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Un pigmento rojo que los antiguos mayas utilizaban en templos, murales y rituales dejó una contaminación tóxica durante siglos en ciudades de Yucatán, donde científicos detectaron niveles de mercurio que superaron ampliamente los límites modernos y afectaron la vida de los lagos

Las muestras de sedimentos revelaron que el contaminante alteró las comunidades de organismos acuáticos durante siglos. Los investigadores consideran que fue una presión ambiental adicional para las poblaciones mayas, aunque no hay pruebas de que provocara el abandono de sus ciudades

El intenso color rojo que los antiguos mayas utilizaban para decorar templos, murales y objetos ceremoniales tenía un componente que hoy representa un riesgo para la salud: el cinabrio, un mineral compuesto principalmente por sulfuro de mercurio. Su uso durante siglos dejó rastros de contaminación en cuerpos de agua de la península de Yucatán, donde científicos encontraron concentraciones que superaron ampliamente los umbrales modernos de toxicidad.

El hallazgo se produjo en el lago de Cobá y el cenote Xcach, dos sitios vinculados con antiguos asentamientos mayas. Según un reporte de Reuters, los investigadores analizaron muestras de sedimentos acumulados en el fondo de ambos cuerpos de agua y reconstruyeron cómo cambió la presencia de mercurio a lo largo de cientos de años.

El estudio, encabezado por Matthew Waters, investigador de la Universidad de Auburn, en Estados Unidos, fue publicado en la revista científica Science Advances el 6 de noviembre de 2026. Sus resultados muestran que la contaminación no solo permaneció en el suelo y el agua, sino que coincidió con cambios profundos en los ecosistemas acuáticos.

El cinabrio, el pigmento rojo que tenía un significado sagrado para los mayas

Para los antiguos mayas, el cinabrio no era únicamente un material decorativo. Su color rojo intenso estaba relacionado simbólicamente con la sangre, la vida y el alma, por lo que se utilizaba en murales, cerámica, paredes de templos, objetos y entierros.

El problema estaba en su composición. El cinabrio es un mineral natural formado por sulfuro de mercurio (HgS), por lo que su extracción, manipulación y uso podían dispersar este metal pesado en el entorno.

Aunque investigaciones anteriores ya habían documentado contaminación por mercurio en otros asentamientos mayas, como Tikal, en Guatemala, el nuevo trabajo amplió el conocimiento sobre el alcance del problema en las tierras bajas del norte de la península de Yucatán.

Los investigadores consideran que el mineral pudo llegar a Cobá y Xcach mediante redes de intercambio, debido a que no es abundante de forma natural en los alrededores de esos sitios. La hipótesis también abre la posibilidad de que el cinabrio fuera una mercancía importante dentro del comercio entre ciudades mayas.

¿Qué encontraron los científicos en Cobá y el cenote Xcach?

Para conocer la contaminación acumulada durante siglos, el equipo extrajo columnas de sedimentos del fondo del lago Cobá y del cenote Xcach. Estas muestras conservan capas de materiales depositados en distintas épocas y permiten reconstruir cambios ambientales del pasado.

Los resultados identificaron varios periodos con concentraciones elevadas de mercurio:

  • En Cobá, el aumento comenzó alrededor del año 250 de nuestra era y alcanzó un periodo de alta concentración que se prolongó aproximadamente 150 años. El mercurio superó los niveles de efecto probable durante más de 200 años y permaneció cerca de un siglo por encima del umbral considerado severo.
  • En Xcach, se identificaron distintos aumentos. Uno ocurrió entre los años 125 y 200, antes del inicio del Periodo Clásico; otro coincidió aproximadamente con el registrado en Cobá, y un tercero se extendió entre los años 535 y 820.
  • En el cenote Xcach, las concentraciones llegaron a alcanzar hasta seis veces el nivel considerado severo durante un periodo aproximado de 300 años, antes de disminuir de forma marcada alrededor del año 850.

Estas mediciones se compararon con parámetros actuales de calidad de sedimentos, utilizados para identificar cuándo la presencia de un contaminante puede provocar efectos biológicos adversos.

