A los 32 años compró por cerca de 120 mil pesos una casa abandonada en medio del bosque para dejar la vida urbana, vivir aislada, producir su propia energía y adaptar su rutina al clima
La vivienda estaba cubierta por la vegetación y carecía de servicios cuando la encontró; años después, su electricidad depende del sol y el agua llega desde un manantial

María tiene 32 años y lleva varios años reconstruyendo una casa abandonada en medio de un bosque donde la cantidad de sol o de lluvia puede determinar qué tareas realizará durante el día. No está conectada a la red eléctrica convencional, obtiene electricidad mediante paneles solares y se abastece de agua procedente de un manantial.
La vivienda se encuentra en Asturias, España, y su historia comenzó durante el periodo de la pandemia de Covid-19. María ha contado su experiencia tanto en sus propias redes, bajo el nombre El Campu y la María, como en una entrevista con el creador de contenido Arnau Serrado, quien documentó su forma de vida dentro de la propiedad.
Uno de los datos que más llama la atención es el precio: pagó 6 mil euros por la propiedad. Al tipo de cambio de referencia publicado por Banco de México el 11 de agosto de 2026, de 19.7423 pesos por euro, esa cantidad equivale a aproximadamente 118 mil 454 pesos mexicanos, por lo que puede expresarse de manera redondeada como cerca de 120 mil pesos.
¿Cómo encontró la casa abandonada en medio del bosque?
El proyecto no comenzó con una búsqueda tradicional de vivienda.
María explicó que durante el confinamiento de 2020 se encontraba en el pueblo de su madre y comenzó a recorrer los alrededores. En una de esas ocasiones siguió el sonido de una cascada y encontró una construcción prácticamente oculta entre la vegetación.
La casa estaba tan cubierta por las zarzas que, según recordó posteriormente, apenas podía verse una parte de la estructura.
Después preguntó por la propiedad y descubrió que pertenecía a una persona que acababa de heredarla. Tras realizar los trámites correspondientes, consiguió comprarla por 6 mil euros.
María ha explicado que la propiedad incluía alrededor de 3 mil metros cuadrados de terreno, un dato que también ha compartido directamente en sus redes sociales al hablar sobre el costo y las posibilidades que encontró en el lugar.
La vivienda recibió posteriormente el nombre de Nogalia.
¿En qué condiciones estaba la casa cuando comenzó a vivir ahí?
Comprar barato no significó encontrar una vivienda lista para habitar.
Cuando María llegó, la casa no tenía electricidad ni suministro de agua instalado y necesitaba una reconstrucción importante. Además, ella misma ha reconocido que no tenía experiencia previa en construcción, fontanería, cultivo de plantas ni en vivir sola dentro de un entorno natural.
La rehabilitación se convirtió así en un proceso progresivo.
En vez de reformar por completo la propiedad antes de instalarse, decidió aprender mientras avanzaba. Parte de su experiencia ha quedado documentada durante años en El Campu y la María, donde muestra trabajos realizados en la casa y su relación cotidiana con el bosque.
Esa diferencia es importante para entender su historia: los cerca de 120 mil pesos corresponden únicamente al equivalente actual del precio de compra de la propiedad, no al costo total de transformarla en el hogar que utiliza actualmente.
Paneles solares, herramientas, materiales, mantenimiento y el propio trabajo realizado a lo largo de los años forman parte de un proceso distinto cuyo costo total María no ha establecido públicamente en la información revisada.
¿Cómo obtiene electricidad si no está conectada a la red?
Actualmente María cuenta con paneles solares que generan la electricidad que utiliza en Nogalia.
Eso le permite tener iluminación y utilizar determinados aparatos, pero también significa que la disponibilidad de energía está vinculada a las condiciones del día.
Ella misma lo ha explicado de una manera sencilla: cuando hay suficiente sol puede utilizar más electricidad, mientras que en jornadas con menor generación procura reducir el consumo y recurrir a actividades manuales en lugar de depender tanto de herramientas eléctricas, baterías o dispositivos.
La diferencia respecto a una vivienda conectada a una red convencional está precisamente en esa administración diaria.
Encender un aparato deja de ser una acción completamente desligada de la fuente de energía: el clima determina en parte cuánta electricidad tiene disponible y cómo decide aprovecharla.
María ha señalado que conseguir simplemente encender una luz por la noche gracias a la energía acumulada durante el día representó uno de los avances de su proyecto.

