Cuando lo obvio sólo es obvio para ti
Hay una frase que probablemente todos hemos escuchado al comenzar un trabajo: “pero eso es muy fácil”; curiosamente, casi nunca consigue que la tarea se vuelva más fácil.
Cuando llegamos a un nuevo trabajo, todo requiere instrucciones: no sabemos dónde están los archivos, a quién copiar en determinado correo o por qué esa carpeta que dice “2026 final” no es la final, porque existe otra llamada “2026 final ahora sí”.
Pasan los años y sucede algo interesante: dejamos de pensar en muchas de esas cosas, simplemente las hacemos porque nuestro cerebro es extraordinariamente eficiente y con la práctica y la repetición, tareas que inicialmente requieren atención terminan volviéndose automáticas.
El problema comienza cuando confundimos automatización con obviedad: entonces llega alguien nuevo, pregunta algo que hemos hecho cientos de veces y aparece esa vocecita interna: “pero ¿cómo no sabe hacerlo?”.
La respuesta es sencilla: porque todavía no lleva cientos de veces haciéndolo; en psicología existe un fenómeno conocido como la “maldición del conocimiento”, que cuando dominamos cierta información, nos resulta difícil imaginar cómo sería no conocerla.
Nuestro cerebro ya tiene referencias y experiencias que la otra persona todavía no posee; tuve que reconocer que yo también he caído en esa trampa.
Transmitir conocimiento requiere algo adicional: ser capaz de regresar mentalmente al momento en que aquello todavía no era evidente; explicar sin asumir, ajustar nuestro lenguaje y tener paciencia frente a preguntas cuya respuesta nos parece sencilla -eso también es empatía-.
Cuando alguien nuevo pregunta y recibe “eso ya te lo expliqué”, “es sentido común” o una mirada suficientemente expresiva como para no necesitar palabras, aprende que preguntar tiene un costo.
Entonces ocurre la paradoja: queremos colaboradores proactivos, que comuniquen problemas, pregunten y propongan ideas, pero a veces les enseñamos que la estrategia más segura es asentir con mucha convicción y después buscar discretamente la respuesta en Google.
Las pequeñas interacciones también construyen cultura; la cultura organizacional no vive únicamente en los valores escritos en una pared, también aparece en la respuesta que recibe alguien cuando se atreve a decir: “no entendí, ¿me lo puedes explicar otra vez?”.
Por supuesto, empatía no significa explicar indefinidamente lo mismo: quien aprende también tiene la responsabilidad de preguntar, practicar y esforzarse, pero existe una diferencia enorme entre esperar que alguien aprenda y esperar que alguien adivine.
Quizá la experiencia profesional debería darnos algo más que conocimiento: también debería convertirnos en mejores guías, así que la próxima vez que alguien pregunte algo que nos parezca extraordinariamente obvio, antes de responder “¿cómo no vas a saber eso?”, vale la pena recordar que hubo un momento en nuestra vida en el que nosotros tampoco lo sabíamos.
Porque muchas de las cosas que hoy llamamos “sentido común” no nacieron con nosotros; alguna vez, alguien tuvo la paciencia de enseñárnoslas.
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