Los modales que nadie nos enseñó
Cuando éramos niños nos enseñaron que existían ciertas palabras mágicas: “Por favor”, “Gracias” y “Con permiso”; detrás de ellas había algo mucho más profundo: aprender a convivir con los demás.
Nos enseñaron a saludar al llegar, despedirnos al irnos, esperar nuestro turno y no interrumpir, el problema es que mientras aprendíamos todas esas reglas, el mundo cambió: llegaron los correos electrónicos, los mensajes de texto, WhatsApp, las videollamadas, las redes sociales y ahora la inteligencia artificial.
De pronto podemos comunicarnos con prácticamente cualquier persona, desde cualquier lugar y a cualquier hora; la tecnología avanzó mucho más rápido que nuestros modales.
La conversación digital ha desarrollado sus propios códigos, pero no todos compartimos los mismos: para algunas personas, comenzar un mensaje sin saludar es una falta de educación; otras agradecerían profundamente que fuéramos directo al punto.
Para alguien, una llamada telefónica puede significar cercanía o importancia; para otra persona, recibirla sin previo aviso puede sentirse casi como si alguien hubiera entrado a su casa sin tocar.
Explicado desde la neurociencia, nuestro cerebro intenta interpretar constantemente las señales sociales para entender qué ocurre y cómo responder, pero en la comunicación digital muchas de esas señales desaparecen: no tenemos tono de voz, expresión facial o lenguaje corporal.
Así, llenamos los espacios con interpretaciones: un “OK”, un mensaje visto sin respuesta o un silencio más largo de lo esperado pueden adquirir significados que quizá nunca tuvieron para quien estaba del otro lado; por eso, saber utilizar la tecnología no significa necesariamente saber convivir dentro de ella.
Podemos escribirle a un compañero de trabajo a las 23:00 horas, pero que técnicamente podamos hacerlo no significa que debamos esperar una respuesta inmediata; podemos verlo “en línea”, pero eso tampoco significa que esté disponible para nosotros; tenemos acceso permanente a las personas, pero eso no significa que tengamos derecho permanente a su atención.
Aquí también entra la imagen pública: nuestra reputación digital no se construye únicamente con la fotografía que elegimos para LinkedIn o con aquello que planeamos cuidadosamente publicar, también se construye con la forma en que escribimos, respondemos, respetamos horarios, manejamos un desacuerdo o consideramos la privacidad de los demás.
Resulta curioso que pasáramos buena parte de nuestra infancia escuchando que debíamos decir “Por favor” y “Gracias”, y hoy incluso discutamos si deberíamos decírselos a una IA; evidentemente, la inteligencia artificial no necesita que cuidemos sus sentimientos, pero nosotros sí necesitamos cuidar nuestros hábitos.
No se trata de agradecerle a ChatGPT para que algún día, cuando las máquinas dominen el mundo, recuerde que fuimos educados y se apiaden de nosotros.
Se trata de recordar que al pasar buena parte del día dando instrucciones como “Haz esto”, “Dame aquello”, “Más corto” o “Más rápido”, no debería hacernos olvidar que cuando del otro lado existe una persona, también existe una percepción.
A “Por favor”, “Gracias” y “Con permiso”, hoy podríamos agregar: “¿Te puedo marcar?”, “No es urgente”, “Te respondo mañana” y “¿Está bien si comparto esto?”.
Nos tomó generaciones construir pequeñas reglas para convivir en el mundo físico; ahora nos toca construirlas para el digital, porque el verdadero reto no será aprender a utilizar cada nueva tecnología que aparezca –eso, tarde o temprano, lo terminaremos haciendo-, sino conseguir que mientras la tecnología avance, nuestra capacidad de respetarnos, comunicarnos y convivir avance con ella.
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