El equipo encontró que los niveles registrados en ambos sitios superaron esos referentes modernos por varios órdenes de magnitud durante periodos prolongados. Esto coloca los resultados entre las concentraciones de mercurio más elevadas documentadas para la época maya.

La contaminación alteró la cadena alimentaria de los lagos

Uno de los aspectos más relevantes del estudio fue la evidencia de cambios en las comunidades biológicas de ambos cuerpos de agua. Los investigadores no se limitaron a medir el mercurio: también analizaron indicadores que permiten conocer qué organismos habitaron los ecosistemas en distintas épocas.

Los sedimentos mostraron disminuciones o desapariciones de algas, bacterias, cianobacterias y otros microorganismos que forman la base de las redes alimentarias acuáticas.

También se encontraron afectaciones en organismos como los ostrácodos, pequeños crustáceos con caparazón, así como en caracoles y larvas de insectos. La coincidencia entre los periodos de mayor concentración de mercurio y la reducción de estos organismos llevó al equipo a concluir que la contaminación afectó distintos niveles de la cadena alimentaria.

El investigador Matthew Waters explicó que las comunidades biológicas de los lagos cambiaron durante los periodos de mayor presencia del metal. Sin embargo, los registros también indican que algunos organismos se recuperaron cuando las concentraciones de mercurio disminuyeron.

La investigación no contó con mediciones de peces ni de otros animales de mayor tamaño, por lo que no establece hasta dónde llegaron los efectos en toda la red alimentaria.

¿Los mayas estuvieron expuestos al mercurio?

El estudio plantea que las poblaciones que vivían en Cobá y Xcach pudieron estar expuestas al contaminante mediante el consumo de agua o pescado. No obstante, los investigadores aclararon que sus muestras de sedimentos no permiten demostrar directamente cuánto mercurio llegó al organismo de las personas.

El mercurio es un metal pesado que puede afectar el sistema nervioso, el cerebro, los riñones, los pulmones y el corazón. La exposición puede ocurrir por inhalación, contacto con la piel o ingestión de agua y alimentos contaminados.

En el caso de los antiguos asentamientos mayas, la posibilidad de que el contaminante circulara por la cadena alimentaria representa una línea de investigación, pero no equivale a comprobar que sus habitantes sufrieron intoxicaciones o enfermedades específicas.

Tampoco significa que los habitantes conocieran los riesgos del material. Para ellos, el cinabrio tenía un valor cultural y religioso, además de su utilidad como pigmento.

El mercurio fue otro factor de presión ambiental, pero no explica el colapso maya

El hallazgo también aporta información a la discusión sobre las condiciones ambientales que enfrentaron las ciudades mayas durante el Periodo Clásico, comprendido aproximadamente entre los años 250 y 920 de nuestra era.

Durante ese periodo, distintas poblaciones de las tierras bajas enfrentaron problemas relacionados con sequías, deforestación, erosión del suelo y presión sobre los recursos. La contaminación del agua por mercurio añade otro elemento a ese panorama.

Cobá fue una ciudad importante de la región y, durante el Periodo Clásico, pudo alcanzar una población estimada de entre 60,000 y 90,000 habitantes. Xcach, en cambio, es un sitio arqueológico mucho menos estudiado, con diversas estructuras y pirámides.

Aunque el estudio identifica una afectación ambiental considerable, sus autores advierten que no existen pruebas suficientes para relacionar directamente el mercurio con el abandono o la desaparición de las ciudades mayas.

La investigación tampoco plantea que el uso del cinabrio haya sido la causa del colapso de toda la civilización. Su aportación consiste en documentar que la calidad del agua fue otra presión que coexistió con los problemas climáticos y ambientales de aquella época.

De esta manera, el pigmento rojo que aportó color a la arquitectura y las ceremonias mayas también dejó una huella química que permaneció durante siglos en los ecosistemas de Yucatán. Las muestras de Cobá y Xcach permiten reconstruir esa contaminación y muestran cómo una práctica cultural extendida pudo tener consecuencias ambientales que continuaron mucho después de su uso.

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