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Rosario Castellanos y su lucha por la equidad de género

Aunque destacó en la literatura mexicana como poeta, su primera incursión en las letras fue a través de la novela Balún Canán.

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Por El Universal

A 94 años de su nacimiento, celebramos a Rosario Castellanos(Cortesía)

A 94 años de su nacimiento, celebramos a Rosario Castellanos | Cortesía

Escritora, e intelectual, Rosario Castellanos fue una de las poetisas mexicanas más destacadas del siglo XX. Su obra destacó por la agudeza de su crítica ante una sociedad que se imponía y relegaba a los más vulnerables, los pueblos indígenas y las mujeres.

Rosario Castellanos Figueroa nació el 25 de mayo de 1925 en la Ciudad de México, pero poco después fue enviada a Comitán, Chiapas, donde se encontraba su familia, allí transcurrió la mayor parte de su infancia.

Debido al trabajo del padre de Castellanos, la infancia la vivió en Comitán de Domínguez, Chiapas; lo que más tarde se convertiría en un elemento fundamental que influyó en las obras de la escritora.

Aunque destacó en la literatura mexicana como poeta, su primera incursión en las letras fue a través de la novela Balún Canán (1957), que junto a Ciudad Real (1960), su primer libro de cuentos, y Oficio de Tinieblas (1962), su segunda novela, conformaron la trilogía indigenista más importante en la narrativa mexicana.

Como poeta escribió entre otros volúmenes "Trayectoria del polvo" (1948) y "Lívida luz" (1960), en los que reveló sus preocupaciones derivadas de la condición femenina en la sociedad.

A 94 años de su nacimiento, celebramos a Rosario Castellanos con una selección de sus poemas más destacados.

Nocturno

Me tendí, como el llano, para que aullara el viento.

Y fui una noche entera

ámbito de su furia y su lamento.

¡Ah! ¿Quién conoce esclavitud igual

ni más terrible dueño?

En mi aridez, aquí, llevo la marca

de su pie sin regreso.

Ajedrez

Porque éramos amigos y a ratos, nos

amábamos;

quizá para añadir otro interés

a los muchos que ya nos obligaban

decidimos jugar juegos de inteligencia.

Pusimos un tablero enfrente

equitativo en piezas, en valores,

en posibilidad de movimientos.

Aprendimos las reglas, les juramos respeto

y empezó la partida.

Henos aquí hace un siglo, sentados,

meditando encarnizadamente

como dar el zarpazo último que aniquile

de modo inapelable y, para siempre, al otro.

Amor

Solo la voz, la piel, la superficie

pulida de las cosas.

Basta. No quiere más la oreja, que su cuenco

rebalsaría y la mano ya no alcanza

a tocar más allá.

Distraída, resbala, acariciando

y lentamente sabe del contorno.

Se retira saciada,

sin advertir el ulular inútil

de la cautividad de las entrañas

ni el ímpetu del cuajo de la sangre

que embiste la compuerta del borbotón, ni el nudo

ya para siempre ciego del sollozo.

El que se va se lleva su memoria,

su modo de ser río, de ser aire,

de ser adiós y nunca.

Hasta que un día otro lo para, lo detiene

y lo reduce a voz, a piel, a superficie

ofrecida, entregada, mientras dentro de sí

la oculta soledad aguarda y tiembla.

Desamor

Me vio cómo se mira al través de un cristal

o del aire o de nada.

Y entonces supe: yo no estaba allí

ni en ninguna otra parte

ni había estado nunca ni estaría.

Y fui como el que muere en la epidemia,

sin identificar, y es arrojado

a la fosa común.

El otro

¿Por qué decir nombres de dioses, astros

espumas de un océano invisible,

polen de los jardines más remotos?

Si nos duele la vida, si cada día llega

desgarrando la entraña, si cada noche cae

convulsa, asesinada.

Si nos duele el dolor en alguien, en un hombre

al que no conocemos, pero está

presente a todas horas y es la víctima

y el enemigo y el amor y todo

lo que nos falta para ser enteros.

Nunca digas que es tuya la tiniebla,

no te bebas de un sorbo la alegría.

Mira a tú alrededor: hay otro, siempre hay otro.

Lo que él respira es lo que a ti te asfixia,

lo que come es tu hambre.

Muere con la mitad más pura de tu muerte.

Los adioses

Quisimos aprender la despedida

y rompimos la alianza

que juntaba al amigo con la amiga.

Y alzamos la distancia

entre las amistades divididas.

Para aprender a irnos, caminamos.

Fuimos dejando atrás las colinas, los valles,

los verdeantes prados.

Miramos su hermosura

pero no nos quedamos.

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