Crónica de una mala salida
Todos conocemos a alguien que ya renunció emocionalmente a su trabajo, aunque sigue llegando puntual todos los días.
Su cuerpo está presente; su mente, no tanto: ya no propone ideas, ya no sonríe igual y cualquier inconveniente, por pequeño que sea, parece confirmar su teoría favorita de que “este lugar es el problema” sin embargo, curiosamente, tampoco se va.
Ahí es donde el comportamiento humano se vuelve interesante: muchas personas no abandonan un trabajo cuando dejan de ser felices en él, permanecen ahí durante meses o incluso años mientras lentamente cambian su actitud, su energía y la forma en que los demás comienzan a percibirlas.
La renuncia, muchas veces, ocurre primero en el cerebro: desde la neurociencia sabemos que la mente humana tiene una fuerte necesidad de estabilidad y predictibilidad; aunque una situación ya no nos haga felices, sigue siendo conocida y para el cerebro, lo conocido suele sentirse más seguro que lo incierto. Renunciar implica preguntas incómodas: ¿Y ahora qué sigue?, ¿Me irá mejor?, ¿Y si me arrepiento?, ¿Y si el problema no era sólo la empresa?
Así que el cerebro hace algo muy humano: se adapta al desgaste antes que enfrentar el cambio; el problema es que permanecer demasiado tiempo en desconexión emocional rara vez pasa desapercibido.
Primero desaparece el entusiasmo, después llega el cinismo y luego aparece la apatía disfrazada de “ya me da igual”; eventualmente surgen frases que ya parecen parte del uniforme emocional: “Para lo que pagan”, “Ni que fuera mi empresa”, “Aquí nunca valoran nada” y el clásico más peligroso de todos, empezar cada junta diciendo “Yo ya ni me estreso” mientras, claramente, sí se está estresando.
Claro que existen ambientes tóxicos, malos liderazgos y empresas mal administradas, pero también existe una realidad mucho más incómoda: a veces culpar constantemente al entorno evita aceptar que quizá dejamos de querer estar ahí hace mucho tiempo.
El cerebro busca proteger la identidad y reducir el malestar emocional: aceptar que necesitamos cambiar de rumbo genera ansiedad, miedo e incluso sensación de fracaso, en cambio, responsabilizar únicamente al entorno produce alivio temporal.
Mientras intentamos convencernos de que seguimos “soportando” el trabajo, muchas veces comenzamos a deteriorarnos dentro de él y eso se nota más de lo que creemos: el agotamiento emocional cambia la comunicación, la tolerancia y hasta el lenguaje corporal; la postura se modifica; el tono de voz pierde energía; la paciencia se reduce.
El equipo lo nota, los clientes lo notan y hasta el compañero que nunca pone atención en las juntas ya se dio cuenta, lo cual daña la reputación profesional.
Muchas personas no son recordadas por sus mejores años en una empresa, sino por la peor versión de sí mismas justo antes de irse; años de profesionalismo pueden verse opacados por meses de indiferencia, mala actitud o desconexión emocional prolongada.
Antes de preguntarte si ya deberías renunciar, pregúntate algo más importante: “¿La versión de mí que aparece todos los días en este trabajo todavía se parece a quien quiero ser profesionalmente?”
Renunciar, en ciertos momentos, no es fracaso: también puede ser una forma de autocuidado, claridad y hasta de respeto por la reputación que tanto tiempo tomó construir.
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