que un simple miedo. El FOMO es más bien un miedo envidioso. Lo que preocupa a quienes lo padecen no es el simple hecho de perderse algo, es el más bien el hecho de “que otro sepa lo que yo me pierdo y se divierta con eso”, que otro tenga la posibilidad de “dejarme afuera” de un tema simplemente porque sabe algo que yo desconozco.
Las asimetrías de información en su máxima expresión han generado que esta preocupación aparentemente inofensiva se transforme en un trastorno prácticamente imposible de frenar sin la ayuda de un profesional.
La adicción a mantenerse actualizado es proporcional al miedo que se siente, ocasionando que en muchas oportunidades los momentos de disfrute se pierdan totalmente. Hoy en día no interesa ir a un concierto, interesa publicar que se fue a ese concierto. Si no se publica no pasa, así de sencillo.
Somos seres sociales al extremo, que necesitamos compartir nuestra vida con otros seres humanos para sentir que realmente la vivimos. Pero hay límites que deberían ser infranqueables.
Cuando necesitamos consultar el celular todo el tiempo y no podemos permitirnos siquiera disfrutar de un momento a solas con la familia o los amigos, o aún peor, cuando sentimos esa especie de competencia irracional que nos impulsa a aparentar tener una vida más interesante de la que en realidad llevamos bajo la falsa creencia de que publicando mentiras alcanzaremos la felicidad… Es en ese momento cuando tenemos que parar el reloj y pedir ayuda. Porque a fin de cuentas, temiendo perdernos “algo”, lo que en realidad estamos perdiendo es tiempo.
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