Cinco comportamientos comunes en adultos que crecieron entre conflictos familiares
Presenciar discusiones familiares durante la infancia puede dejar efectos duraderos en la vida adulta.

CIUDAD DE MÉXICO.- Presenciar discusiones entre adultos durante la infancia, ya sea en el hogar o en reuniones familiares, puede marcar el desarrollo emocional sin que el daño sea evidente en el momento. La psicóloga Leticia Martín Enjuto, de la Universidad Pontificia de Salamanca, advierte que estas experiencias suelen normalizarse, pero dejan efectos duraderos que influyen en la forma en que una persona se relaciona consigo misma y con los demás en la vida adulta.
En entrevista con Cuerpomente, la especialista identifica cinco comportamientos frecuentes en adultos que crecieron en entornos familiares conflictivos. Reconocerlos no busca señalar culpas, sino ofrecer herramientas prácticas para comprender reacciones actuales y mejorar el bienestar psicológico.
Hipervigilancia emocional: estar siempre en alerta
Uno de los efectos más comunes es la hipervigilancia emocional. De acuerdo con Martín Enjuto, los adultos que estuvieron expuestos a discusiones familiares desarrollan una atención constante al estado emocional de quienes los rodean. Detectan cambios mínimos en el tono de voz, los silencios o los gestos.
Esta reacción no es una habilidad innata, sino una estrategia aprendida en la infancia para anticipar conflictos y protegerse. En la vida adulta, este estado de alerta permanente puede generar ansiedad, agotamiento emocional y dificultad para relajarse, incluso en contextos estables.
Evitar el conflicto, incluso cuando es necesario
Otro patrón frecuente es la dificultad para afrontar el conflicto. Estas personas tienden a evitar cualquier confrontación, aun cuando podría resolverse de forma tranquila. En su lugar, suelen reprimir necesidades, ceder en exceso o acumular malestar hasta reaccionar de manera intensa.
“El cuerpo recuerda que discutir dolía, y responde desde ese lugar, incluso cuando las circunstancias son muy diferentes a las vividas en la infancia”, explicó la psicóloga. El problema no es el desacuerdo en sí, sino no contar con herramientas para manejarlo sin miedo.
Responsabilidad emocional excesiva hacia los demás
La especialista también identifica una tendencia a asumir una responsabilidad emocional desmedida. Muchos adultos sienten que deben calmar, cuidar o sostener emocionalmente a quienes los rodean. Esto dificulta poner límites y genera culpa cuando alguien cercano está mal.
“No es que no sepan cuidarse; es que aprendieron muy pronto que su valor estaba en mantener la paz”, señaló Martín Enjuto. Aunque esta conducta puede parecer solidaria, suele llevar a descuidar las propias necesidades y al desgaste personal.
Ambivalencia ante la intimidad y los vínculos cercanos
Quienes crecieron entre discusiones familiares suelen experimentar una relación ambigua con la intimidad. Desean vínculos profundos, pero al mismo tiempo temen que la cercanía termine en dolor.
“Aparece la inseguridad, la necesidad de distancia o el temor a que la relación se vuelva dolorosa. La intimidad, sin quererlo, se asocia al conflicto vivido en casa”, explicó la psicóloga. En psicología, este patrón se conoce como ambivalencia emocional: querer estar cerca, pero no sentirse del todo seguro.
Autoexigencia y control de las emociones
El último comportamiento descrito está relacionado con la autoexigencia y la dificultad para expresar emociones. Durante la infancia, muchos aprendieron a ocultar tristeza, enojo o miedo para no empeorar el ambiente familiar. En la adultez, esto se traduce en una imagen de fortaleza constante.
Sin embargo, este control emocional suele esconder altos niveles de estrés y una desconexión con lo que se siente realmente, lo que puede afectar la salud mental a largo plazo.
Qué dice la investigación sobre el conflicto familiar
El impacto de los conflictos en la infancia ha sido ampliamente estudiado. Una investigación de la Universidad de Notre Dame, encabezada por E. Mark Cummings y publicada en Child Development, siguió a más de 200 familias durante tres años.
El estudio encontró que los niños expuestos de forma recurrente a discusiones parentales presentaron mayores niveles de ansiedad, problemas para regular emociones y dificultades en sus relaciones durante la adolescencia, efectos que pueden extenderse hasta la adultez.
Comprender para romper el ciclo
Identificar el origen de estos comportamientos permite resignificar las experiencias actuales. Según Martín Enjuto, detrás de estas conductas no hay falta de afecto, sino la persistencia de heridas emocionales no trabajadas.
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Comprender cómo influyó la infancia en la forma de reaccionar hoy es un primer paso práctico para romper el ciclo, establecer límites más sanos y construir relaciones con mayor seguridad emocional.
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