Un hongo descubierto en Chernóbil podría ayudar a proteger a los astronautas de la radiación espacial, tras demostrar en experimentos que su melanina puede atenuar parte de la radiación y abrir una vía de investigación para futuras misiones a Marte
Cladosporium sphaerospermum fue estudiado en Chernóbil, después en la Estación Espacial Internacional. Los resultados apuntan a una posible utilidad de su melanina en materiales de protección, aunque todavía no existe un escudo biológico listo para misiones tripuladas
Un hongo asociado con las zonas contaminadas del reactor de Chernóbil se ha convertido en objeto de investigación por una característica que podría tener aplicaciones fuera de la Tierra. Cladosporium sphaerospermum, un organismo con altas concentraciones de melanina, ha mostrado en distintos experimentos una respuesta particular frente a la radiación, incluido un ensayo realizado en la Estación Espacial Internacional (ISS).
Según información de EcoNoticias, el interés científico no radica en que el hongo pueda “comer” radiación, como se ha difundido en algunos titulares, sino en que la melanina presente en su estructura interactúa con la radiación y la biomasa del organismo puede producir una atenuación parcial bajo determinadas condiciones.
La investigación todavía se encuentra en una etapa experimental. Sin embargo, sus resultados han llevado a estudiar si la melanina de origen fúngico y otros materiales derivados podrían formar parte de sistemas destinados a reducir la exposición de los astronautas durante futuras misiones a la Luna o Marte.
El hongo que apareció en uno de los ambientes más radiactivos
Después del accidente nuclear de 1986, investigadores comenzaron a estudiar qué organismos podían sobrevivir dentro y alrededor de las estructuras afectadas del reactor número cuatro.
Entre 1997 y 1998, la investigadora Nelli Zhdanova y su equipo analizaron muestras del interior de la cubierta del reactor. Encontraron 37 especies pertenecientes a 19 géneros de hongos.
Entre ellos estaba Cladosporium sphaerospermum, una especie de moho oscuro que llamó la atención por su presencia en zonas con elevados niveles de radiación.
Los investigadores observaron que los hongos con melanina, el pigmento responsable de su color oscuro, tenían una presencia particularmente importante en las zonas más contaminadas.
Ese comportamiento planteó una pregunta: ¿qué papel estaba desempeñando la melanina frente a la radiación?
¿Por qué la melanina interesa a los científicos?
La melanina es un pigmento que también está presente en los seres humanos y que participa en diferentes procesos biológicos. En los hongos, puede acumularse en las paredes celulares.
En 2007, un equipo encabezado por Ekaterina Dadachova y Arturo Casadevall, del Albert Einstein College of Medicine, estudió cómo la radiación afectaba las propiedades de la melanina.
Los investigadores encontraron que la radiación ionizante podía modificar las propiedades electrónicas del pigmento y aumentar su participación en procesos de transferencia de electrones.
También observaron que algunos hongos melanizados presentaban mayor crecimiento bajo determinadas condiciones de radiación que sus respectivos controles.
En Cladosporium sphaerospermum, el efecto apareció particularmente cuando existía una disponibilidad limitada de nutrientes.
Esto dio lugar a una hipótesis conocida como radiosíntesis, según la cual la melanina podría participar en procesos que permitan aprovechar parte de la energía asociada con la radiación.
Pero hay una precisión importante: la radiosíntesis no está demostrada como un proceso equivalente a la fotosíntesis. Todavía no existe evidencia suficiente para afirmar que estos hongos conviertan la radiación en energía química utilizable de la misma forma en que las plantas transforman la luz.
El experimento que llevó al hongo al espacio
El interés por Cladosporium sphaerospermum no se quedó en los laboratorios terrestres.
Entre finales de 2018 y comienzos de 2019, investigadores realizaron un experimento en la Estación Espacial Internacional para estudiar tanto el comportamiento del hongo como su posible capacidad para atenuar la radiación.
El experimento utilizó una placa dividida en diferentes zonas. Una parte contenía el hongo y otra funcionó como control. Debajo se colocaron sensores para registrar los eventos de radiación.
La prueba duró aproximadamente 26 días.
Durante ese periodo, el hongo cubrió el medio de cultivo en alrededor de dos días. Los investigadores también registraron una diferencia en el crecimiento respecto a los controles terrestres.
Pero el dato más relevante estuvo relacionado con la radiación.
Los sensores detectaron menos eventos de radiación debajo de la biomasa del hongo que en la zona de control. La diferencia aumentó una vez que se había formado la capa de biomasa.
El resultado fue publicado posteriormente en Frontiers in Microbiology.
¿El hongo puede funcionar como escudo contra la radiación?
La respuesta, por ahora, es solo de manera parcial y en condiciones experimentales.
