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Un discurso para ocultar la realidad

Con la llegada de Andrés Manuel López Obrador a la presidencia de la república, hemos estado viviendo una realidad escindida.

Por Benedicto Ruíz Vargas

Con la llegada de Andrés Manuel López Obrador a la presidencia de la república, hemos estado viviendo una realidad escindida. Por un lado, el relato o el discurso prolijo del presidente refiriéndose a los cambios que se están dando en el país mientras que, por otro, hay muchos problemas sociales y económicos que se están acumulando o bien están cobrando una nueva dimensión.

Nunca antes, ni siquiera durante los gobiernos populistas de Echeverría o de López Portillo, el país se había inundado de un consistente discurso presidencial, un discurso que busca en las hojas del calendario todas las fechas históricas para revisitarlas y replantearlas a la luz de lo que supuestamente está haciendo la “Cuarta Transformación”. Día y noche, todos los días, la voz inconfundible del presidente está en todos los medios,

Mientras el gobierno habla de los cambios que se están logrando o haciendo, sacando de raíz los programas y los proyectos e ideas neoliberales, los problemas como el de la violencia del crimen organizado se expanden y alcanzan nuevos territorios en casi todo el país. En tanto, el gobierno guarda silencio.

La pobreza es otro de los problemas que, no obstante lo que se diga, también está creciendo y se está agudizando por la situación de la pandemia y por otros factores como la falta de empleos bien remunerados, por el deterioro de los sistemas de seguridad y la falta de mecanismos de protección social.

El gobierno destruye el andamiaje neoliberal en el campo social y económico, pero no construye nada nuevo en su lugar, salvo por supuesto, los programas de apoyo mediante los cuales se hacen transferencias a los grupos más pobres, aunque hasta ahora toda la información al respecto es fragmentaria e insuficiente.

Es decir, no hay una correspondencia entre el discurso y la realidad. Al contrario, mientras la realidad se deteriora y cobra una nueva dimensión por la pandemia, el discurso del gobierno se intensifica. Entre más problemas, más discursos, propaganda y lucha ideológica.

Es obvio que constituye una parte fundamental de la estrategia de López Obrador. Un ejemplo: mientras los problemas como el de la violencia crecen por algunas regiones del país, los discursos del presidente se enfocan sobre el pasado indígena y la herencia española en México. O se discute airadamente sobre la estatua de Colón en el paseo de la Reforma, y sobre otros temas parecidos.

Si hay una crítica a la falta de resultados del gobierno, el presidente endereza un discurso sobre los neoliberales o sobre los conservadores, contra los medios y los opositores que están buscando cualquier pretexto para atacar a su gobierno porque, según él, no comparten que haya un gobierno que quiera ayudar a los pobres.

En este sentido, el discurso del presidente es un arma fundamental y de primer orden en este nuevo contexto. Cumple muchas funciones, desde desviar la atención de la gente hasta mantener cohesionados a sus seguidores o simpatizantes; bloquea o neutraliza a los opositores, los estigmatiza o los arrincona en un lado del espectro ideológico impidiendo que se organicen o avancen.

Sin embargo, el papel más importante que cumple el discurso presidencial de López Obrador es el de ocultar la realidad del país, porque, es evidente hasta ahora, que en tres años no se ha producido ningún cambio de relevancia y es muy remoto que se produzca en el tiempo que resta del sexenio.

Imaginemos una situación (que entre paréntesis ya la hemos vivido antes), en la que los problemas se empiezan a acumular y empieza a estallar focos de conflictos sociales, en tanto el gobierno se va debilitando o va perdiendo credibilidad o autoridad, como sucedió de alguna forma con el gobierno de Salinas de Gortari o de Peña Nieto, incluso con el de Calderón.

En este contexto el discurso del gobierno se vuelve fundamental, porque impide la disgregación y la irrupción de otras fuerzas, pero sobre todo evita que varios sectores sociales pierdan la esperanza de que el gobierno pueda lograr algunos cambios que los beneficien.

Por eso la fuerza de AMLO está en su discurso, un discurso que tiene varios ingredientes o características: el cambio que vendrá es parecido al de otras épocas históricas que fueron esenciales para el país; beneficiará más a los pobres, eliminará privilegios, habrá más democracia y ya no habrá corrupción.

El problema, el gran problema en estos casos, es que el discurso a veces no es suficiente porque choca cada vez más con la realidad. Una cosa es la realidad y otra el discurso.

*El autor es analista político

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