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¿Lo amas pero no lo soportas? La inquietante advertencia de Freud sobre la “ambivalencia” y por qué sentir odio no significa el fin de tu relación

El mito del “amor puro” y el peligro de confundir el cansancio emocional con una ruptura inminente.

¿Lo amas pero no lo soportas? La inquietante advertencia de Freud sobre la “ambivalencia” y por qué sentir odio no significa el fin de tu relación

Hay momentos en la convivencia donde una frase, un gesto o incluso la presencia de la persona que más queremos nos genera una irritación profunda.

“No entiendo por qué me molesta tanto” o “Lo amo, pero a veces no lo soporto”, son pensamientos que suelen disparar una alarma de culpa.

Muchos creen que esta fricción es la señal de que el amor se terminó o que la relación de pareja está condenada al fracaso. Sin embargo, la psicología profunda sugiere lo contrario.

El descubrimiento de la ambivalencia afectiva

El padre del psicoanálisis, Sigmund Freud, lanzó una advertencia que sigue incomodando a muchos: el amor nunca es puro. Freud llamó a este fenómeno ambivalencia afectiva, definiéndolo como la capacidad humana de sentir amor y hostilidad hacia la misma persona de manera simultánea.

Este patrón no es una falla de tu personalidad ni una señal de inestabilidad emocional. Según Freud, es una herencia de nuestra infancia. Los niños experimentan este torbellino de emociones hacia sus padres —sus figuras de cuidado— y esa mezcla no desaparece en la adultez, solo se vuelve más compleja y silenciosa.

La paradoja de la cercanía: El amor real no es una línea recta; es un espacio donde la calidez del afecto y el frío de la frustración conviven. Según Freud, entender esta dualidad es el primer paso para evitar rupturas impulsivas. /Gemini

¿Por qué las personas que más nos cuidan son las que más nos frustran?

La razón es una paradoja de la psicología: la intensidad de la molestia es proporcional a la importancia del vínculo. En las relaciones más estrechas, se activan mecanismos de vulnerabilidad que no se presentan con extraños.

  • El espejo emocional: Quien más te conoce tiene el poder de herirte más porque conoce tus puntos débiles.
  • Expectativas rotas: La frustración nace cuando el otro, al ser un individuo independiente, no cumple con la imagen idealizada que tenemos de él.
  • El peso del cuidado: Quien más nos protege es también quien más límites nos impone, reviviendo inconscientemente conflictos del pasado.

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La consecuencia de no tolerar el conflicto

El gran riesgo de no entender la ambivalencia afectiva es el sabotaje del vínculo. Cuando una persona no tolera sentir enojo hacia quien ama, suele recurrir a dos salidas destructivas: la represión (que genera resentimiento crónico) o la ruptura impulsiva, creyendo erróneamente que la paz solo se encuentra en la ausencia de sentimientos contradictorios.

Históricamente, este patrón de “todo o nada” ha sido el causante de innumerables separaciones que podrían haberse evitado con inteligencia emocional.

Freud observó que el amor maduro no es aquel donde no hay peleas, sino aquel que tiene la capacidad de tolerar la ambivalencia sin destruir el lazo.

Reflexión final: Sentir enojo no significa que el sentimiento se haya esfumado. A veces, significa que el vínculo importa lo suficiente como para afectarte de verdad.

La próxima vez que sientas que “no soportas” a quien amas, detente: podrías estar ante una prueba de profundidad emocional, no ante el final del camino.

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