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Mexicali Atrás quedaron los años de esplendor de la Plaza del Mariachi en Mexicali

"Cantan y no lloran"; Mariachis de Mexicali

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Por Saul D.Martinez

"Cantan y no lloran"; Mariachis de Mexicali

"Cantan y no lloran"; Mariachis de Mexicali

Don Luis llegó a la plaza cuando tenía 23 años. Junto con su hermano, acompañaba a su padre, uno de los mariachis que iniciaron con la tradición en el Centro Histórico de Mexicali.

A partir de ahí, la plaza se convirtió en su segundo hogar, pues continuó con el legado de músico que su padre le inculcó.

A través de los años,fue testigo impasible y sereno de la transformación del parque, de los eventos familiares de los domingos, del splendor y también de la degradación de la plaza, una que aún se resiste a ser vencida.

“Hubieras visto, las fiestas que se hacían aquí, cuando estaba la pizca de algodón, los mariachis tocando los domingos desde la mañana, la gente en las banquetas, con su botana, ¡n´hombre!, otra cosa a lo de hoy”, recordó.

Don Luis Gandarilla Blanco tiene hoy 58 años. Es uno de los músicos con mayor antigüedad en la Plaza del Mariachi, donde se resisten a callar, a dejar la plaza en el olvido y buscan rescatar en Mexicali ese legado cultural inmaterial de la humanidad, como lo declaró la Unesco en 2011.


PARQUE, PLAZA, REFUGIO

Marzo de 1983. Cientos de jornaleros y trabajadores cantan y bailan con el mariachi en la plaza arbolada, ubicada sobre la calle Zuazua, que para entonces, es el epicentro de fiesta para los mexicalenses, particularmente los domingos, cuando hace presencia la Banda de Música del Estado.

Años atrás, esta plaza era llamada Parque Constitución, inaugurado en 1961 por el presidente Adolfo López Mateos, construido por el III Ayuntamiento del alcalde Federico Martínez Manautou y en tiempos del gobernador Eligio Esquivel Méndez.

Fue el 14 de marzo del 83, en el marco del 80 Aniversario de la fundación de Mexicali, que el alcalde Eduardo Martínez Palomera y el gobernador Roberto de la Madrid Romandía, lo inauguraron como Plaza del Mariachi,un centro turístico donde el principal atractivo lo revela su nombre.

Kiosco, luces, fuentes, bancas, comida. Lo tenía todo. Tardes bohemias, música vernácula Mexicana que incluía el mariachi y posteriormente el norteño, familias enteras. Niños jugando en las fuentes, hombres cantando a sus mujeres.

Un polo de vitalidad en el Centro. La Plaza del Mariachi fue la pequeña Garibaldi cachanilla y llegó a ser un
referente turístico en el Estado. Hoy, la plaza dista mucho de aquel esplendor que recuerda don Luis.

DECADENCIA

Don Luis bromea con Óscar Ramírez Cota, un mariachi recién integrado al parque que anteriormente cantaba en el restaurante El Sarape, cerrado en el 2016, cuando agentes federales ubicaron la entrada a un túnel que cruzaba a Calexico, para traficar droga y personas.

A Óscar le apodan “El Guaymas”, por ser su ciudad de nacimiento. Ambos se encuentran en una de las añejas ban- cas verdes de madera que quedan en el parque, esperando clientes, ya no para tocar ahí, sino para ir a eventos, regularmente los fines de semana.

Muchos de ellos ya ni siquiera se quieren bajar de su vehículo, sólo llegan y apalabran algún evento a través de la ventanilla del auto. “Aquí el parque ya no está en condiciones de recibir a los turistas que venían a escuchar el mariachi”, dice uno de los músicos.

No es difícil para ellos identificar y señalar los principales problemas que existen en, lo que consideran, es hoy refugio de adictos de indigentes.

“Allá los ves atrás del kiosco, drogándose, inyectándose, echados los cab...s, esperando que llegue la gente que les da de comer, en tiempo de calor rompen las tuberías para bañarse, defecan en las jardineras, y a veces hasta los ves cogiendo”, expresa “El Guaymas”.

El tono de su voz delata su molestia y el hastío de una problemática que no parece resolverse pronto. Han lidiado con esto desde hace más de 18 años y consideran que se ha ido agravando. Don Luis lo secunda. Óscar asegura que se ha peleado con más de diez indigentes que se han acercado a molestarlos.

“Y me los voy a seguir chin... si siguen así, no es justo”, comenta. Sin importar las nuevas luminarias instaladas, las repintadas del kiosco, de los cordones, las jardineras y aunque sigan reforestando, consideran que el problema va más allá de la infraestructura. Existe un problema al que muchos cachanillas, probablemente, hemos contribuido.

UN MAL BIEN INTENCIONADO

“Mira, por lo menos ocho carros vienen al día a darles de comer, les dan ropa, les dan cobijas, y los tienen bien chiqueados, mientras se la pasan ahí echados, en las jardineras, drogándose”, comenta ‘El Guaymas’. “Unos hasta se quejan, y dicen -¡¿otra vez tortas?!- y luego la ropa y las cobijas que les regalan, aquí las ponen en las bancas y las venden en quince pesos”, dice, mientras que su manoteo y su mirada al hablar del tema revela desesperación.

Dependiendo del jefe de la Policía, consideran, es que se hace valer o no la Ley en esta plaza. Pero por lo pronto, coinciden en que hay mucha tolerancia para con ellos. Ahora la plaza está di- vidida en los mariachis, el norteño, y en la mayor parte, por los indigentes y adictos. “Mientras les sigan trayendo todo aquí, la comida, la ropa y todo, aquí van a seguir ellos”, reclama uno de los mariachis acerca de este ciclo vicioso.

Estas donaciones bien intencionadas han alentado que al menos unos veinte indigentes o adictos permanezcan en la zona, esperando comida, ropa y cobijas de buenos samaritanos. Ahora la plaza ya no parece del mariachi. Ya no es para ellos.

PUJANZA MEXICALENSE

No obstante, la Plaza sigue erigida ahí. Aún es un ícono del Centro Histórico de los cachanillas. Una plaza estoica, esperando ser reconquistada y redimida, con los músicos como sus frustrados centinelas. La Plaza del Mariachi podría ser uno de esos puntos de orgullo para presumirles a nuestros familiares o amigos foráneos que nos visitan, pero por lo pronto, no.

Antes de retirarse de su oficio como músico, don Luis espera ver de nuevo la Plaza del Mariachi como la recuerda en los ochenta y noventa. No se dan por ven- cidos y sus miradas al hablar de esa posibilidad los avalan. Él y sus compañeros siguen firmes ahí, cada noche, enfundados en su traje de charro, armados con sus instrumentos y con el espíritu mexicano a flor de piel. Los mariachis, por hoy, no están dispuestos a callar.
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