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Microchips hechos con hongos: científicos prueban memoria en sistemas vivos

El estudio, publicado en PLOS ONE, reveló que el micelio del hongo puede conducir electricidad y comportarse como un memristor, un dispositivo que almacena información similar a las sinapsis del cerebro.

Microchips hechos con hongos: científicos prueban memoria en sistemas vivos

Cuando se habla de tecnología del futuro, rara vez se piensa en un hongo. Sin embargo, una investigación reciente demuestra que el shiitake (Lentinula edodes), conocido por su uso en la cocina, puede funcionar como componente electrónico con capacidad de memoria. El hallazgo abre la puerta a computadoras más sostenibles y a una nueva forma de entender la relación entre biología y tecnología.

¿Qué descubrieron los científicos?

Un equipo de la Universidad Estatal de Ohio logró que hongos shiitake condujeran electricidad y recordaran señales eléctricas previas. Esto significa que pueden almacenar información, una función básica de la memoria en las computadoras.

El estudio, publicado en la revista PLOS ONE, demuestra que estos hongos pueden comportarse como memristores, dispositivos que ajustan su resistencia según el historial de corriente que los atraviesa. En el artículo se describe el proceso como “computación fúngica mediante redes de micelio conectadas a electrodos”.

¿Qué es un memristor y por qué es importante?

Un memristor es un componente electrónico que “recuerda” el paso de la electricidad. A diferencia de otros dispositivos, su estado depende de lo que ocurrió antes. Por eso se considera clave para la computación neuromórfica, un campo que busca imitar el funcionamiento del cerebro humano.

Lo relevante del estudio es que esta función se logró sin materiales sintéticos complejos. En su lugar, se usaron hongos cultivados en condiciones controladas, lo que reduce costos y el impacto ambiental.

¿Cómo se convirtió un hongo en microchip?

El proceso comenzó con el cultivo del micelio del shiitake en placas con una mezcla nutritiva de farro, germen de trigo y heno. Una vez que el micelio cubrió la superficie, se secó al sol durante siete días. Este secado no eliminó sus propiedades eléctricas.

Antes de las pruebas, los investigadores rehidrataron el material con una fina niebla de agua desionizada. Luego conectaron el micelio a circuitos electrónicos y aplicaron señales eléctricas con distintas frecuencias. El hongo mostró el comportamiento típico de un memristor, con una precisión de hasta 95% a 10 Hz y 5 voltios.

En términos simples, el hongo fue capaz de almacenar y modificar información eléctrica, de forma similar a una memoria RAM.

¿Qué ventajas tienen estos microchips vivos?

A diferencia de los chips tradicionales, que requieren tierras raras y procesos industriales costosos, los hongos ofrecen una alternativa ecológica y accesible. Según el estudio, “los memristores fúngicos pueden proporcionar plataformas escalables y ecológicas para tareas neuromórficas”.

Además, consumen muy poca energía y muestran resistencia a la radiación. Esta última propiedad se relaciona con compuestos presentes en el shiitake, como el lentinano, lo que los hace atractivos para aplicaciones en el espacio, sensores remotos y sistemas autónomos.

¿Para qué podrían usarse en el futuro?

Los investigadores señalan posibles aplicaciones en dispositivos portátiles, sistemas de inteligencia artificial, exploración espacial y tecnologías de bajo consumo energético. Su capacidad de adaptarse a los estímulos eléctricos también podría ayudar a desarrollar sistemas de aprendizaje artificial más cercanos a los modelos biológicos.

Uno de los puntos destacados del estudio es su bajo costo. Según los autores, “todo lo que necesitas para empezar a explorar hongos y computación puede ser tan pequeño como un montón de compost y unos circuitos caseros”.

¿Qué falta por resolver antes de usarlos a gran escala?

El estudio reconoce varias limitaciones. Las muestras de micelio eran grandes y poco uniformes, lo que dificulta su miniaturización. Además, las pruebas duraron menos de dos meses, por lo que aún no se conoce su estabilidad a largo plazo.

Otro reto es controlar el crecimiento del hongo para obtener estructuras repetibles. El equipo propone usar moldes impresos en 3D y mejorar las técnicas de encapsulado y conservación.

¿Computadoras que crecen?

Más allá del experimento, el avance plantea un cambio de enfoque. No se trata solo de usar materiales distintos, sino de integrar sistemas vivos en la tecnología. Los autores concluyen que “la computación fúngica puede ofrecer una alternativa robusta y accesible” a la electrónica tradicional.

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Si se superan los desafíos técnicos, el futuro podría incluir computadoras cultivadas, con bajo consumo energético, biodegradables y capaces de adaptarse a su entorno. Una idea que, hasta hace poco, parecía ciencia ficción.

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