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Mexicali Sobreviviente a los años, a los cambios sociales y a un parcial abandono, el mercado de abastos “Braulio Maldonado” es aún una folclórica opción

El “Braulio Maldonado”, la mundana exquisitez del Centro Histórico

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Por Saul D.Martinez

El “Braulio Maldonado”, la mundana exquisitez del Centro Histórico

El “Braulio Maldonado”, la mundana exquisitez del Centro Histórico

Caminar por la Central de Abastos “Braulio Maldonado” es una experiencia imprescindible para todo mexicalense. Entre olores, texturas, colores y mucha, mucha plática, es posible surtir la canasta básica, eso sí, sin el glamour de un mercado convencional o de estilo estadounidense.

Abierto desde 1956 durante el periodo de Braulio Maldonado Sandez como gobernador de Baja California, este mercado de abastos es historia viviente del siglo pasado, resiliente, folclórico, colorido, a pesar del desdén del consumidor promedio de abarrotes.



Desde las cinco de la mañana, este mercado de 40 mil metros cuadrados, enclavado en los márgenes del Centro Histórico de la ciudad, comienza a llenarse de vida, de tránsito de tractocamiones, de vehículos particulares, de peatones y de trabajadores.

Este mercado, que emplea a unas mil 900 personas, es uno de los 65 principales puntos de abasto de alimentos primarios en México, y a pesar de su invisibilidad, es un pilar de fundamental de la cadena alimentaria en esta región, pues muchos de sus productos llegan a esos mercados en Mexicali de cadenas nacionales y de trasnacionales. Esta semana, lo recorrimos a pie, y estas son sus historias.



Al que madruga

Con los primeros rayos del sol, los empleados, propietarios y locatarios del Braulio Maldonado también van llenando los pasillos del entramado de calles que componen el mercado de abastos, el más viejo en Mexicali, el más histórico.

Manuel Vallejo Espinoza tiene 53 años y llegó hace 15 a Mexicali, donde trabaja en donde puede. Por temporadas ha trabajado en el mercado, por “ficha”, es decir, lo emplean para cargar y descargar camiones con frutas, verduras o lo que llegue.



Mientras golpea sandías, va separándolas para llenar cajas de cartón que soportan hasta una tonelada de esta fruta, que van a dar a comercios de Puerto Peñasco, Sonora. Llegar temprano es indispensable, pues de ahí depende que alcance a “fichar” como cargador o labores generales.

Entre carrilla, motes y ocasionales albures, Manuel trabaja con otros dos compañeros ese día, en el que deben terminar temprano para lograr que el camión salga a tiempo de Mexicali y llegue con el producto fresco a su destino.



El hervidero de empleados, locatarios y trabajadores le da vida al mercado como si fueran su sangre circulando por sus callejuelas. Cargar, descargar, separar, subir, bajar, platicar, vender y ofertar son las labores diarias. En este lugar se encuentra de todo.

Varios de los locales tienen en sus frentes cajas y cajas de tomates bien rojos, limpios, que de estar en otro sitio, cualquiera diría que son gourmet. “Es temporada dura”, me dice uno de los comerciantes que por 135 pesos compra una caja que tiene casi 25 kilos de tomate. “Hay mucho tomate, por eso está tan barato”.

Olores, colores, sabores

El verdadero espíritu del Mercado Braulio Maldonado no son sus vetustas instalaciones, sus calles maltratadas o su arquitectura, al menos no hasta hoy. Lo que le da color a este mercado son sus productos y la interacción con las personas.

“Ya tenemos acá la sección de los naranjeros, de los tomateros, los eloteros, los especieros, los abarroteros, de todo”, me comenta un elotero, que por 45 pesos vende las docenas de mazorcas recién cortadas de alguna parcela local.



Hugo Torres, conocido como El Jarocho, es un vendedor de cócteles de elote y el Braulio Maldonado es su proveedor principal. Es de Veracruz, de ahí su apodo, y tiene 19 años en Mexicali. Conoció el corazón de la ciudad pues vendía comida típica de su región en los bares de la ciudad.

Entre carrilla y pláticas triviales, compra varias docenas en la sección de eloteros, que entre ellos se arrojan pedazos de mazorca, se gritan chistes entre ellos y todo se convierte en risas cuando mi compañero comienza a tomarles fotografías.



A pesar de la aparente hostilidad, vemos mujeres llegar en autos de reciente modelo para preguntar por precios y comprar productos al medio mayoreo, a quienes se les dirigen con sumo respeto los comerciantes. Aquí, solo entre hombres se llevan pesado, pero siempre con hermandad.

Culturas convergentes


Basta caminar un poco este mercado para ver que hay de todo, y no solo de productos, sino de personalidades. Actualmente, varios haitianos trabajan en esta zona como cargadores, luego de su diáspora que terminó en esta frontera.

Milor Edner, de 29 años y originario de Jacmel, Haití, atiende uno de los puestos minoristas cerca del mercado de abastos. De momentos, atiende a chinos que acuden a comprar la materia prima para surtir sus restaurantes de comida china local, o bien, para su propio consumo.

Algunos de sus compañeros le dicen que hable de las “novias” que lo visitan y preguntan por él. Milor solo se ríe y juega a golpear a sus compañeros, como si fueran estudiantes de primaria que se empujan jugando.

“La gente piensa cosas malas de la comida de los chinos, pero mira, vente un sábado en la mañana, aquí vienen a comprar el pollo y la carne (apunta a una carnicería frente a su local) y luego se brincan acá a comprar las verduras”, comenta el encargado de un colorido local, abastecido de fruta que bien podría estar en una tienda gourmet, obviamente, sin la plusvalía de unas bonitas instalaciones.

Tradición de la canasta básica y la gastronomía en restauración

La modernización de las instalaciones de este mercado estaba contemplado en los compromisos de campaña signado por Antonio Magaña González, candidato a la alcaldía de Mexicali en las pasadas elecciones.

Actualmente, el mercado, con más de 230 bodegas, de las cuales 197 son de legumbres, frutas y hortalizas, sobrevive de la actividad primaria: distribuir toneladas de alimentos de la canasta básica a las tiendas y locales de la región.

Otros negocios satélite, como la Lonchería Ahualulco o la taquería La Tormenta del Desierto, han logrado sobrevivir por más de 50 años, alimentando a los trabajadores de estas bodegas y locales de la central de abastos, pero de estos negocios hablaremos en otra ocasión.



En 2004, el proyecto de la Central de Abastos, hoy operativa en la zona oriente de la ciudad, logró su impulso debido a que, en aquel entonces, se consideraba insuficiente el mercado Braulio Maldonado para cubrir las necesidades alimentarias de la ciudad.

Hay quienes señalan que debe reinventarse o renovarse. El mercado sigue teniendo su propio vigor, muy a pesar de que la oferta de las grandes cadenas de supermercados ha acaparado a las nuevas generaciones y las ha habituado a que es en ese tipo de negocios donde se “debe” comprar víveres al menudeo.

Visitar este mercado es entender, en parte, de dónde provienen los alimentos que nos llevamos a la boca. Por hoy, el Braulio Maldonado sigue viviendo y resistiendo, resiliente y a todo color.
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