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Columnas

Plaza de almas

Si no juegas el juego no pongas las reglas. Y es que la moral teórica es muy complicada, casi tanto como la moral práctica.

Por . Catón

Yo creo, Armando, que en tratándose de la relación sexual no debe haber tabúes, a condición de que todo en ella sea libre y consensuado, y de que no le hagas daño a tu pareja ni tu pareja te cause daño a ti. Algunas religiones son muy restrictivas en lo concerniente a lo que puede o no hacerse en la cama, y desaprueban todo aquello que se aparte del propósito meramente reproductivo de la unión carnal. Tratar de imponer normas en ese campo es muy difícil, sobre todo si no se le conoce bien. If you don't play the game don't set the rules, dice un sabio aforismo anglosajón. Si no juegas el juego no pongas las reglas. Y es que la moral teórica es muy complicada, casi tanto como la moral práctica. En otro tiempo, no sé si aún en este, los sacerdotes católicos aconsejaban a sus feligresas en el confesonario que no le hicieran en la cama a su marido esto o lo otro, y que no permitieran que él les hiciese lo otro o esto. Tal injerencia en cuestiones que sólo corresponden a la intimidad de la pareja, y a su libre voluntad, daba lugar en ocasiones a graves desavenencias conyugales, y eran causa de que los esposos -y a veces las esposas- buscaran en otro lecho lo que en el suyo no podían encontrar. Desde luego las prescripciones parroquiales no siempre eran obedecidas. En mi ciudad, sobrino, se dio un notable caso que vale la pena volver a mencionar para efectos académicos e históricos. Una cierta señora que en su tiempo había practicado el meretricio, retirada ya, puso en su casa una escuela -llamémosla así- en la cual, en forma por demás discreta, enseñaba las artes de su antigua profesión a señoras casadas, o a señoritas que se iban a casar. El curso era personalizado: Una alumna por turno, que no era vista por las demás, y consistía en seis lecciones de una hora cada una, un día por semana, para dar tiempo a las estudiantes a hacer las tareas escolares o prácticas de campo correspondientes a lo aprendido en la anterior sesión. Desde luego la clandestina academia no tenía reconocimiento oficial de la SEP ni entregaba título ni cédula profesional y ni siquiera diploma o constancia de asistencia, pero sus enseñanzas eran muy útiles. En los corrillos femeniles se murmuraba que los maridos o novios de las alumnas que cursaron estudios en ese benemérito plantel eran menos proclives a andar de picos pardos, o a tener otra casa aparte de la suya, como generalmente hacían los esposos de las que no pasaron por esa institución, y carecían por tanto de las aquerenciadoras destrezas que se adquirían ahí. Pienso que a esa insigne maestra se le debería otorgar post mortem la medalla Altamirano. Yo me beneficié con sus lecciones, pues cuando joven tuve trato con una de sus estudiantes, que estaba por recibirse ya. Creía yo saber de esas cosas. ¡Qué equivocado estaba! En comparación con la graduanda haz de cuenta que yo estaba en la prevocacional. Lo que aprendí de ella llenaría varios plúteos, que con ese malsonante nombre son llamadas las tablas de los estantes donde se ponen libros. Aquella aplicada estudiante hacía el amor con todo el cuerpo, incluso con la parte que oficialmente sirve para tal efecto, y me hizo adquirir en poco tiempo habilidades que sin su sabia tutoría habría tardado años en aprender. Me considero, pues, discípulo, aunque por interpósita persona, de aquella ilustre catedrática, para quien varias veces he pedido un monumento, ya sea por su labor en bien del matrimonio y la familia o porque ayudó a quitar las telarañas que cubrían -y siguen aún cubriendo- a todo lo relacionado con el sexo. FIN.

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