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Columnas Ideas y palabras

Sembrar o segar

Todos los días, el Presidente de México se sienta frente a su escritorio y decide qué investigador, científico, académico o funcionario público puede salir del País.

Por Denise Dresser

Como si fuera el capataz de un rancho decidiendo a qué hora pueden comer los jornaleros. Como si fuera el gerente de una fábrica de focos decretando los turnos de los trabajadores. Así, todos los días, el Presidente de México se sienta frente a su escritorio y decide qué investigador, científico, académico o funcionario público puede salir del País.

Le llegan cientos de peticiones, y de un plumazo palomea los permisos o los niega o regresa de Cannes a la directora de Imcine porque no había tramitado la autorización correspondiente. Así, de manera arbitraria, de manera discrecional, en función de su voluntad y sin atender algún tipo de normatividad.

En nombre del supuesto combate a la corrupción y el desmantelamiento de privilegios, López Obrador se ha convertido en el Cuenta Chiles en Jefe. Sería hasta gracioso si no resultara tan dañino para el futuro de la ciencia y la investigación y la academia y los centros públicos de investigación y el futuro de México. Porque más que sembrar, AMLO está segando.

Segando “el árbol de todos” como lo escribiera José Antonio Aguilar Rivera. Cortando las ramas de ese árbol frondoso, erguido, de tronco firme y frutos generosos; los frutos del conocimiento, del entendimiento. Las instituciones públicas producto del proyecto posrevolucionario, abocadas a investigar y descifrar y comprender al País y vincularlo con el mundo. El CIDE, El Colegio de México, el Instituto Mora, y tantos sitios más, dedicados a formar mentes de clase mundial. De ahí han egresado abogados, historiadores, politólogos, economistas y funcionarios del nuevo Gobierno.

De ahí han surgido pensadores de todo tipo que contribuyen al progreso de su País vía el debate, los datos, el análisis de las políticas públicas, el resguardo de la memoria, el mapa de ruta para reformar el sistema de justicia penal y proteger los derechos humanos, entre tantas innovaciones más. Científicos de todas las ramas que han desarrollado patentes, ganado premios internacionales, transmitido el conocimiento, colocado a México a la vanguardia. Ahora ahorcados presupuestalmente y vilificados públicamente. Ahora humillados por un Presidente que se burla de “académicos” y “científicos”, cuando muchos votaron por él y no comprenden ni su descalificación ni su acecho.

Acecho manifestado en la Ley de Remuneraciones a Servidores Públicos, en los recortes brutales a los centros públicos de investigación, en la cancelación de prestaciones protegidas por la ley, en la obligatoriedad de pedir permiso presidencial para asistir a cualquier congreso internacional. Y habrá quienes defiendan que esto es necesario para acabar con las castas doradas, para terminar con los abusos de los académicos apapachados, para cercenar los privilegios de los pachás subsidiados por el Estado. Habrá quienes argumenten que la defensa del CIDE o los CPI o el Instituto Mora equivale a una apología de las élites, cuando en realidad equivale a una defensa del futuro. Una defensa de instituciones imperfectas, pero indispensables. Una defensa del apoyo gubernamental a los niños geniales de México para que puedan asistir a la Olimpiada de Matemáticas, y no tengan que depender de la generosidad de Guillermo del Toro para hacerlo. Una defensa de recortes racionales que produzcan ahorros reales, y no sablazos simbólicos que generan la imagen de poda necesaria del árbol, cuando le están arrancando la raíz. 

Una cosa es criticar a la élite intelectual mexicana -por su justificación histórica del estatu quo- y otra es emprender cruzadas gubernamentales contra el pensamiento, la ciencia, la academia, las instituciones que hacen posible el debate y la investigación. Hay una impaciencia innegable a nivel mundial con élites que fueron indiferentes ante la desigualdad, que se distanciaron de las luchas populares, que no empujaron políticas para atender los agravios de aquellos a quienes la modernidad excluyente dejó afuera o atrás. Pero el anti-intelectualismo de la 4T no debería convertirse en hostilidad a la labor académica, en aversión a la vitalidad institucional, en negación a la presencia de México en el escenario global. Porque como sentenciara Jean Monnet, “sin las personas nada es posible; sin las instituciones nada es duradero”. Si AMLO continúa segando en lugar de sembrar, los mexicanos del porvenir no caminarán entre árboles; cojearán sobre cenizas.

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