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Columnas De política y cosas peores

Plaza de almas

En "Alicia en el País de las Maravillas", esa fábula tan absurda y tan lógica ideada por Lewis Carrol, Alicia le dice al rey que no sabe por dónde comenzar su narración.

Por . Catón

Y se casaron y vivieron felices. He dicho el final de una historia que ni siquiera he comenzado. Eso viola todos los principios de la retórica. Las historias, decían los latinos, se deben contar ab ovo -desde el huevo-, o sea desde el principio.

En "Alicia en el País de las Maravillas", esa fábula tan absurda y tan lógica ideada por Lewis Carrol, Alicia le dice al rey que no sabe por dónde comenzar su narración. "Empieza por el principio -le ordena el soberano- y continúa hasta que llegues al final. Entonces detente". Yo he empezado por el final.

Sigo ahora con el principio. Esta muchacha tiene 30 años. Es una solterona, pues en su tiempo toda mujer que llegaba a los 25 sin casarse era una solterona. No es bonita ni fea esta muchacha. Trabaja en una oficina. Vive con su padre, su madre y dos hermanos. Ahora va en el autobús a su trabajo. El camión hace alto de repente, y la muchacha siente que alguien la empuja. Un hombre se abre paso con premura para bajar. Ella mira su bolsa: Está abierta.

Busca nerviosamente el monedero. Ha desaparecido. Aquel hombre es un ladrón. Alcanza a bajar también antes de que el autobús siga su marcha. Corre tras el sujeto. "¡Deténganlo! -grita con desesperación-. ¡Me robó!". La gente la mira con curiosidad, pero nadie hace nada. El individuo se ha metido -seguramente para esconderse- en el casino del pueblo. Ella entra también y lo ve como tratando de confundirse entre los asistentes. Llega hasta él. "¡Este individuo me robó! -dice indignada tomándolo con violencia por un brazo-. ¡Deme mi monedero, sinvergüenza!".

El hombre farfulla: "Señorita, yo no fui". Nadie dice nada. "Yo no fui -repite el sujeto-. Se lo juro. Escúlqueme si quiere". Se ha hecho el silencio entre los jugadores de dominó y de ajedrez. Quienes estaban en el salón de pool y carambola salen, curiosos, a ver el espectáculo. Ella: "¡Entrégueme mi monedero, ladrón!". Y él: "No soy un ladrón, señorita. Se equivoca usted".

¿Qué hacer? Seguramente, piensa la muchacha, el ratero ya le pasó lo robado a un cómplice. Pero no se quiere ir sin al menos desahogar su enojo. Vuelve a gritarle: "¡Ladrón! ¡Ratero! ¡Sinvergüenza!". Y se retira después, furiosa. Llega a su oficina y abre el cajón de su escritorio. Ahí está el monedero. Se había olvidado -ahora lo recuerda- de ponerlo en su bolso.

Vuelve a toda prisa al casino. El hombre está todavía en el lugar, y la ve llegar con sobresalto. Ella se planta en medio del local y dice en alta voz: "¡Señores! Vengo a pedir una disculpa pública. Nadie me robó mi monedero. Lo había dejado en la oficina. Acusé falsamente a este señor. Delante de ustedes le quiero rogar que me disculpe. ¿Me perdona usted?". Al día siguiente él la espera a la salida del trabajo. Le pregunta con timidez: "¿Puedo acompañarla, señorita?". "¿Para qué?" -responde ella, recelosa. Dice él: "Lo que hizo usted ayer nada más lo puede hacer una mujer buena. Quisiera conocerla más. Soy soltero y no tengo compromisos".

Se trataron algunos meses, se casaron y vivieron felices. Ella me contó la historia este pasado viernes, cuando cumplieron 50 años de casados. Por la epidemia no pudieron celebrar su aniversario como hubieran querido, con sus cinco hijos y sus 18 nietos, con toda su profusa parentela y sus amigos, pero chocaron las tazas del cafecito que juntos toman todas las mañanas y dijeron "¡Salud!". Después de medio siglo ella le dice aún "mi vida" y el todavía le dice  "cielo". Le preguntó él después del brindis con el cafecito: "¿Te casarías otra vez conmigo, cielo?". Contestó ella: "Claro que sí, mi vida". Y se casaron y vivieron felices. FIN.

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