¿Qué dice la psicología sobre las personas que no hacen su cama?
Para algunos, dejar la cama sin tender no es descuido ni flojera, sino una elección consciente.
Hacer la cama es una de las primeras acciones del día para millones de personas. Suele asociarse con limpieza, orden y buena organización. Sin embargo, no todos consideran esta práctica como prioritaria. Para algunos, dejar la cama sin tender no es descuido ni flojera, sino una elección consciente. La psicología ha estudiado este comportamiento y ofrece explicaciones que van más allá de la higiene o la estética.
Diversas investigaciones, según lo menciona El Heraldo, señalan que existe una relación directa entre el entorno físico y los procesos cognitivos. La forma en que organizamos —o no— nuestros espacios puede reflejar cómo pensamos, cómo tomamos decisiones y cómo gestionamos el tiempo. En este contexto, no hacer la cama puede estar vinculado con la creatividad, la flexibilidad mental y la manera en que cada persona enfrenta la rutina diaria.
Orden y mente: la relación entre el espacio y el pensamiento
Desde la psicología ambiental se ha identificado que el orden suele relacionarse con la autodisciplina, la estabilidad y la necesidad de estructura. Los espacios organizados pueden ayudar a mantener la concentración y reducir distracciones.
Sin embargo, esto no significa que el desorden sea negativo por sí mismo. Algunos especialistas hablan de un desorden controlado, entendido como un entorno que no sigue reglas rígidas pero que resulta funcional para quien lo habita. En estos casos, la mente no depende del orden externo para mantener el control interno.
¿Por qué algunas personas no hacen la cama?
1. Creatividad y pensamiento flexible
De acuerdo con expertos en comportamiento humano, el orden excesivo puede limitar la generación de ideas nuevas. Cuando el cerebro se acostumbra a patrones fijos y predecibles, disminuye la exploración de alternativas.
Las personas que no hacen la cama suelen sentirse cómodas con la improvisación. Para ellas, la ausencia de una estructura estricta favorece la creatividad y la resolución espontánea de problemas.
2. Manejo distinto del tiempo
Otro factor relevante es la gestión del tiempo. Tender la cama toma pocos minutos, pero algunas personas prefieren utilizar ese espacio para otras actividades, como:
- Tomar café con calma.
- Leer noticias.
- Meditar o estirarse.
- Prepararse mentalmente para el día.
Desde esta perspectiva, no hacer la cama no implica desorganización, sino una jerarquización distinta de las prioridades matutinas.
3. La percepción de una tarea temporal
Para muchas personas, la cama ordenada ofrece una gratificación breve. Saben que en unas horas volverá a deshacerse, por lo que consideran innecesario invertir energía en una tarea que perciben como momentánea.
Esta forma de pensar está relacionada con una visión práctica del esfuerzo cotidiano: si el resultado es pasajero, la acción pierde relevancia.
4. Baja necesidad de cierre cognitivo
La psicología también asocia este hábito con la llamada baja necesidad de cierre cognitivo. Este concepto describe a quienes no experimentan ansiedad frente a:
- Tareas incompletas.
- Espacios desordenados.
- Procesos abiertos.
Estas personas pueden convivir con la incertidumbre sin sentir incomodidad y no requieren que todo esté concluido para sentirse tranquilas.
Adaptación al cambio y resiliencia
Los especialistas señalan que quienes no hacen la cama suelen adaptarse con mayor facilidad a los cambios. Su tolerancia a la falta de estructura les permite reaccionar mejor ante imprevistos y modificar planes sin generar estrés excesivo.
Esta flexibilidad mental está relacionada con la resiliencia, entendida como la capacidad de ajustarse a escenarios nuevos sin perder estabilidad emocional.
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¿Es mejor hacer o no hacer la cama?
La psicología no establece una regla universal. Hacer la cama puede ser útil para quienes necesitan estructura y rutinas claras. No hacerla puede resultar funcional para quienes priorizan la creatividad, la autonomía o la calma matutina.
Lo relevante no es el hábito en sí, sino que el entorno responda a las necesidades personales y contribuya al bienestar diario.
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