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Mexicali Disciplina, concentración, precisión y ética son parte de las habilidades requeridas para el billar y aptitudes

Un santuario del billar llamado Chavinda

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Por Saul D.Martinez

Un santuario del billar llamado Chavinda

Un santuario del billar llamado Chavinda

El año es 1992. El mexicalense por adopción, Roberto Ochoa Hernández se enfrenta a la leyenda del billar, Sang Chun Lee, un koreano naturalizado estadounidense, en un torneo en aquel país. La ventaja del mexicalense es abrumadora, con más de 20 carambolas de diferencia.

Sang Lee decide tomar un descanso durante su turno. Va al baño, a la cafetería, a relajarse. Excede el tiempo permitido para descansar, pero las autoridades del torneo parecen indiferentes. Ochoa Hernández acepta estoico el descanso del sudcoreano, confiado en su ventaja.



Cuando la justa se reanuda, el mexicalense pierde concentración y Lee comienza a tomar ventaja. Una carambola dudosa y la presión sobre Ochoa se suman al preludio de su derrota ante el billarista de talla mundial. Una foto de ambos en blanco y negro capta sus rostros.

El billar es su vida. Don Roberto Ochoa Hernández habla con pasión y seriedad del deporte que forjó su persona y perfil profesional de este juego. A pesar de la relación intrínseca que tiene con el entretenimiento, el ocio y a veces hasta el alcohol, para él es mucho más que eso.



En el billar no puedes ser un buen borracho, dice con el acento de un padre riguroso. “Tienes que ser buen ciudadano, ser un buen padre, te exige disciplina, y un buen borracho no tiene nada de eso”, expresa con lapidación.

Recuerda con memoria fotográfica los torneos en los que ha participado, los lugares, las ciudades, los momentos clave, los nombres de sus contrincantes, resultados y un sinfín de detalles. Lo que comenzó como un reto, se convirtió en su modo de vida.

Ajedrez, tacos y bolas

Don Roberto Ochoa Hernández, tiene 72 años y abrió en 1989 el Billar Chavinda, sobre el callejón Reforma, que llegó a ser el atractivo principal de billaristas locales y foráneos, y que hoy sobrevive los embates y afrentas económicas propias del desdeñado centro de la ciudad.

Decidió nombrar su billar como su pueblo natal en Michoacán, ubicado en un punto intermedio entre Zamora y Sahuayo, dos localidades más conocidas de ese estado y que consideró que sería un nombre más o menos original y memorable.

Y así lo ha sido. En el sitio se han llevado a cabo disputas internacionales, copas locales y nacionales. Todos los miércoles por la noche, se lleva a cabo un torneo local que atrae a los aficionados y profesionales del billar en Mexicali.



Años atrás, en junio de 1965, abrió un local de curiosidades, también sobre el callejón Reforma. En sus andares por el Centro Histórico de la capital, años después habría de visitar los Billares del Norte, donde buscaba rivales para el ajedrez.

Un buen día se encontró sin quien disputar una partida, y otras personas en el sitio lo invitaron a jugar billar, lo que aceptó un poco renuente. Lo convencieron de inscribirse a un torneo, y por varias semanas se dio a la tarea de practicar al menos dos horas diarias. Le interesaba ganar, y sabía que para ello, como en todo en la vida, había que aprender y practicar arduamente.

Desde entonces, don Roberto come, desayuna y cena billar.

Abriendo sendas

La fundación del billar Chavinda no hubiera sido posible sin la involuntaria intervención de la Asociación de Dueños de Billares de Mexicali, que en los ochentas le negó la realización de un torneo de billar a don Roberto en uno de los locales con mesas reglamentarias, recuerda.

Esta negativa lo empujó a abrir su propio billar, que cumpliera con todos los aspectos técnicos para llevar a cabo torneos nacionales e internacionales, y bueno, este arrebato está a punto de cumplir los treinta años.



Dos paredes relatan la historia de don Roberto, su pasión, vocación y del Chavinda, a través de decenas de fotografías en la que bien aparecen billaristas de talla internacional, así como políticos y empresarios locales o documentos que evidencian su participación en justas de billar.

Quince años atrás, considera, Baja California tenía buenos prospectos y aficionados que buscaban profesionalizarse en el billar, un deporte que ahora es visto por muchos como mero entretenimiento.

Aunque el alma del Chavinda se encauza en formar a deportistas en el juego y rendir tributo a las cualidades necesarias para llevarlo a cabo, ha sabido sobrevivir armoniosamente en un ecosistema en el que bien interactúan profesionales, ebrios de ocasión, ficheras, jóvenes de pose mundana y quincuagenarios que lo han visto como su segundo hogar.

Lo mejor de este juego, dice, es saber que la bola hizo lo que pensó tu mente. Lograr coordinar la idea y la acción, en una muestra de destreza mental y física. Cualidades necesarias para personas que desean retarse a sí mismos. Una filosofía con la que ha vivido en las últimas décadas.

El sitio de la resistencia

A la entrada del Chavinda, los aromas de una taquería y de un pequeño local de mariscos están listos por la noche para atender y alimentar a los parroquianos que, fundamentalmente posesos por el alcohol, requieren de comida para calmar la bestia.



El local ve un ir y venir de clientes durante las noches. Don Roberto ocupa regularmente una de las mesas de la esquina, jugando carambola con sus amigos. Cada miércoles, participa en los torneos de carambola que él mismo organiza.

Con sus pisos ajedrezados, el Chavinda guarda una relación con ese juego de mesa que llevó a don Roberto a fundar uno de los sitios más icónicos el Centro por su folklor y su peculiar jarana, que ha sobrevivido en los últimos años.



Cuando habla del billar, sabe que habla de algo más profundo que lo evidente. Una filosofía, una formación como ser humano, es inherente cuando alguien se dedica en cuerpo y alma a este deporte. Concentración, estrategia y disciplina.

“El billar tiene mucho ego”, expresa luego de mostrarnos las fotografías que adornan varios metros cuadrados de paredes del local y de hablar del trofeo de prospecto invicto que ganó en uno de sus primeros torneos, que tuvo que dejar anticipadamente porque debía dedicarse a la venta de juguetes que le fiaban durante diciembre.



Hoy, don Roberto, aunque infatigable, solo desea que uno de sus hijos asuma el control de la empresa familiar que ha logrado mantener a flote en los últimos 29 años y que ha visto el preámbulo de su retiro de las carambolas.

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