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Las 5 “reglas” con las que José Alfredo Jiménez escribió rancheras eternas

Aunque nunca estudió música, su intuición y vida intensa lo convirtieron en el compositor más grande del México profundo.

Las 5 “reglas” con las que José Alfredo Jiménez escribió rancheras eternas

José Alfredo Jiménez no sabía solfeo, no tocaba instrumentos y jamás escribió un manual de composición. Aun así, creó algunas de las canciones más cantadas, dolidas y representativas de la música mexicana.

A partir de anécdotas, entrevistas y análisis de expertos y arreglistas como Rubén Fuentes, estas son las cinco reglas no escritas que marcaron su manera de componer.

1. La emoción estaba por encima de cualquier regla musical

José Alfredo Jiménez componía “de chiflidito”. Silbaba o tarareaba melodías que nacían del sentimiento, no del pentagrama. Después, arreglistas profesionales las convertían en partituras.

Para él, la emoción mandaba: si la canción dolía o hacía vibrar, estaba bien hecha.

2. Letras simples para que cualquiera pudiera cantarlas

El compositor usaba lenguaje cotidiano, frases directas y expresiones populares. Sus canciones no eran rebuscadas ni poéticas en exceso: eran claras, memorables y sinceras.

La idea era que se cantaran en cantinas, serenatas o reuniones familiares, sin dificultad.

3. Cantaba lo que vivía (y lo que sufría)

Amores perdidos, despechos, orgullo herido, borracheras y despedidas reales alimentaron su obra.

José Alfredo no fingía el dolor: lo había vivido, y por eso canciones como “Un mundo raro” o “Te solté la rienda” siguen doliendo generaciones después.

4. Respetaba el molde ranchero tradicional

Sus composiciones seguían estructuras clásicas del verso popular mexicano, con métricas sencillas y repetitivas que facilitaban el canto colectivo.

No buscaba innovar en la forma, sino llenar el molde ranchero con verdad emocional.

5. Componía cuando llegaba la musa, sin importar el lugar

José Alfredo Jiménez escribía donde fuera: en la parranda, en la ciudad o en el campo. No esperaba el “momento perfecto”.

Esa espontaneidad lo volvió prolífico: más de 300 canciones en poco más de dos décadas.

José Alfredo Jiménez no necesitó conservatorios ni teoría musical. Le bastaron el corazón roto, la vida vivida y un trago de whisky para crear himnos que hoy siguen definiendo el alma mexicana.

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