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Mexicali Por años se dedicó al pugilismo y representó a México en varias competencias internacionales

Del ring al cajón de bola, un guerrero del Centro

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Por Saul D.Martinez

Del ring al cajón de bola, un guerrero del Centro

Del ring al cajón de bola, un guerrero del Centro

Luego de terminar de dar una boleada a las botas de un cliente, Javier se sienta en ese trono momentáneo. Toma un profundo respiro y con una sonrisa en el rostro, comienza a hablar de las glorias del pasado. Para algunos, él es un personaje reconocido, sobre todo para aquellos conocedores del pugilismo mexicalense, y probablemente muchos no sepan que, hoy a sus 55 años, bolea calzado en el Centro Histórico de Mexicali.

En el cruce de las avenidas Juárez y Altamirano, Javier Márquez Mercado, ese polémico boxeador que forma parte de la leyenda del pugilismo mexicano en el que firmó como “La Changuita”, tiene su tabernáculo para ejercer un oficio que tiene tatuado en el corazón.

Por años, “La Changuita”, como le apodaron desde la Primaria, se dedicó al pugilismo y representó a México en varias competencias internacionales y marcó historia como campeón de peso Pluma, pero el oficio de la bola lo mantiene atado al Centro Histórico de Mexicali.

LA TÓMBOLA DE LA VIDA

Javier Márquez comenzó su carrera como boxeador a los 17 años como amateur. “Pesaba 35 kilos, fui subiendo, fui olímpico, gané oro en España, fui a Rusia, a un mundial a África, a Australia ya como profesional, fui campeón nacional tres veces”, recita “La Changuita”, apenas tomando aire.

De sus 126 peleas, perdió 5 siendo amateur. Como profesional, peleó en 87 y perdió 11 disputas. “La Changuita” continúa recitando los lugares que visitó, los torneos en los que peleó y los nombres de sus contrincantes que recuerda como los más aguerridos. El oficio de bolero no es fortuito, ni surgió después del final de su carrera de boxeo.

“Desde chiquillo anduve en esto, antes por la Zuazua, allá por el Parque del Mariachi, y ahora acá”, dice Márquez. Esa conexión que tuvo desde niño con el Centro de la ciudad persistió durante su carrera pugilística. Ahora, lejos del encordado, “La Changuita” volvió al corazón de la ciudad, esta zona que lo recibió como un padre abraza de nuevo a un hijo.

CAUSA CONSECUENCIA

“Todas las peleas son importantes, todos los rivales, porque nadie se deja pegar, todos te quieren pegar a ti, no se gana de chiripada, ni por suerte, nada es fácil, pero para eso sirve el entrenamiento”, dice Javier, en una plática que se torna cada vez más filosófica.

A pesar de que se alejó de los encordados en el 97, una última pelea en el 2002 contra el salvadoreño Carlos Hernández en el Great Western Forum de Los Ángeles, determinó su fin de la carrera de los golpes.

Mientras muestra una cicatriz a la altura de la mandíbula, producto de una operación por las lesiones de esa pelea, dice que el retiro fue la mejor decisión en ese momento. Sus tres hijos y su esposa, ya esperaban ese momento.

El boxeo se convirtió en un trabajo muy demandante por años. Levantarse a las 5:00 horas, ir a correr, entrenar, disciplina, mucha disciplina y sobre todo vocación para encontrarle el gusto a ese estilo de vida. Esa es la clave, dice.

UN HIJO MÁS DEL CENTRO

Con sus encalladas manos, “La Changuita” le pasa la boleada a un par de botas de un cliente que, probablemente, desconoce la gloria que esos puños vieron hace años. Esa gloria saboreada un 30 de octubre de 1987, cuando se enfrentó a Juan “Kid” Meza, en un lleno histórico en la Plaza Calafia, con cerca de 11 mil asistentes, en un evento que conmueve a Javier hasta las lágrimas.

El cliente baja de ese asiento desde el que ve hacia abajo a “La Changuita”, paga con un billete y sigue su camino hacia la avenida Altamirano. Otros más, por esa banqueta, pasan y lo saludan. Pocos boxeadores como él, en Mexicali, despertaron tanta sensación en este deporte. Lo que él llama pasatiempo o hobby, es en realidad un oficio que nunca dejó, y que hoy lo vuelve a recibir.

COMBATES DEL FUTURO

La leyenda de “La Changuita” se fue mitigando con las derrotas, como las que sufrió con Marcos Villasana o su compatriota, Jorge “El Maromero” Páez. Hoy, Javier entrena a un joven venezolano recién llegado a Mexicali, en uno de los gimnasios de la colonia Vistahermosa.

Busca dejar un legado de lo que aprendió en su carrera como boxeador. Mientras tanto, combina en el entrenamiento de nuevas generaciones con la práctica del oficio de bolero en el Centro de la ciudad, donde tiene una segunda familia, compuesta por otros ambulantes y sus visitantes frecuentes.

Probablemente, “La Changuita” y el Centro Histórico de Mexicali tienen más en común de lo que imagina. Al igual que sus inquilinos y moradores, permanentes o eventuales, sigue enfrentando la contienda ante una realidad económica abrumadora, que cada vez más amenaza la prosperidad del corazón de la ciudad.
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