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Columnas Dueñez*empresaria

¿Por qué no alcanza el tiempo?

Es el efecto de rutina lo que hace que tengamos esa sensación de que el tiempo corre más deprisa. Aunque ahora las horas dedicadas a consejos de administración y juntas directivas es mucho mayor que antes.

Por Carlos Dumois

Hoy tuve que ir de pesca unos minutos para poder escribir este artículo.

Parece que en tiempos de pandemia el tiempo se ha encogido. No alcanzamos a hacer nada. Se van volando las horas, los días, las semanas.

¿Por qué trabajando desde casa el tiempo parece más estrecho? ¿No les ocurre a ustedes también que los días les pasan rapidísimo? Muchos de nosotros ya llevamos varios meses pasando casi todo el tiempo confinados. 

Al principio me creí que dispondría de mucho más horas a la semana. Hice planes fabulosos: Tomaré cursos, ordenaré mis closets, haré contacto con mucha gente.

Se suponía que si ya no me iba a pasar tanto tiempo en aeropuertos, aviones, taxis y hoteles, pues dispondría de mucho más horas. Pero la realidad ha sido otra. ¡No alcanza el tiempo para nada!

Ahora he caído en cuenta que mucho de ese supuesto tiempo perdido sí lo aprovechaba bastante bien: Hacía llamadas y chateaba desde los taxis, escribía artículos y preparaba reuniones en aeropuertos y aviones, sostenía juntas desde los hoteles. No todo era tiempo perdido.

Pero quienes no viajaban mucho y dedicaban tiempo a trasladarse dentro de su ciudad, les ha pasado lo mismo. No hemos ahorrado nada.

Por otro lado, como ahora estamos a la distancia de un click, supuestamente más disponibles, saturamos nuestra agenda de reuniones virtuales y videoconferencias. Nos damos poco espacio.

Antes pensábamos que la monotonía nos hacía sentir que el tiempo transcurría lentamente. La experiencia nos ha hecho darnos cuenta que cuando percibimos que hay poca diferencia entre lo que vivimos cada día, el tiempo se nos pasa volando.

En las redes sociales ha corrido el tema de la aceleración subjetiva del tiempo. Los expertos ahora nos confirman que esto no incrementa su incidencia conforme nos hacemos mayores. Esto más bien está causado por ciertas condiciones, como las que estamos viviendo últimamente.

Es el efecto de rutina lo que hace que tengamos esa sensación de que el tiempo corre más deprisa. Aunque ahora las horas dedicadas a consejos de administración y juntas directivas es mucho mayor que antes. Aunque ahora participo en infinidad de reuniones muy interesantes todos los días, mi mente percibe que estoy haciendo cada día lo mismo: Hablar a través de una pantalla.

Cuando hacemos cosas diferentes, novedosas, retadoras, nuestra mente se activa, concentra su atención, dedica más energía. Esto crea la percepción de que el tiempo corre con calma.

De niños y jóvenes descubríamos algo nuevo cada día. Sentíamos que el tiempo transcurría despacio. Nuestra mente estaba entretenida en aprender. Nuestra memoria iba registrando novedad tras novedad.

Ahora durante la cuarentena nos ocurre lo contrario. Hemos establecido unas rutinas de trabajo en los que hay pocos cambios. Nuestra mente percibe que cada día es más de lo mismo. Para nuestra memoria se fugan los detalles de cada reunión, todos los días son parecidos, y el tiempo pasa a mil por hora.

Necesitamos darle a nuestro cerebro vivencias distintas, excitantes, novedosas, que demanden energía para asimilar, para aprender. Esto lo percibe nuestra mente por los destellos distinguidos, por las experiencias diferenciadas. Las vivencias son más diferentes mientras mayor emocionalidad contienen. Hablar con la pantalla 10 horas al día ¡No es emocionante!

El tiempo de pandemia puede ser productivo, pero no podemos permitir que se guarde en nuestra memoria como una época aburrida en nuestras vidas. Yo prefiero vivir con intensidad cada tiempo. Ninguna temporada quiero desperdiciarla. ¡Tenemos que cambiar nuestras rutinas!

Propongo algunas ideas: Primero, necesitamos organizarnos mejor el tiempo. Como siempre, fijemos metas concretas, hagamos programas realistas y desahogados, llevemos una agenda bien ordenada.

Segundo, dejemos espacios a la relajación todos los días: Descansos, meditación, pequeñas distracciones.

Tercero, también programemos la convivencia, el espacio para el diálogo con la familia. Esto enriquece los días también.

Cuarto, emprendamos experiencias de verdadero aprendizaje, sobre todo de cosas diferentes, y ¡no pegados todo el tiempo a la pantalla!

Por último, aprovechemos los fines de semana en hacer cosas interesantes y diferentes. Busquemos que cada fin de semana sea una experiencia inolvidable.

Espero les sirvan mis reflexiones.

Carlos A. Dumois es presidente y consultor de Cedem.

c_dumois@cedem.com.mx

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