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Columnas Vía libre

Viajar en tiempos del Covid

En todo el personal del aeropuerto se puede observa que utilizan los dispositivos de protección más exigentes como una especie de careta de plástico que cubre todo el rostro, el cubre bocas y los infaltables geles desinfectantes

Motivos personales me obligaron a subirme al avión. Por primera vez en más de cinco meses tuve que hacerlo, después de haber cumplido en forma disciplinada todas las recomendaciones de la autoridad sanitaria, en especial la que indicaba quedarse en casa si no era necesario salir. Como sabemos, el factor que en mayor medida explica la velocidad de transmisión del virus es precisamente la movilidad de la gente.

Cuando enteré a mi familia de que debía trasladarme a Guadalajara, casi se infartaban pues hemos sido muy estrictos en atender las indicaciones de confinamiento. La preocupación fue mayor a propósito de que Sonora y en particular Hermosillo, experimentan un notable aceleramiento de la curva epidémica. Muchos muertos y contagios marcan hoy la geografía sonorense y ya muchos de los afectados son conocidos: Amigos de la infancia o de la madurez, vecinos de años atrás, familiares de familiares, etc. Hace un par de días un buen amigo comentaba conmovido y preocupado a la vez, que cinco de sus compañeros de prepa habían fallecido por Covid en el último mes. Es decir, nadie está exento de recibir la mala noticia de que alguien cercano a sus afectos ha sido contagiado; es algo que apenas hace unas semanas era inimaginable.

Ese entorno precedió mi viaje al Sur del País y de ahí el natural reclamo familiar. Después de algunas explicaciones, finalmente se terminó por aceptar la imposibilidad de cancelar ese compromiso, aunque después de la aceptación vino el listado de recomendaciones necesarias: No hay que exponerse, no acercarse a nadie, no quitarse el cubrebocas, no acudir a lugares aglomerados y un largo etcétera.

En el aeropuerto de Hermosillo atestigüé que se aplican todos los protocolos de prevención requeridos por las autoridades de salud. Antes de entrar te miden la temperatura, como ya lo hacen en muchas de las actividades de servicio al cliente. Ya en las salas del aeropuerto pude apreciar que los pasajeros platicaban con cierta timidez buscando no alzar la voz y utilizando las consabidas mascarillas, de las que ya podría convocarse a un campeonato pues parece que hay una sana competencia en cuanto a diseño, colores y texturas; seguro que en este asunto varios están haciendo un buen negocio.

En todo el personal del aeropuerto se puede observa que utilizan los dispositivos de protección más exigentes como una especie de careta de plástico que cubre todo el rostro, el cubre bocas y los infaltables geles desinfectantes; existen también quioscos estratégicamente ubicados para que los pasajeros limpien sus manos con esos productos.

Dentro del avión algunos detalles llamaron la atención: El tamaño de la aeronave era notoriamente más pequeño respecto a los acostumbrados en un vuelo sin escala al Sur del País y sin embargo la ocupación era de alrededor de la mitad. El escaso aforo es una de las expresiones negativas que está detonando la terrible pandemia: La baja significativa de viajeros quienes han decidido no exponerse al contagio o si viajan lo hacen sólo por motivos de fuerza mayor, como era el caso.

Al respecto, ha circulado mucha información de que las aerolíneas nacionales, Aeroméxico, Interjet y Volaris, experimentan la peor crisis de su historia. La primera incluso anunció que iniciaba un proceso de reestructuración financiera amparado en el capitulo 11 de la ley de quiebras de Estados Unidos. Lo mismo está pasando con las otras dos aerolíneas; en especial Interjet ha solicitado negociar con el Gobierno federal a fin de recalendarizar el pago de impuestos.

Retomando el ambiente que se vive en el interior del avión podría decirse que es de rutina y transcurre con normalidad, desde luego dentro de la anormalidad que significa esta coyuntura. Ninguno de los pasajeros se quita el cubrebocas y salvo unos pequeños que juegan en el pasillo, nadie se despega de su asiento por ningún motivo. Llegamos a la Perla Tapatía sin contratiempos. Esperemos que sea igual al regreso. Por lo pronto hay que extremar las precauciones y no exponerse al contagio si no es estrictamente necesario.

Alvaro Bracamonte Sierra. Doctor en Economía. Profesor-Investigador de El Colegio de Sonora.

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