¿De dónde obtiene el agua?
El agua también funciona de una manera diferente a la de una vivienda urbana conectada a la red pública.
Nogalia recibe agua procedente de un manantial del pueblo, por cuyo acceso María asegura pagar seis euros al año. Con el tipo de cambio de referencia de Banco de México del 11 de agosto, serían alrededor de 118 pesos mexicanos, aunque nuevamente se trata únicamente de una conversión aproximada para facilitar la comparación.
Tener acceso al manantial no significa disponer de agua de manera ilimitada.
María ha explicado que la cantidad disponible depende también de las precipitaciones. Cuando llueve más existe mayor disponibilidad; durante periodos con menos agua debe controlar su uso, almacenarla e incluso recurrir a una fuente del pueblo si llega a ser necesario.
Por esa razón, describir su vivienda simplemente como una casa “sin agua” resulta impreciso en la actualidad.
María llegó originalmente a una propiedad sin el servicio instalado, pero hoy se abastece mediante un sistema conectado a un manantial, de manera independiente a un suministro urbano convencional.
¿Por qué el clima determina su rutina diaria?
La combinación entre energía solar y agua procedente de un manantial hace que algunas decisiones cotidianas estén directamente relacionadas con el clima.
Un día soleado representa mayor capacidad de generación eléctrica. Un periodo lluvioso puede mejorar la disponibilidad de agua. Cuando esas condiciones cambian, María también modifica la forma en que trabaja dentro de la propiedad.
Esto alcanza desde el uso de herramientas hasta las labores relacionadas con la rehabilitación de la vivienda.
Su manera de trabajar tampoco sigue necesariamente la lógica de terminar una tarea lo antes posible. María ha contado que, por ejemplo, ha preferido realizar algunos trabajos manualmente y poco a poco antes que alquilar maquinaria que la obligaría a completar determinada actividad dentro de un plazo concreto.
Ese cambio también modificó su relación con el tiempo.
Una de las frases con las que ha explicado su manera de entender esta etapa es: “me considero una persona rica en tiempo”, al referirse a que ahora prefiere invertir horas propias en determinadas tareas en lugar de medir cada actividad únicamente en dinero.

¿Vive completamente sin comodidades modernas?
No exactamente.
La historia de María puede prestarse fácilmente a la idea de una persona que abandonó por completo la tecnología, pero su experiencia es más matizada.
Tiene electricidad producida por paneles solares, utiliza dispositivos y herramientas cuando la energía disponible lo permite y mantiene presencia activa en internet mediante sus redes sociales.
Lo que cambia es la cantidad de recursos disponibles y la forma en que los administra.
Por ejemplo, ha explicado que no cuenta con algunas comodidades domésticas habituales y que todavía existen aspectos de la vivienda pendientes de mejorar. En una entrevista reciente se señalaba que aún no disponía de agua caliente y ella misma bromeaba sobre la comodidad que representa encontrar un lavavajillas cuando visita otras casas.
Por tanto, su experiencia no consiste en prescindir de toda tecnología, sino en vivir con una infraestructura más limitada y adaptada a los recursos que puede generar o conseguir en el entorno.
¿Cuánto tiempo lleva viviendo de esta manera?
La historia comenzó alrededor de 2020, durante la pandemia, aunque algunas publicaciones presentan pequeñas diferencias al contabilizar cuánto tiempo lleva María vinculada al proyecto.
La descripción de la entrevista publicada por Arnau Serrado señala que María tiene 32 años y que dejó la vida convencional años atrás para instalarse en la vivienda abandonada de Asturias. Otras reconstrucciones de su historia sitúan el inicio del proyecto durante el confinamiento de 2020.
Por ello, es más preciso hablar de alrededor de seis años de transformación de Nogalia que intentar establecer una duración exacta a partir de referencias que contabilizan de manera diferente el inicio de su cambio de vida.
Durante ese tiempo, María ha ido documentando tanto las mejoras de la casa como los problemas que implica vivir en un entorno donde muchas tareas que en la ciudad dependen de servicios automáticos deben resolverse directamente.

Una casa barata no significa una vida sencilla
Los 6 mil euros que María pagó por la propiedad pueden resultar llamativos, especialmente al traducirlos para un lector mexicano a cerca de 120 mil pesos, pero el precio por sí solo no explica lo que ocurrió después.
La casa estaba abandonada, necesitaba rehabilitación y carecía de la infraestructura básica que hoy se da por sentada en una vivienda urbana. María tuvo que aprender tareas que nunca había realizado y construir progresivamente sistemas para disponer de electricidad y agua.
Su experiencia tampoco representa una fórmula que pueda trasladarse automáticamente a cualquier propiedad rural. Tener acceso a terreno, un manantial, suficiente generación solar y una vivienda que pueda recuperarse son condiciones particulares de cada lugar.
Lo que su historia sí muestra es una consecuencia concreta de haber cambiado de entorno: actividades tan comunes como utilizar una herramienta eléctrica, obtener agua o avanzar en una reparación dejaron de depender únicamente de un interruptor y comenzaron a estar relacionadas con el sol, la lluvia y el tiempo que ella misma decide invertir.
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