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Amantes de la buena vida

Parece que a los kiwis les preocupa más que sus visitantes entren al país con una semilla pegada en la suela de sus botas de montaña que con un arma escondida en la maleta. Carteles ubicados por todos lados solicitan al extranjero que llega al aeropuerto internacional de Auckland, la ciudad más grande de Nueva Zelanda, declarar si su calzado ha pisado tierra de otros lares.


Kiwis. Así se hacen llamar los neozelandeses. El apodo no se debe a una fruta exótica, sino a una avecilla tímida, nocturna y no voladora, especie en peligro de extinción y emblema del país.



Aquí la vida es una aventura de principio a fin. Los niños, en vez de torta, nacen con una bici de montaña o un kayak bajo el brazo y una cuerda amarrada a los pies para dar un salto en bungy en cuanto salen a la luz.


Los kiwis tienen una pasión desmedida por estar al aire libre y son amantes de lo extremo.


Viven a sus anchas, con sólo 4.5 millones de habitantes en un territorio cuya extensión es similar a la de Japón, archipiélago que comparten más de 127 millones de seres humanos.


Según el Índice de Desarrollo Humano de la ONU, Nueva Zelanda ocupa el envidiable séptimo lugar por el elevado disfrute de una vida larga y saludable, por su acceso a la educación y un nivel de vida digno.



Y comienza el viaje...


La Isla Norte nació de la furia de los volcanes. Tan sólo Auckland, tiene 49 cráteres.



A casi cuatro horas de Auckland, por carretera, se encuentra Whakatane, un poblado con las más altas temperaturas de Nueva Zelanda.


Casi todos vienen aquí a ver un volcán. A 48 kilómetros de la costa, en el Pacífico, emergió hace 150 mil años el Whakari o White Island, el único volcán marino del país y el más activo. Su última erupción fue en 2013.



Se puede llegar a bordo de una embarcación o en helicóptero. La segunda es la que elegimos.


Si a alguien le queda un dejo de temor a estos aparatos voladores, se lo aguanta y después se le olvida cuando contempla estos paisajes imposibles.




Hacemos una parada en una isla inhabitada, llena de vegetación. Los guías-piloto preparan un día de campo para nosotros. Después del almuerzo y un brownie, se reanuda el viaje hacia White Island.



A lo lejos se ve una diminuta isla rocosa que se desparrama en el mar. Y entre más avanza el helicóptero nos damos cuenta de que aquella isla es un cráter coronado por una fumarola, y en su centro brilla un lago hirviente de color verde vejiga. El 70% del cono volcánico está bajo el agua.





La nave aterriza en medio de un paisaje seco y desolado, de piedras rojizas y amarillentas, cubiertas de sal y sulfuro. Es uno de los escenarios más prehistóricos que han visto estos ojos.


Durante la caminata es necesario usar un casco y una máscara para no respirar gases tóxicos. El aire está impregnado de azufre y por momentos cuesta trabajo respirar.



Se escapan vapores del suelo y yacen charcos de lodo en ebullición. Es posible acercarse al lago verdoso, pero con prudencia. El recorrido termina en las ruinas de una mina de azufre.



Además de White Island, otra opción atractiva es Rotorua, a una hora de camino de Whakatane, una región donde la fuerza de la tierra se expresa de diferentes maneras. Rotorua forma parte del Cinturón de Fuego del Pacífico, la zona con mayor actividad sísmica y volcánica en el mundo.



Es uno de los campos geotérmicos más grandes del planeta, con géiseres que liberan columnas de vapor de hasta 30 metros de altura, albercas naturales de colores anaranjados, debido a la presencia de bacterias que sobreviven a temperaturas altísimas, y estanques de lodo burbujeante que hacen "plop, plop".



Pisadas en un glaciar



Brincamos de la Isla Norte al aeropuerto de Queenstown, en la Isla Sur. Y derecho al puente del río Kawaru. En este sitio, en 1988 se dio el primer salto comercial de bungy en el planeta. El inventor del demente pasatiempo desafió a las autoridades de varios países saltando ilegalmente, una y otra vez, de la cima de monumentos y edificios. Y casi siempre terminaba arrestado.



La hazaña suicida sobre el Kawaru, de color turquesa, dura apenas unos segundos, pero la tortura y el pánico parecen eternos. Unos gritan, lloran y se arrepienten estando al borde del precipicio. Otros más, sin pensarlo dos veces, se lanzan al vacío. Valientes ellos. Orgullosos, festejan su logro.



La empresa A.J. Hackett's Karaw Suspension Bridge ofrece este salto de 43 metros de altura, pero, si no te son suficientes, tal vez debas probar el del Nevis Highwire Bungy, de 134 metros de caída libre, el más alto de todo Nueva Zelanda.





Después del viaje vamos a almorzar a uno de los viñedos cercanos a la ciudad de Queenstown, en el bistro de estilo campirano de Amisfield Winery.



Y pues casual, uno así pasa el día, del bungy, a los viñedos, y de los viñedos al Parque Nacional Fiordland para volar, una vez más en helicóptero, sobre los acantilados del Estrecho de Milford Sound, escenario declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO y la octava maravilla del mundo para el escritor Rudyard Kipling.



Fiordland fue esculpido por los glaciares durante 100 mil años, y quedó monumental. El helicóptero casi roza los picos tapizados de verde oscuro, bañados a veces por cascadas que parecen hilos de plata. Estos acantilados separados por serpenteantes ríos y lagos también se exploran en remando un kayak o caminatas de varios días.



El clímax del viaje es el aterrizaje encima de un glaciar.



Queenstown


Si alguien se queda con la cosquillita de probarse a sí mismo en el bungy, tiene una segunda oportunidad en The Ledge, en la punta de una montaña, a 400 metros sobre la ciudad de Queenstown. El salto parece más aparatoso, aunque la caída solo sea de 47 metros.


Queenstown es una pequeña ciudad al pie de las montañas; es la "capital mundial de la aventura", con más tiendas de ropa y equipo para actividades deportivas, que antros y bares.


Para los apasionados del Hobbit, hay un par de boutiques dedicadas al tema.



Un pasatiempo tranquilo sin que contenga pruebas de resistencia, velocidad o caída libre, es ir a la playa del lago Wakatipu, en el muelle, y sentarse sobre una frazada, comer fish & chips o una hamburguesa de Fergburger, tomarse una cerveza y dedicar horas a la simple contemplación de la vida. ¡Y qué vida!



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