En 1953 los dos lados de Corea hablaban igual, hoy el 45% de sus conversaciones ya no se entienden del todo porque uno adoptó el inglés y el otro se quedó con el ruso, el chino y el vocabulario original
Setenta años de separación política han dividido al coreano en dos variantes tan distintas que lingüistas ya hablan de un proceso de divergencia sin retorno. Los 28,000 desertores que cruzaron al sur lo sienten en carne propia cuando su propio idioma los delata y les cierra puertas

¿Cómo puede un mismo idioma dividirse en dos?
La respuesta está en lo que cada sociedad consume, importa y prohíbe durante décadas.
Cuando Corea del Norte y Corea del Sur quedaron separadas en 1953 al terminar la guerra, sus habitantes compartían exactamente el mismo idioma. Lo que vino después fue radicalmente distinto para cada lado: distintos sistemas políticos, distintas alianzas internacionales, distintas economías y, con el tiempo, distinto vocabulario.
El sur se abrió al mundo, especialmente a la influencia del inglés. El norte se cerró hacia adentro, con influencias del chino y el ruso soviético, pero preservando el núcleo del coreano original con mucho mayor celo.
El resultado, según un estudio reciente citado por Xataka, es que el 45% de la población encuestada tiene problemas para entender los diálogos de coreanos del lado contrario. En un 1% de los casos, los norcoreanos no entienden en absoluto lo que los surcoreanos dicen.
Los lingüistas que trabajan en este tema son contundentes: al menos un tercio del vocabulario cotidiano ya no es el mismo, especialmente en temas profesionales y empresariales.
¿Cómo suena esa diferencia en palabras concretas?
Los ejemplos más ilustrativos son los del día a día.
Cuando un surcoreano quiere tomar un jugo, pide un “juice”, en inglés. Un norcoreano pide el “agua dulce de la fruta”. Para desearle buena suerte a alguien, en el sur se usa coloquialmente la expresión angloparlante “hi-team”, algo que en el norte no entienden en absoluto.
En el fútbol, los penaltis se ejecutan con una “penalty kick” en el sur. En el norte se hace un “castigo de 11 metros”.
Y mientras el surcoreano habla mucho del “sutureso”, su versión fonética del inglés stress, el norcoreano sencillamente dice que le “duele la cabeza”.

¿El idioma también refleja diferencias ideológicas?
Sí, de manera muy concreta. La divergencia no es solo técnica o comercial, también es política.
Desde la separación, la palabra “dongmu”, que significaba “amigo”, dejó de usarse en el norte en favor del término soviético “camarada”. Y el término “sun-mul”, que describe la acción de presentar a un amigo, fue prácticamente prohibido para uso general y se reservó para referirse a Kim Il Sung y Kim Jong-il.
¿Qué pasó cuando los dos equipos de Corea jugaron juntos?
Los Juegos Olímpicos de 2018 dejaron un caso concreto y revelador. Los dos países decidieron enviar un mensaje de reconciliación al mundo al permitir que sus equipos femeninos de hockey sobre hielo compitieran como una sola agrupación.
El experimento tuvo un problema real: la entrenadora, del sur, usaba terminología técnica en inglés, algo completamente habitual en cualquier disciplina deportiva a nivel global. Las jugadoras del norte no podían seguir sus instrucciones. El vocabulario que para unas era natural, para las otras era incomprensible.
¿Cómo afecta esto a los desertores que llegan al sur?
Esta es la dimensión más humana del fenómeno. Los más de 28,000 desertores que cruzaron del norte al sur en los últimos años se encontraron con una barrera inesperada: su propio idioma los delata involuntariamente.
En el mejor de los casos, los locales se ríen de su dialecto, percibido como anticuado o rural. En el peor, enfrentan dificultades reales para entrar a escuelas y conseguir empleo, viviendo en el sur una exclusión que poco tiene que ver con la que intentaron dejar atrás en el norte.
¿Por qué el idioma importa tanto en Corea?
El coreano no es simplemente un medio de comunicación para sus hablantes. Es una cuestión de identidad y trauma histórico.
Entre 1910 y 1945, durante la ocupación japonesa de la península, los coreanos fueron sometidos a una estrategia cultural de asimilación forzada. Se difundieron argumentos seudocientíficos que presentaban el coreano como un simple dialecto inferior del japonés. Se prohibió su enseñanza, se extinguía su vocabulario, se amonestaba a quienes lo hablaban en público y se ejecutaba a los intelectuales que intentaban preservarlo.
Con el fin de la Segunda Guerra Mundial y la posterior separación, las dos naciones tuvieron que reconstruir su identidad lingüística desde un punto de profunda fragilidad. El idioma, en ese contexto, nunca es solo un idioma.
¿Existe algún esfuerzo por reunificar el lenguaje?
Sí, y lleva años en marcha aunque avanza de forma irregular. Ambos gobiernos trabajan en un proyecto conjunto llamado Gyeoremal-kunsajeon, el “Diccionario para la comprensión del pueblo del coreano”, bajo el cual se educará a las siguientes generaciones si llega la reunificación.
El reto es enorme. No se trata solo de vocabulario distinto: hay estructuras conversacionales completas que han cambiado. Unificarlas sin generar inconsistencias sintácticas o fonéticas es un trabajo que requiere décadas de consenso.
Han Yong-un, director del proyecto idiomático, lo resume con claridad: “Ha pasado el tiempo y, en consecuencia, el lenguaje ha evolucionado. Y esos cambios seguirán ocurriendo hasta que llegue la reunificación. Para entonces deberemos estar preparados.”
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