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Ni Maduro, ni Trump

Como todos los líderes autoritarios, se rodean de “yes men”, gente que nunca les lleva la contraria ni les dice la verdad, y lo que más aprecian es la lealtad, no la inteligencia, la moral o la justicia.

Jorge  Ramos

Jorge Ramos

Son tan parecidos.

Donald Trump y Nicolás Maduro tienen egos gigantes, y se creen invencibles. Ambos pesan más o menos lo mismo, se nota que no hacen ejercicio, están encorvados y tienen la misma estatura (1.91 metros). Están acostumbrados a juzgar desde lo alto y a ver a los demás como menos.

Como todos los líderes autoritarios, se rodean de “yes men”, gente que nunca les lleva la contraria ni les dice la verdad, y lo que más aprecian es la lealtad, no la inteligencia, la moral o la justicia. Cualquier diferencia la toman como un ataque personal y siempre creen tener la razón. No les importan los datos ni los hechos. Lo único válido para ellos es su propia opinión. Son sabelotodo, y si no saben de algo, se lo inventan. Imaginan que el mundo circula a su alrededor, y no al revés.

Son insoportables, impacientes, arrogantes, groseros y se ríen de sus propios chistes. No tienen sentido del humor. Nunca los he oído reírse a carcajadas o que sus sonrisas sean naturales. Bailan en público como si supieran hacerlo y como si la gente los quisiera ver. Pero en el fondo se burlan de ellos: de su físico, del peinado de prestado y del bigote, de sus constantes gafes en discursos deshilados e interminables, de esa terrible propensión a hablar de sí mismos y de nadie más, de creerse la última Coca-Cola en el desierto y de saber que se encuentran frente a personajes grotescos, inflados y alimentados de odios.

Trump y Maduro son lo que jamás quisiéramos que nuestros hijos fueran.

Son expertos en causar miedo. Personifican el concepto del Marqués de Sade; mejor temidos que respetados o amados. Son campeones del resentimiento, pueden recordar una afrenta o un mal gesto por años, y saben aplicar la venganza en el momento que más duele. Empresarios, periodistas y otros políticos se doblan con tal de no pelearse con ellos. Y para estar de su mejor lado, los alaban, les dan palmaditas en la espalda, les dicen “muy bien señor” y les regalan premios inventados.

Viven de la mentira. Trump y Maduro dicen haber ganado elecciones que perdieron (Trump en el 2020 y Maduro en el 2013, 2018 y 2024). Crean su propia realidad, la promueven como cierta, y luego se les olvida que viven en una burbuja.

Hasta aquí las similitudes.

Anoche Maduro, con uniforme de presidiario, durmió en una cárcel, mientras que Trump —quizás con pijama de seda— lo hizo en la Casa Blanca. Maduro es un brutal dictador (responsable de asesinatos, fraudes y prisioneros políticos) y, nos guste o no, Trump ganó legítimamente las elecciones presidenciales del 2016 y 2024.

Afortunadamente no tenemos que escoger entre uno y otro. Se vale rechazar a los dos.

Venezuela está mejor sin Maduro, y hay algo de justicia poética en el hecho de que, por fin, el dictador está en la cárcel. Muchos cubanos hubieran querido ver a Fidel Castro en prisión, al igual que muchos chilenos esperaron, sin éxito, que Augusto Pinochet muriera encarcelado. Por eso, entiendo y aplaudo las celebraciones de los venezolanos en el exilio tras la caída de Maduro. Celebraciones que, por el momento, no se pueden realizar en Venezuela por el régimen represivo que aún prevalece.

Pero al mismo tiempo, como mexicano y latinoamericano, no puedo apoyar una intervención militar de Estados Unidos en el continente americano. Lo he dicho varias veces. Hay una larguísima y triste historia de invasiones e interferencias estadounidenses, desde México hasta Chile. Hubiera sido preferible que el régimen de Maduro se rompiera por dentro y que fueran los venezolanos, y solo los venezolanos, los que determinaran el destino de su país.

Además, la operación militar ordenada por Trump no obtuvo la autorización del Congreso, como dicen las leyes de Estados Unidos, violó las leyes internacionales y la Carta de Naciones Unidas, firmada en 1945 y que prohíbe el uso de la fuerza, y es un terrible precedente en caso de que China quisiera invadir Taiwán, que Putin se quede con partes de Ucrania o, incluso, que Estados Unidos atacara a narcocarteles dentro de territorio mexicano.

Por lo anterior, el Senado de Estados Unidos aprobó una resolución (52-47), con apoyo de ambos partidos, que obligaría a Trump a buscar autorización del Congreso antes de que haya otra operación militar en Venezuela. Pero Trump siente que no tiene límites. En una reveladora entrevista con The New York Times dijo que “no necesita la ley internacional” y que su único límite es “su propia moralidad, su propia mente”. Esto es muy peligroso.

Así que se le puede decir no a Trump y no a Maduro.

Para mí esto no es nuevo. Me ha tocado enfrentarlos a los dos. A Trump durante una conferencia de prensa en el 2015 y a Maduro en una entrevista en el Palacio de Miraflores en el 2019. Ninguno de los dos está acostumbrado a que los cuestionen. Y su talante autoritario salió inmediatamente: Trump me expulsó por la fuerza de la sala de prensa con un guardaespaldas, mientras que Maduro nos confiscó las cámaras, los celulares y las tarjetas de video de la entrevista, nos arrestó y a la mañana siguiente nos deportó. Todo solo por hacer preguntas.

Pero eso es lo que hacemos los periodistas independientes.

Ni uno, ni otro.

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