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Mexicali La barbería Imperial cumple casi seis décadas en el Centro Histórico, hoy convertida en una moderna tradición para los amantes de un buen corte

El Fígaro del Centro; cuatro generaciones al filo de la navaja

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Por Saul D.Martinez

El Fígaro del Centro; cuatro generaciones al filo de la navaja

El Fígaro del Centro; cuatro generaciones al filo de la navaja

Desde que tenía 13 años, Jorge Burgos Mejía sabía qué oficio ejercería, inspirado por su padre y su abuelo, ambos de oficio barberos, una suerte de respetado personaje y guardador de secretos de sus clientes.

Comenzó como bolero y ayudante en la barbería de su padre, ubicada en la calle Lerdo y Morelos, donde vio el desfilar de residentes de todo Mexicali y el Valle, cada fin de semana, para “hacerse” el pelo, aprovechando su visita para abastecerse de víveres.



“Ahí me di cuenta que quería ser barbero, desde chiquillo ganarme la vida y pues antes no había escuela para eso, uno tenía que ir aprendiendo y pues, ahí dicen que echando a perder se aprende”, dice don Jorge, hoy de 70 años de edad, para luego soltar una carcajada.

A diferencia de sus otros hermanos, que se dedicaron a otros estudios y profesiones, don Jorge decidió seguir los pasos de su padre y su abuelo, de quien conserva una navaja alemana Tree Brand de 1926 y una máquina mecánica para cortar cabello.



El fígaro del Centro ha ejercido el oficio por más de 50 años y hasta la fecha sigue formando a varias generaciones en este arte, entre ellos al más joven de sus hijos, Isaac, quien se postula para heredar este pequeño emporio familiar como la cuarta generación.

La Imperial

Fundada en 1960, la Barbería Imperial, enclavada en el Centro Histórico de la ciudad, se ha convertido en la mezquita de barberos y peluqueros de todas las edades y de diferentes latitudes.

Más de medio siglo de historia y tradición rodean el local ubicado en el 104 de la calle Agustín Melgar, del Centro Histórico de Mexicali, a unos cuantos metros de la frontera con Calexico, en una zona concurrida por miles de usuarios de la garita peatonal.



El fundador original es Rafael Ruiz, cuyo retrato aún sigue en las paredes de esta barbería. El negocio fue completamente familiar y don Jorge comenzó a trabajar para ellos en 1990. La viuda del fundador original, un buen día, le traspasó el negocio a don Jorge, hace 16 años.

Hoy como propietario, aún conserva el “caramelo” original instalado desde que se fundó la barbería, ese cilindro de colores azul, rojo y blanco, que a las afueras de la barbería sigue avisando a los viandantes que al interior se encuentra un barbero listo para atender.



El azul significa elegancia, el blanco significa la higiene y el rojo, dice don Jorge, representa la sangre, porque en la antigüedad, el barbero también la hacía de dentista al retirar dientes, y no precisamente con los métodos que conocemos hoy.

Una función tradicional

Influenciado por la mística que irradia el oficio del barbero, don Jorge es de plática fácil, un requisito indispensablemente nato para las antiguas barberías, que servían como centros de convivencia social y en ocasiones foros de debate informal sobre problemas de su actualidad.



Saluda, atiende aquí y allá, pero don Jorge camina con un andar imperturbable, atendiendo la barbería, cobrando, supervisando. Solo en algunas ocasiones vuelve a tomar las tijeras y el peine para hacer algún corte o rasurar alguna barba.

“Uno viene aquí por la atención, trabajan bien y por la tradición, ¿pa´ qué quieres más?”, expresa Benito Espinoza, un cliente de 74 años de edad que ha venido a esta barbería desde su infancia, y a quien hoy le han arreglado el pelo y su bigote cano.



La barbería Imperial ha funcionado a lo largo de los años como epicentro de interacción social, de punto de reunión para los politólogos por afición, de inocente cotilleo o en algunos casos, esas sillas de barbero de piel y hierro forjado de mediados del siglo pasado, han servido de confesionario.

El reverdecido oficio

Las paredes de la barbería son un despliegue de historia gráfica. Posters de los noventas, una pared atiborrada de imágenes del viejo Mexicali, retratos con rostros que revelan su pertenencia a otra década, decoraciones clásicas de las barberías de fines del siglo pasado, un vetusto teléfono de monedas.



Todo ello convive con jóvenes y mujeres hábiles con las máquinas, tijeras, navajas y demás herramientas para acicalar a clientes, muchos de ellos jóvenes también, que buscan cortes de cabello y barba más contemporáneos.



Don Jorge admite que el boom de las estéticas en la década de los noventas afectó el negocio de las barberías, pero desde hace poco menos de 10 años, las cosas volvieron a su cauce tradicional.

Un nuevo empuje de las barberías, como concepto de negocio en la ciudad, resurgió entre las nuevas generaciones, y en medio de esta nueva tendencia se ha alzado y florecido el negocio familiar de don Jorge.

Contracorriente

De sus cuatro hijos, solo uno de ellos, el menor, decidió seguir sus pasos. Es la cuarta generación de barberos en los Burgos, y el deseo más grande de don Jorge, es que una siguiente generación conserve el oficio familiar.

A pesar del nuevo auge que viven las barberías, problemas como inseguridad, indigencia y falta de estacionamiento en el Centro Histórico han incidido en que muchas personas dejen de acudir al corazón de la ciudad.



Don Jorge considera que la instalación de grandes comercios, como restaurantes y supermercados de gran envergadura, puedan ayudar a mejorar el flujo de mexicalenses en el Centro de Mexicali.



El oficio de barbero ha demostrado ser imperecedero. El fígaro sigue cumpliendo su función social y, particularmente en el Centro de la ciudad, una zona en la orfandad política, tiene un mérito destacado por lograr sobrevivir dignamente.
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