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Columnas

Silencios que matan

Hay veces en que un barco se puede convertir en un infierno. Ese es el caso del crucero Diamond Princess que se encuentra en el puerto de Yokohama.

Por Jorge Ramos

Hay veces en que un barco se puede convertir en un infierno. Ese es el caso del crucero Diamond Princess que se encuentra en el puerto de Yokohama, Japón, desde el 4 de febrero. Cerca de 3 mil 500 personas -incluyendo a unos mil miembros de la tripulación- están en cuarentena y no podrán bajar del navío hasta el 19 de febrero. Si todo sale bien. Hasta el momento ya hay casos confirmados del coronavirus pero podría haber más.

El crucero es, proporcionalmente, el lugar más infectado del mundo. El 13% de sus pasajeros y tripulantes están contagiados. Es una Wuhan en miniatura, la ciudad de 11 millones de habitantes que fue el epicentro de esta nueva cepa del coronavirus (Covid-19). Hasta ahora, decenas de miles de personas se han infectado y, desde el lunes, han muerto en la China continental, incluyendo al doctor que alzó la voz y advirtió del brote. La tragedia de esta epidemia que ha dejado a este barco y a ciudades enteras en cuarentena es que se pudo haber evitado hace mucho. En lugar de una crisis mundial serían unos cuantos casos. De haberse actuado con transparencia, habría bastado una llamada, una alerta a la comunidad internacional o una orden sanitaria para aislar a las primeras víctimas que se infectaron en el mercado de Wuhan, que ha llevado a la Organización Mundial de la Salud (OMS) a declarar una emergencia global de la salud. Pero los funcionarios locales censuraron los primeros reportes y trataron de controlar la información en lugar de controlar la epidemia, que ya se ha extendido a 28 países.

Fue el dogma por encima de la salud, el partido antes que el país, la imagen antes que el impacto mundial. Cada infectado es un fracaso del viejo sistema que oculta y oprime. Que se aprenda la lección: Controlar información de interés pública puede ocasionar desastres, y eso es cierto para todos los gobiernos, de China a México.

Desde finales de diciembre, cuando el doctor Li Wenliang comunicó a sus compañeros de la escuela de Medicina de un posible virus riesgoso. En lugar de hacerle caso e investigar, la policía local de Wuhan, lo acusó de propagar rumores, lo obligó a retractarse y tuvo que firmar un documento diciendo que su comportamiento había sido “ilegal”. No fue hasta el 20 de enero que un prominente científico chino -el doctor Zhong Nanshan- reconoció en la televisión estatal que el coronavirus se podía contagiar entre humanos. Pero la advertencia llegó tarde. Para entonces la epidemia ya estaba fuera de control y se había extendido muy lejos de Wuhan. El virus se empezó a regar por el planeta y así llegó hasta el Diamond Princess.

Entre los pasajeros del barco está el mexicano José Antonio Alatorre y su esposa Lissa. Están recluidos en un camarote sin ventanas. “No importa si es de día o de noche, esa es nuestra situación en este cuarto interior”, dijo José Antonio en una entrevista con Univision que grabó su esposa en su celular. “Si nosotros contáramos con un balcón, hubiéramos tomado la decisión de no salir a caminar como se nos ha permitido por una hora”. No pasan hambre. En su cuarto reciben tres comidas al día. Pero ese es todo su contacto con el mundo exterior. A pesar de todo, los Alatorre han acatado todas las restricciones impuestas por la línea del crucero y el departamento de salud de Japón, incluyendo el lavar sus propios cubiertos y usar la regadera como lavadora personal. Japón no puede correr riesgos. Celebran las olimpíadas este verano.

El verdadero temor es que este tipo de coronavirus llegue a las naciones más pobres del mundo, donde no hay los recursos ni el personal médico para enfrentar una crisis de salud de dimensiones enormes. En las zonas rurales de América Latina y África sería potencialmente destructivo. Por ejemplo, más de 11 mil personas murieron en Sierra Leona, Guinea y Liberia por el virus del ébola entre marzo del 2014 y enero del 2016.

“LO PELIGROSO”

Me dijo en una entrevista el doctor Juan Rivera, “es que en el caso del coronavirus puede ser que tú no tengas ningún síntoma, estés incubando el virus y me lo puedas pasar”. Es probable que los contagios continúen. La epidemia no ha dado señales de estabilizarse y, según dijo a The New York Times el doctor Anthony Fauci, director del Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas de Estados Unidos, habrá una vacuna disponible en un año, en el mejor de los casos.

Mientras, la vida transcurre lentamente y, para los Alatorre en el Diamond Princess, a oscuras y con temor. Quieren regresar a México. Pero no a cualquier costo. “Una de mis preocupaciones es que yo pudiera contagiar a mis seres queridos o a otras personas”, dijo José Antonio. Ellos saben que hay infiernos de los que se puede sobrevivir. En esa pesadilla en altamar, por lo demás, todo es gratis. La compañía ya informó que reembolsará el costo total del crucero. Pero lo que nunca se recupera es la credibilidad y la confianza. Cuando eso se pierde, nunca regresa. (Eso los periodistas lo sabemos de sobra). A los funcionarios de Wuhan se les olvidó -o quizás nunca lo aprendieron- que la única manera de lidiar con las crisis en nuestra era globalizada y digitalizada es con absoluta transparencia. Este nuevo coronavirus es la evidencia más clara de que hay silencios que matan. Y mientras más profundos, más letales.   

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