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Columnas MARÍA AMPARO CASAR

Tiempos de reflexión y recapacitación

No tengo duda de que López Obrador tiene que saber que los resultados estuvieron por debajo de lo esperado

Por María Amparo Casar

No tengo duda de que López Obrador tiene que saber que los resultados estuvieron por debajo de lo esperado. Lo mismo aplica para la oposición. Tuvo triunfos pero sufrió derrotas inesperadas. Los discursos triunfalistas de ambos bandos son eso, discursos. Con los resultados electorales a la vista, Gobierno y oposición deberían estar pensando en su futuro inmediato. El uno, reflexionado qué hacer en el segundo y último trienio de su mandato. La otra en qué hacer con los votos que obtuvieron y su mejor posicionamiento vis a vis el 2018.

La oposición tiene que tomar conciencia de que hace falta algo más que denunciar los pocos logros del Gobierno, la destrucción de valor económico e institucional y los peligros que entraña un proyecto basado en la voluntad de la figura presidencial. Tiene que saber que no es suficiente haber ganado la simpatía de sus propias bases y de las clases medias para mejorar sus perspectivas hacia el 2024. Que lo que logró -y no es poca cosa- es el poder de veto sobre las reformas constitucionales y algunos nombramientos, pero no la posibilidad de sacar adelante políticas públicas que mejoren el desempeño económico y social del País. Pueden evitar, hasta cierto punto, que se continúe con la destrucción del presente pero, con las posiciones recién ganadas, no pueden impulsar la creación de un mejor futuro o sentar las bases para ello. Tiene que saber que su presente depende de mantenerse unida y, muy probablemente, su futuro también.

López Obrador tendría que reconocer que a tres años de su indiscutible triunfo electoral, tiene poco que mostrar. Puede estar feliz, feliz, feliz, de que a pesar de su pobre desempeño no le fue tan mal en las elecciones intermedias y le fue muy bien en la competencia por las gubernaturas. Pero, también, considerar que sufrió la misma suerte que sus predecesores. No fue la excepción. Él, como los presidentes anteriores desde 1997, perdió posiciones en la Cámara de Diputados en las elecciones intermedias.

Por más “otros datos” que ofrezca en el discurso sabe que la realidad no miente y dice a gritos que las supuestas bases de la cuarta transformación y los logros de Gobierno no se ven por ningún lado. La violencia sigue en los mismos niveles, la procuración de justicia no ha avanzado nada, la corrupción y la impunidad no mejoran, el crecimiento económico ha sido nulo, los mínimos de bienestar están como siempre o peor, la pobreza avanza, las oportunidades para aspirar -sí aspirar-a una vida mejor no han aumentado, la confianza en los políticos registra los mismos lamentables niveles de antaño, la inversión no alcanza.

Tendría que acusar recibo y retomar desde una perspectiva distinta los problemas que dice querer resolver y que tiene que saber que no ha comenzado a solucionar.

Se trata no sólo de cambiar las políticas públicas sino también de reconocer que el estilo hiper-personalista de Gobierno es una vía perdedora. De entre todas las variables para integrar a un gabinete López Obrador privilegió la de la lealtad a expensas de las del conocimiento, expertise o preparación. También hizo a un lado las del balance y la pluralidad para tender puentes. Con varios agravantes, a los pocos integrantes con capacidad profesional se les tiene paralizados porque carecen de independencia alguna en el manejo de sus carteras, porque operó un desmantelamiento de los mandos medios con experiencia y porque no son escuchados o no se atreven a contradecir las órdenes de su jefe. El silencio acrítico y la adulación son el santo y la seña del gabinete.

En términos de políticas públicas y sin tener que reconsiderar los fines -mayor seguridad, crecimiento e igualdad junto con menor desperdicio de recursos, corrupción e impunidad- urge revisar los medios. No se trata de dar tiempo a que maduren sus proyectos y programas. Las experiencias nacional e internacional demuestran que no han dado y no darán resultados. Sin dejar de auxiliar a los pobres urge revisar las decenas de programas que han costado mucho y rendido poco porque alivian momentáneamente la pobreza pero en realidad la perpetúan. Sin rendirse ante los poderes fácticos y sus privilegios urge crear las condiciones para reanimar la inversión y el empleo. Sin dejar de atender a los pobres urge apoyar a las pequeñas y medianas empresas. Sin dejar de recurrir al auxilio de las fuerzas armadas para controlar la inseguridad, es indispensable preparar las condiciones para regresar lo más pronto a una Policía civil. Sin dejar de castigar los delitos de corrupción del pasado hay que cerrar las ventanas de oportunidad que la siguen propiciando y las conductas que la siguen tolerando. Sin desperdiciar recursos es necesario destinarlos a la inversión pública, capacidades institucionales, salud y educación.

El mal desempeño tarde o temprano pasa factura. Claro, a menos que…

María Amparo Casar es licenciada en Sociología por la Facultad de Ciencias Políticas de la UNAM, maestra y doctora por la Universidad de Cambridge. Especialista en temas de política mexicana y política comparada.

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