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No es personal, son negocios

Hay frases que suenan impecables en teoría y peligrosas en la vida real.

No es personal, son negocios

Se dice con voz firme, cara de adulto responsable y la esperanza de que al pronunciarla, las emociones se queden afuera esperando turno: “No es personal, son negocios”; el “spoiler” es que no se quedan, en muchos casos, hacen “check-in” primero y el negocio termina pagando la cuenta.

Aunque nos guste pensar que trabajamos con lógica, los equipos están hechos de personas con historias, cansancio, días malos y momentos en los que el cerebro no coopera; el problema aparece cuando lo personal deja de ser contexto y empieza a dirigir la operación sin que nadie lo note.

Pensemos en ese amigo que cancela planes a última hora con un mensaje breve y automático: “Perdón, traigo un tema personal”; la primera vez se entiende, la segunda se concede y la tercera, se sospecha; para la quinta, sin enojo ni reclamo, dejas de contar con él para planes importantes, aún amigos pero el vínculo se ajustó en silencio.

En el trabajo ocurre algo muy parecido, sólo que en lugar de cenas canceladas hablamos de entregas, juntas clave y decisiones compartidas.

Hablando claro, el problema no es tener un problema personal, todos los tenemos: familia, salud, emociones, crisis inesperadas y días en los que la cabeza no da para más; el conflicto aparece cuando ese “tema personal” surge siempre en los momentos críticos y empieza a funcionar como un comodín emocional que baja la exigencia.

Lo interesante es que casi nadie cuestiona esta dinámica, no porque no la note, sino porque incomoda hacerlo; en cuanto alguien verbaliza un problema personal, el entorno entra en modo cuidado y exigir se siente como falta de empatía.

Desde la neurociencia, sabemos que el cerebro prioriza la armonía social y evita el conflicto, sobre todo cuando detecta vulnerabilidad emocional; el equipo se ajusta, alguien más cubre y el trabajo sigue avanzando, por supervivencia emocional colectiva.

Al inicio parece positivo: humanidad, apoyo, empatía, pero con el tiempo aparece algo más desgastante: el cálculo silencioso, “Yo también tengo problemas”, “Yo también estoy cansado”, “Yo también llegué bajo presión y aun así cumplí”.

Muchas veces este comportamiento no es consciente, es aprendizaje: el cerebro aprende rápido qué conductas reducen la presión y cuáles la incrementan.

Si cada vez que aparece un problema personal la exigencia baja, la mente registra esa respuesta como una estrategia segura, como adaptación; el problema es que lo que protege emocionalmente a corto plazo, erosiona la confianza a la larga.

En los negocios, la confianza es parte central de la imagen profesional: además de lo que alguien sabe o puede hacer, es lo que los demás creen que pueden esperar de esa persona cuando las cosas se complican.

Cuando el problema personal aparece siempre en momentos clave, el mensaje se construye solo: no responde bien bajo presión, no es confiable en escenarios críticos, siempre necesita plan alterno; la imagen profesional se desgasta por los patrones, lo que el entorno aprende a anticipar.

Tener un problema personal no daña tu imagen, pero convertirlo en tu explicación habitual, sí: antes de justificarte, pregúntate si estás explicando una situación puntual o contando la misma historia de siempre; cuando todo se vuelve personal, el equipo eja de entenderte y de contar contigo, y en los negocios, eso también comunica.

[Datos Adal]

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