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Byung-Chul Han, reconocido filósofo, propone que como sociedad hemos entendido mal la palabra producción

La producción suele entenderse hoy como rendimiento, resultados y visibilidad constante.

Durante décadas, la idea de producción se ha asociado al esfuerzo constante, a la obtención de resultados y a la acumulación de logros medibles. Producir suele entenderse como rendir, aprovechar cada minuto y demostrar utilidad a través de tareas cumplidas, metas alcanzadas y cifras claras. En este marco, todo lo que no genera un resultado visible parece perder valor o quedar en pausa.

Esta forma de pensar no solo domina el ámbito laboral o económico. También influye en la manera en que las personas viven el descanso, el ocio y el tiempo personal. La pausa suele verse como improductiva, y el silencio como algo que debe corregirse. Sin embargo, esta concepción no siempre fue así.

¿Qué significaba producir en su sentido original?

El filósofo Byung-Chul Han recuerda que el significado original de la palabra producción era distinto al actual. En sus palabras: “La palabra producción no significaba fabricación ni elaboración, sino exhibir, hacer visible”.

En su origen, producir no implicaba fabricar objetos ni generar resultados útiles. Significaba permitir que algo apareciera, sacarlo de lo oculto y ponerlo a la vista de los demás. No se trataba de optimizar procesos ni de añadir valor económico, sino de mostrar algo que merecía ser visto.

Este cambio de sentido, aunque parece menor, modifica por completo la forma de entender el trabajo, la creatividad y la propia identidad.

Cuando producir era mostrar, no rendir

En su significado más antiguo, producir estaba ligado a la idea de aparición. Algo se producía cuando dejaba de estar oculto y entraba en el espacio común de lo visible. No era una carrera contra el tiempo, sino un gesto que ponía algo en relación con otros.

Mostrar no implicaba vender, convencer ni justificar. Permitía que algo existiera ante los demás, para ser observado, interpretado o incluso ignorado. En ese contexto, producir tenía una dimensión cercana a la contemplación, porque requería atención, cuidado y paciencia.

Además, el valor no estaba ligado de forma automática a la rentabilidad. No todo lo que se producía tenía que ser útil o funcional. Había acciones, palabras y obras que existían por su propio sentido, no por responder a una demanda externa.

De la visibilidad compartida a la exposición constante

El problema aparece cuando la visibilidad deja de ser una opción y se convierte en una obligación. En la actualidad, producir no solo significa mostrar, sino demostrar. Demostrar capacidad, relevancia, eficiencia y rendimiento.

La visibilidad se vuelve ambigua. Por un lado, es necesaria para existir socialmente. Por otro, genera presión constante. Lo que no se muestra parece no contar, pero lo que se muestra queda de inmediato sujeto a evaluación. La producción deja de ser un acto libre y se transforma en un examen permanente.

Byung-Chul Han señala que este proceso no funciona mediante la imposición externa, sino a través de la autoexigencia. Cada persona interioriza la necesidad de producir y gestiona su propia exposición. No basta con hacer algo, hay que hacerlo visible, compartible y validable.

Producción, autoexigencia y agotamiento

En este contexto, el cansancio ya no proviene solo del esfuerzo físico. Surge de la presión constante por mantenerse activo, visible y actualizado. La identidad personal se convierte en un proyecto que debe producirse sin descanso.

El yo pasa a funcionar como una marca que necesita atención continua. Producir ya no es solo fabricar cosas, sino fabricarse a uno mismo. Este proceso suele generar agotamiento, ansiedad y una sensación persistente de no ser suficiente.

La producción deja de ser una actividad puntual y se vuelve una condición permanente de la vida cotidiana.

Lo invisible como espacio necesario

Cuando todo debe producir y mostrarse, se pierde algo esencial: los espacios sin rendimiento. Aquello que no genera resultados visibles queda marginado, aunque sea justo ahí donde nacen la reflexión, la creatividad y el descanso profundo.

El silencio, la espera y la contemplación se vuelven sospechosos en un entorno que exige actividad constante. Recuperar el sentido original de la producción no implica rechazar el trabajo ni idealizar el pasado, sino cuestionar la idea de que toda actividad debe medirse por su rendimiento.

Mostrar no es lo mismo que demostrar. Hacer visible no siempre implica competir ni justificarse.

Repensar la producción en la vida diaria

La propuesta implícita de Byung-Chul Han apunta a reconciliarse con aquello que aparece sin exigir nada a cambio. A permitir que ciertas cosas existan sin ser evaluadas de inmediato. A producir sin agotarse y a mostrar sin exponerse por completo.

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En un mundo saturado de actividad y visibilidad forzada, volver a pensar la producción como un acto de aparición puede ser una forma discreta de resistencia. Una manera de recordar que, antes de fabricar resultados, producir consistía simplemente en hacer visible lo que merecía ser visto.

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