El estudio orbital mostró una reducción de la radiación detectada debajo de la biomasa. Sin embargo, los investigadores no demostraron que una capa de hongos pudiera sustituir los sistemas de protección utilizados para una misión espacial.
Además, el experimento tuvo limitaciones. Solo se realizó una prueba orbital y los investigadores no pudieron separar completamente el efecto de la radiación de otros factores relacionados con el ambiente espacial.
Tampoco se midió de manera completa la dosis de radiación absorbida por el material.
Por eso, hablar de un “escudo contra la radiación” resulta prematuro.
Lo que existe es una evidencia experimental de que la biomasa del hongo puede atenuar una parte del flujo de radiación medido en determinadas condiciones.
La NASA busca materiales que puedan producirse en otros mundos
La investigación resulta relevante porque la radiación es uno de los principales problemas que tendría una misión humana de larga duración fuera de la Tierra.
La NASA señala que, una vez fuera de la protección proporcionada por el campo magnético terrestre, los astronautas quedan expuestos a partículas solares y a rayos cósmicos galácticos.
Las partículas más energéticas pueden atravesar materiales que normalmente se utilizan en las naves espaciales, por lo que la protección requiere combinar diferentes materiales y suficiente masa.
En ese contexto aparece una idea particularmente interesante: utilizar organismos o materiales que puedan producirse parcialmente en el destino.
Transportar desde la Tierra todo el material necesario para construir una estructura protectora tendría un costo considerable en masa y logística.
El micelio podría convertirse en material de construcción
Una de las líneas de investigación vinculadas con este concepto es la micotectura, que utiliza micelio para desarrollar materiales y estructuras.
El micelio es la red de filamentos que forma parte de los hongos. Investigadores vinculados con la NASA, entre ellos Lynn Rothschild, han estudiado la posibilidad de utilizar organismos vivos para fabricar materiales que puedan emplearse en futuros asentamientos espaciales.
La idea contempla que determinados organismos puedan crecer utilizando recursos disponibles en el lugar, formar estructuras y eventualmente ayudar en procesos de reparación.
Para una futura misión a Marte, esto podría reducir parte de la cantidad de materiales que tendría que transportarse desde la Tierra.
Sin embargo, se trata todavía de una línea experimental de investigación.
La melanina podría ser más importante que el hongo
Uno de los aspectos más interesantes de estas investigaciones es que la solución no necesariamente tendría que consistir en enviar hongos vivos al espacio.
Los científicos también están estudiando la posibilidad de utilizar melanina fúngica incorporada en otros materiales.
Un estudio de 2025 analizó un plástico biodegradable mezclado con melanina de origen fúngico después de una exposición prolongada en órbita.
De acuerdo con información de la NASA, el material perdió hasta 89 por ciento menos masa que el plástico utilizado como referencia en una de las orientaciones evaluadas. También ofreció una mejor protección de una capa situada debajo frente a determinadas formas de radiación ultravioleta y espacial.
Este tipo de investigación abre una posibilidad diferente: aprovechar las propiedades de la melanina sin depender necesariamente de mantener un organismo vivo como parte del escudo.
¿Podría utilizarse para viajar a Marte?
La posibilidad existe como línea de investigación, pero todavía está lejos de convertirse en una tecnología lista para una misión tripulada.
Para que un material basado en hongos o melanina pueda utilizarse en Marte primero tendría que probarse durante periodos mucho más largos y frente a diferentes tipos de radiación.
También sería necesario determinar qué cantidad de material se necesita para proporcionar una protección significativa, cómo se comporta ante las condiciones marcianas y cómo podría mantenerse estable.
Además, cualquier organismo utilizado en una misión tendría que permanecer bajo control para evitar problemas de contaminación biológica.
Por ahora, los científicos estudian la posibilidad de combinar distintos materiales. El agua, los polímeros, el regolito marciano y componentes biológicos podrían formar parte de sistemas de protección más complejos.
De Chernóbil al espacio: una investigación que todavía continúa
El recorrido de Cladosporium sphaerospermum es poco común: pasó de ser estudiado en uno de los ambientes más contaminados de la Tierra a convertirse en objeto de experimentos en órbita.
Su importancia científica no está en que haya aparecido un organismo capaz de “alimentarse de la radiación” o de sustituir los escudos de una nave espacial.
El interés está en algo más específico: su melanina presenta propiedades que pueden cambiar ante la radiación y su biomasa ha mostrado una capacidad parcial de atenuarla en experimentos controlados.
Ese conocimiento podría contribuir al desarrollo de nuevos materiales para proteger a los astronautas durante misiones de larga duración.
Por ahora, el hongo de Chernóbil ofrece una pista científica, no una solución definitiva para los viajes a Marte.
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