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Mientras hoy nos vestimos “a la mexicana” en septiembre, así era realmente la ropa en 1810

Sombreros, rebozos, faldas amplias y trajes de charro forman parte del imaginario de las fiestas patrias, pero la ropa que se usaba en 1810 era mucho más diversa. Así vestían realmente los habitantes de la Nueva España en los días de la Independencia.

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Cada septiembre México cambia de guardarropa. Aparecen los sombreros, los rebozos, las trenzas, las faldas amplias y los colores de la bandera. Pero hay un detalle que solemos pasar por alto: buena parte de esa imagen no corresponde exactamente a cómo vestían las personas en 1810.

Hace más de dos siglos, la sociedad todavía formaba parte de la Nueva España, y no existía un solo estilo de vestir que pudiera considerarse “la ropa mexicana”. La indumentaria cambiaba según la posición social, el origen, la región, el oficio, el dinero disponible y la ocasión.

Los estudios sobre la vestimenta de la época muestran precisamente esa diversidad. En la Ciudad de México, por ejemplo, podían encontrarse prendas y modas de origen europeo junto con textiles y formas de vestir producidas localmente. La ropa también funcionaba como una manera de distinguir socialmente a las personas.

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¿Cómo vestían las personas en 1810?

Para imaginar las calles de la Nueva España durante los primeros meses de la Independencia, conviene olvidarse por un momento del traje de charro, las blusas bordadas y las enormes faldas que suelen aparecer en los festejos actuales.

Entre los sectores acomodados, las tendencias europeas tenían una fuerte presencia. Investigaciones sobre la moda novohispana muestran que las élites seguían estilos internacionales y que los hombres podían utilizar prendas inspiradas en la moda francesa. Incluso los textiles utilizados podían proceder de circuitos comerciales que conectaban a la Nueva España con Europa y Asia.

En los sectores populares, en cambio, la ropa podía ser mucho más sencilla y estar condicionada por el trabajo y las posibilidades económicas.

La diferencia no era solamente estética. La indumentaria podía señalar posición social, oficio y pertenencia a determinados grupos, mientras que las condiciones económicas también determinaban la calidad, cantidad y estado de las prendas disponibles.

La ropa de las mujeres en la Nueva España

La imagen actual de una mujer vestida con blusa blanca, falda amplia y rebozo puede parecer una representación directa de 1810, pero la realidad era bastante más compleja.

Entre mujeres de grupos mezclados eran comunes prendas como la camisa, el corpiño, la saya o enagua y el rebozo. La saya podía ser amplia y utilizar diferentes prendas interiores para darle volumen, mientras que el rebozo tenía múltiples usos y diseños.

El rebozo sí tiene una historia mucho más antigua que los actuales festejos patrios. Su uso estaba extendido en la sociedad novohispana y podía encontrarse entre distintos grupos sociales, aunque no necesariamente de la misma manera.

En representaciones de la sociedad colonial aparecen diferencias claras: mujeres indígenas con huipil y cueitl, españolas y criollas con prendas de influencia europea y mujeres de castas utilizando rebozos y otras piezas que combinaban distintas tradiciones.

¿Y los hombres? Así era su vestimenta

En los sectores acomodados podían encontrarse casacas, chaquetas, camisas, chalecos y otras prendas asociadas con las modas europeas. El vestido masculino novohispano había incorporado desde tiempo atrás influencias europeas y, en particular, francesas.

Entre trabajadores, artesanos y otros sectores populares la situación era diferente. La vestimenta podía ser más sencilla y estar determinada por las actividades cotidianas y los recursos disponibles.

De hecho, investigaciones sobre la Ciudad de México entre 1810 y 1850 estudian por separado la indumentaria de las élites, los trabajadores, los artesanos, la población indígena y otros sectores, precisamente porque sus formas de vestir no eran iguales.

En los sectores populares y entre trabajadores del campo podían encontrarse prendas como el calzón de manta, una pieza amplia de algodón que se sujetaba a la cintura con una faja, además de sarapes o jorongos y sombreros. Para quienes realizaban labores manuales o rurales, la ropa respondía también a necesidades prácticas y podía complementarse con una faja o cinturón donde llevar objetos y herramientas.

La manta y el algodón tenían un papel importante en la elaboración de prendas de uso cotidiano, mientras que las diferencias económicas marcaban también la calidad y variedad de la ropa disponible.

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¿El traje de charro ya existía en 1810?

Aquí aparece uno de los mayores contrastes con la imagen de las fiestas patrias.

La charrería tiene raíces en las actividades ganaderas de las haciendas desde el siglo XVI, cuando los trabajadores desarrollaron técnicas para manejar el ganado a caballo utilizando, entre otras herramientas, la silla y la reata.

Pero eso no significa que en 1810 ya existiera el traje de charro tal como lo conocemos actualmente.

El propio INAH señala que la indumentaria charra evolucionó con el tiempo. Una de sus referencias históricas se encuentra en los chinacos del siglo XIX, particularmente durante la Intervención francesa, y posteriormente se incorporaron otras influencias hasta consolidar el traje que hoy identificamos con la charrería.

La diferencia es importante: la tradición ecuestre sí tenía antecedentes en la época colonial, pero el traje charro contemporáneo es producto de una evolución posterior.

Incluso las fotografías conservadas por el INAH muestran al charro como una figura claramente asociada con el México del siglo XIX; por ejemplo, existe un registro de Ponciano Díaz vestido de charro fechado alrededor de 1890.

Por eso, poner a todos los personajes de 1810 con el traje charro actual sería trasladar hacia atrás una imagen que se consolidó posteriormente.

Rebozos, sombreros y otras prendas que sí tienen historia

Que algunas prendas hayan adquirido un significado nacional con el paso del tiempo no quiere decir que sean inventos recientes.

El rebozo, por ejemplo, ya tenía una presencia importante en la sociedad novohispana. Las fuentes históricas registran diferentes formas de utilizarlo y muestran que fue adoptado por distintos sectores de la población.

Algo parecido ocurre con los sombreros y otras prendas asociadas con actividades rurales. Existían distintos tipos de prendas para el trabajo y la vida cotidiana, pero no todos formaban parte de un “uniforme nacional”.

La propia historia de la charrería demuestra cómo una práctica vinculada con las haciendas ganaderas terminó convirtiéndose en una expresión cultural asociada con la identidad mexicana. El INAH señala que actualmente el traje charro integra distintos elementos de esa tradición y que la representación del charro se convirtió en una imagen de la mexicanidad.

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¿De dónde viene entonces la imagen del “mexicano” que usamos en septiembre?

La respuesta está en que la identidad visual de México se construyó durante mucho tiempo, y no nació completa en 1810.

La Independencia marcó el inicio de una transformación política que terminaría con la formación de México como país independiente en 1821, pero muchas de las imágenes que hoy asociamos con “lo mexicano” se desarrollaron y popularizaron durante el siglo XIX y posteriormente.

La charrería es uno de los ejemplos más claros. Sus raíces son coloniales, pero su indumentaria y su transformación en una expresión nacional ocurrieron a lo largo del siglo XIX y XX. El INAH señala que la charrería pasó de las actividades ganaderas a convertirse en una tradición y posteriormente en un deporte nacional.

Por eso, cuando en septiembre alguien se pone un sombrero charro, un rebozo o una falda inspirada en algún traje regional, no necesariamente está reproduciendo cómo se vestía en 1810.

Está utilizando una imagen de la mexicanidad construida con elementos de diferentes épocas y regiones.

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