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Columnas Jaque Mate

Ricos y pobres

Hasta las tragedias las viven de forma diferente los ricos y los pobres.

Por Sergio Sarmiento

Hasta las tragedias las viven de forma diferente los ricos y los pobres. Quienes cuentan con recursos y ahorros, o por lo menos un ingreso seguro que no depende de trabajar todos los días, tienen miedo de contagiarse del Covid-19 y se encierran en sus casas para pasar el confinamiento. Los que viven al día, y dependen del dinero que van a ganar hoy para sobrevivir mañana, quizá le tengan temor al coronavirus, aunque no lo puedan ver y no conozcan personalmente a nadie que lo haya padecido, pero su verdadera preocupación es ganar esa pequeña cantidad de dinero que les permitirá comprar alimento para ellos y para sus hijos, y muchas veces para sus padres y otros familiares. 

No sorprende que tantos pobres piensen que el coronavirus no existe, para ellos es una realidad ajena. Cuando el gobernador morenista de Puebla, Miguel Barbosa, afirma que sólo los ricos se contagian, se hace eco de una creencia muy extendida entre las personas de bajos recursos. La afirmación “los pobres estamos inmunes” exhibe una enorme ignorancia, cierto, pero logra un acercamiento con la gente del pueblo, aunque el propio Barbosa no sea pobre como pretende. 

Los pobres y los ricos ven la pandemia de forma muy distinta. De hecho, no son solamente los ricos. También una parte importante de las clases medias considera al coronavirus como la mayor amenaza a su tranquilidad. Por eso se han aislado con tanta facilidad y han exigido al Gobierno que imponga un confinamiento obligatorio al resto de la población. ¿Qué escoges, se preguntan, la vida o el dinero? No es ni siquiera un dilema para ellos. Por supuesto que la vida es más importante que el dinero. 

Para los pobres, sin embargo, la situación es completamente distinta. No tienen una casa o apartamento cómodo al cual retirarse con sus hijos para jugar, hasta hartarse, con el celular o el Play Station, o para ver interminables series en la televisión de paga o en Netflix. Para ellos el encierro es el hacinamiento y el aumento de los roces con otros miembros de la familia; pero, sobre todo, es el hambre, es la imposibilidad de llevar alimento a casa. 

Los ricos se indignan cuando ven que alguien rompe la cuarentena. No son vacaciones, gritan indignados a quien se atreve a salir a las calles o a los que se refrescan en las fuentes públicas ante un calor insoportable. Exigen que el Gobierno utilice la fuerza pública, “como en Nueva York o en California, como en España o en Italia”, para castigar a quienes cometen el pecado de escapar de sus hogares para tratar de ganarse la vida. 

Los pobres no pueden darse el lujo ni siquiera de indignarse. Los tiempos son demasiado difíciles. Salen a las calles porque no tienen opción, pero se enfrentan a la realidad de una economía semiparalizada que no les permite ganarse el sustento, aunque trabajen tres veces más que antes. 

Los pobres y los ricos son distintos. Quizá ellos mismos no se dan cuenta, porque hablan el mismo idioma, comparten las mismas calles y realizan transacciones comerciales entre sí. En este momento de contingencia sanitaria tal vez se sientan hermanados porque entienden el riesgo que comparte toda la sociedad, pero al final sus visiones seguirán siendo diferentes. 

Los ricos necesitan encerrarse para proteger a sus hijos y a sus padres de un posible contagio. Los pobres están obligados a salir a las calles para encontrar sustento en una economía que se desmorona. No pueden darse el lujo de quedar paralizados ante un enemigo que ni siquiera ven. 

CASTIGO A EMPRESAS

El subsecretario López-Gatell ha afirmado que se notificará al MP y se aplicarán sanciones penales a las empresas no esenciales que han mantenido operaciones en esta emergencia. Mientras tanto, continúan los trabajos de Dos Bocas, el Tren Maya y el aeropuerto de Santa Lucía.

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