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Columnas CATÓN

Vivir en la ilegalidad es vivir en la anarquía

México no ha sido nunca un país de leyes, desde el reinado de Acamapixtli hasta nuestros días. Pero al menos en los pasados tiempos se cuidaban las formas

Por . Catón

"Deme un condón". Tal petición le hizo un hombre joven al encargado de la farmacia. Preguntó éste: "¿De qué marca?". Abajo, en la entrepierna del muchacho, se oyó una tenue voz: "Dile que te dé el mejor que tenga. Es la primera vez que salimos con esa chica, y quiero causarle una buena impresión". El declamador de carpa engoló la voz y empezó a recitar: "En las doradas aguas del río Tejo". Un inurbano tipo le gritó desde el fondo: "¡Tajo, güey!". Continuó el declamador: "'La Luna se reflejaba como en un espejo'. Espejo. Tejo. No Tajo. Tejo. ¿Lo ves, pend...?". Los novios salieron de la iglesia donde el cura los había casado. Un individuo llegado de la calle llamó al novio: "¡Pst pst!". Volvió la vista el desposado, y el sujeto le informó en voz baja señalando a la novia: "Ronca mucho". Reunión de parejas. La hijita del anfitrión irrumpió en la sala y se le sentó en las rodillas a su papá. Luego, abriendo los bracitos, exclamó alegremente: "¡Mira, papi! ¡Lo hago mejor que la muchacha que le ayuda en la casa a mi mami! ¡Ella tiene que abrazarse de ti para no caerse!". Don Algón le indicó a la linda chica: "Queda usted contratada, señorita Rosibel. Le ruego que mañana me traiga una fotografía reciente de su señora madre". "¿De mi mamá? -se sorprendió Rosibel. "Sí -confirmó el ejecutivo-. Mi esposa insiste siempre en que le lleve una foto de mi nueva secretaria". El paciente le dijo al doctor Duerf, siquiatra: "Gracias por haberme curado mi delirio de grandeza, doctor. A partir de hoy la mitad de mi reino le pertenece". Fertila, joven mujer, salió del laboratorio de análisis clínicos, leyó el resultado que le acababan de entregar y de inmediato llamó por el celular a su galán: "Lo que te dije anoche estaba equivocado, Fecundio. No todo ha terminado entre nosotros". El gerente del club deportivo le manifestó a don Pelochas, socio fundador de la organización y pilar de la comunidad: "Me veo en la penosa precisión, señor, de pedirle que ya no use la alberca". "¿Por qué?" -se atufó el conspicuo caballero. Explicó el gerente: "Me han informado que se hace usted pipí en ella". "Vamos, vamos -replicó don Pilongo-. Todo mundo se hace pipí en la alberca". "Es cierto -admitió el gerente-. Pero no desde el trampolín". Este último cuentecillo me sirve de introito o prefación para decir que ciertamente México no ha sido nunca un país de leyes, desde el reinado de Acamapixtli hasta nuestros días. Pero al menos en los pasados tiempos se cuidaban las formas. ("Y dígame, señor Gobernador: Las elecciones en su Estado ¿fueron legales?". "Legalonas, señor Presidente; legalonas"). Las violaciones a la ley se hacían generalmente en lo oscurito. ("Famulina: Anoche vi cómo tu novio te besaba en lo oscurito". "¡Oh no, señora! ¡Me besó nada más en los labios!"). Hoy por hoy, en cambio, el orden jurídico es vulnerado abiertamente, con una prepotencia y un descaro que rayan en el cinismo. Los más obligados a cumplir y hacer cumplir la ley son los primeros en apartarse de ella, como lo muestra la reprobable conducta de López y Zaldívar, presidente el uno de la República, presidente el otro de la Suprema Corte, en el vergonzoso caso del ilegal alargamiento del mandato de este último al frente del máximo órgano jurisdiccional. El respeto a la legalidad es condición sine qua non de la vida comunitaria. Ubi jus ibi societas, dice el antiguo apotegma latino. Donde hay derecho hay sociedad. La falta de respeto a la ley instaura un ámbito de inseguridad que afecta por igual a todos los ciudadanos. Vivir en la ilegalidad es vivir en la anarquía. Mexicano: Ésta es tu casa. FIN.
 

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