Lo que callamos en el trabajo
El otro día, un gran amigo me estaba platicando sobre una situación particularmente complicada que estaba atravesando.
Después de contarme todo, hizo una pausa y me dijo algo parecido a “Qué suerte tienes tú, siempre estás feliz, tranquilo… como si todo estuviera bien”; me reí, no porque fuera gracioso, sino porque inmediatamente comencé a hacer una lista mental de todo lo que yo también tenía por resolver: pendientes, decisiones, problemas, preocupaciones familiares y pensé: “Si supieras...”.
Ser empresario me ha enseñado, entre muchas otras cosas, a no preguntar “¿Qué más podría salir mal?”; a veces el universo lo interpreta como una solicitud: se descompone algo, un proveedor no llega, alguien falta, aparece un gasto inesperado y justo cuando pensamos que ya pasó lo peor, descubrimos que las cosas todavía podían ponerse un poquito más interesantes.
También está el colaborador que llega después de una noche sin dormir porque su hijo se enfermó; la persona que sonríe durante una junta mientras atraviesa un problema familiar; el jefe que debe tomar una decisión importante el mismo día que recibió una mala noticia, o el compañero que está más callado de lo habitual y nadie sabe realmente por qué.
En el trabajo conocemos mucho del desempeño de las personas y muchas veces, muy poco de lo que están cargando; quizá por eso vale la pena repensar qué entendemos por bienestar laboral.
Estar bien no significa que todo esté bien ni llegar feliz todos los días, meditar antes de cada junta o convertir la oficina en un spa; significa contar con mejores recursos para esos momentos en los que inevitablemente la vida decide no cooperar.
Dormir, movernos, alimentarnos razonablemente bien, tener vínculos significativos, aprender a desconectarnos y reconocer cuándo necesitamos ayuda parecen cosas sencillas, pero también construyen bienestar; durante años incluso llegamos a romantizar lo contrario.
Porque el cerebro necesita descanso: dormir bien influye en cómo pensamos, regulamos nuestras emociones y enfrentamos las exigencias del día y lo mismo ocurre con movernos, descansar y desconectarnos, que no eliminan los problemas pero pueden ayudarnos a enfrentarlos mejor.
En el trabajo, además, el bienestar se construye entre todos: a veces empieza con algo tan sencillo como un jefe que escucha, un equipo donde podemos decir “Necesito ayuda” o la sensibilidad para entender que detrás de cada puesto sigue habiendo una persona.
Hay otra parte que nos corresponde a cada uno: ninguna empresa puede dormir, hacer ejercicio, cuidar nuestras relaciones o aprender a soltar por nosotros.
Cómo estamos también influye en cómo tratamos a los demás: el cansancio, la presión y las preocupaciones no se quedan educadamente afuera de la oficina mientras nosotros entramos a trabajar, a veces entran con nosotros; por eso el bienestar también necesita empatía.
Antes de asumir que alguien está distraído porque “no le importa”, que está serio porque “tiene mala actitud” o que un jefe respondió diferente porque “ya cambió”, quizá convenga recordar que vemos solamente una parte de su historia.
Quizá de eso se trate realmente el bienestar laboral: no de construir empresas donde nadie tenga problemas ni personas felices permanentemente -eso sería imposible-: se trata de construir organizaciones más humanas y personas con mejores recursos para atravesar los días difíciles.
Porque nunca sabemos del todo qué está cargando la persona que tenemos enfrente, y estar bien no significa que todo esté bien: a veces significa, simplemente, tener con qué enfrentarlo cuando no lo está.
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