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Cuando la Transformación nos alcance

En escenarios donde el sistema de partidos está roto (por el sabotaje de las instituciones y por el auto-sabotaje de la izquierda)

Por Antonio Medina de Anda

En escenarios donde el sistema de partidos está roto (por el sabotaje de las instituciones y por el auto-sabotaje de la izquierda); donde las fuerzas sociales se encuentran fragmentadas, las interpretaciones y las acciones públicas siguen diferentes rumbos.

A tres años (y casi dos en pandemia) las políticas y acciones públicas de la 4T son vistas o juzgadas desde paradigmas diferentes al que le dieron (dan) sustento. En apariencia, la balanza se está inclinando en el imaginario colectivo de la apatía, del derrotismo histórico y del pesimismo persistente. El fantasma que recorre el país, es el fantasma del pesimismo que embona en la premisa elemental de la derecha: juzgar para criticar en contra de evaluar para mejorar.

En este marco de interminable confrontación ideológica, desde la que la que derecha continua criticando, el argumento irónicamente sigue logrando su objetivo: impedir la posibilidad que una mayoría esté en condiciones de construir una opinión documentada y objetiva. Para la derecha que el mexicano siga obsesionado con el fracaso es un triunfo.

A tres años, de la administración federal, se mantiene la profusión de etiquetas con las cuales se satanizan lo que representan las políticas federales; y desde los poderes facticos, continúan formulándose las críticas respecto a las orientaciones que se deciden desde Palacio Nacional.

Sin embargo, lo cierto es que las políticas públicas han implicado dar al sector público un lugar central para intentar acercar beneficios a los grupos más dañados y hundidos, por las propias deformaciones de la estructura social constituida, en todos los rincones del país, durante las últimas décadas. Esas orientaciones, hay que destacarlo, tienen también su propio objetivo: eliminar los aspectos socialmente más lamentables que se han producido por el ejercicio de las políticas neoliberales.

Esa pretensión tiene como evidencia, aparentemente bien intencionada, el ataque, a través de la lucha frontal, de la corrupción endémica enquistada entre una parte de la clase empresarial y los funcionarios públicos de todos los niveles, quienes, una vez que ocupan una oficina o un curul, sienten que su “grandeza”, rob(o)ustecida al amparo del país al cual saquearon, no es correspondiente con el México pobre y miserable que los mira.

Paradójicamente, otros rincones en el mundo: Europa (España, Italia, Dublín…); Estados Unidos (Miami, Atlanta, Texas, Nueva York, California…); universidades y empresas trasnacionales son los territorios domiciliados de una interminable lista de ex-funcionarios de los diferentes ordenes de gobierno del mismo periodo.

Matizar en el olvido del pasado, (auto)sufrido, guadalupano y sistémico, “nimiedades” como estas –dirían algunos acogidos en la retórica cómplice de las prácticas perversas del neoliberalismo o del llamado modelo mexicano del “capitalismo de cuates”- tiene en contraargumento la necesidad de encarar los problemas con franqueza.

Se apela, pues, al imperativo de evaluar lo que se hace, lo que se puede hacer; pero también lo que se hizo. Es decir, en este rubro, de evaluación, también se deben incluir las políticas actuales. Eso sí, sin omitir, en ningún momento, que la prioridad no está en el orden del presente inmediato (no solamente las políticas y acciones de la actual administración federal) sino en acciones paralelas respecto a las acciones y políticas del pasado generacional inmediato.

La evaluación diagnóstica que se fue construyendo durante la campaña del 2018, tuvo “apoyos” fortuitos, como los resultados observados de los niveles de corrupción, durante el gobierno de Peña Nieto; según el Índice de Percepción de la Corrupción de Transparencia Internacional, sólo superado en el 2018 por Venezuela, Haití, Nicaragua y Guatemala en América Latina. Esto le permitió a AMLO robustecer su retórica de campaña demostrando que las prácticas constituyentes del modelo neoliberal y de la “mafia en el poder” adolecía de vías para el desarrollo de un proceso democratizador y que eso implicó o dio como resultado un país desigual, pobre e inseguro.

El diagnóstico cumplió su cometido, las prácticas, en varios de los pilares de la transformación, siguen suspendidos

¿Será que nos alcance en los próximos meses algo de lo prometido (repetido) en aquella campaña (federal) y en las recientes (estatal)?

* El autor es diplomado en Periodismo por la UABC.

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