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Columnas De política y cosas peores

Plaza de almas

Llámame hipócrita si quieres. Mereceré de sobra el calificativo. O dime fariseo, palabra que por tener resonancias evangélicas suena más dramática.

Por Catón  

Llámame hipócrita si quieres. Mereceré de sobra el calificativo. O dime fariseo, palabra que por tener resonancias evangélicas suena más dramática. Y, ya que andamos por ese campo -el de los epítetos cristianos-, acúsame de ser un sepulcro blanqueado. No me insultarás: Solamente harás mi descripción. Tú me conoces bien, Armando. Sabes que muchas veces he hecho mal. Fíjate que no digo "he hecho el mal". Eso se queda para pecadores de más fuste. Los asesinos a sangre fría, por ejemplo; los pederastas; los fabricantes de cigarrillos, que saben que su producto mata y aun sabiéndolo siguen lucrando con él; aquellos que se aprovechan de la necesidad o ignorancia de su prójimo para enriquecerse; ésos hacen el mal. Ellos son el mal. 

Recuerdo aquí, sobrino, al padre Jáuregui, sacerdote de los de antes del Concilio, bonísimo señor que oficiaba en la catedral de Saltillo, mi ciudad. Cierto día estaba confesando, y se aburría con la monótona relación de los pecados de las beatas, siempre las mismas, los mismos siempre. En eso le dijo un individuo: "Me acuso, padre, de que soy narcotraficante, secuestrador, sicario, contrabandista y extorsionador". "¡Bendito sea Dios! -exclamó entusiasmado el padre Jáuregui alzando las manos al cielo-. ¡Al fin un pecador de veras!". Yo soy sólo un modesto pecador. Mis culpas han sido las del cuerpo, tan precarias y débiles las pobrecillas que se acaban con él.

No me arrepiento de ellas, no. Antes bien siento pena por haber dejado pasar la oportunidad de cometer algunas que se me ofrecieron sin que yo las tomara. A mis culpas de la carne, entonces, debo añadir las de la pend...  De Zorba aprendí -aprendí de sobra- que el mayor pecado que un hombre puede cometer es desoír a la mujer que le está pidiendo que la lleve a la cama. Debo decir, no obstante, que en mis ejercicios de pecador procuré siempre no hacerle daño a nadie, ni hacérmelo yo mismo. No comparto la cínica actitud de quienes dicen que para hacer un omelette tienes forzosamente que quebrar algunos huevos.

El arte de la vida, Armando, consiste en ser feliz sin causar infelicidad a los demás. Pero advierto que estoy moralizando, y eso también es grande culpa. Mejor déjame contarte algo. En la clausura en que me encuentro por causa del coronavirus me enteré de que en mi colonia iba a haber una procesión para pedir por el fin de la epidemia y por sus víctimas. Me encendí en poco santa indignación. ¿Una procesión cuando todos debemos estar en aislamiento para evitar la propagación del mal? Recordé que en la Edad Media la gente acudía en masa a las iglesias a orar en tiempos de epidemia, y ahí se contagiaba.

Salí a la puerta de la calle a fin de protestar contra eso. Y entonces vi la procesión. La integraba un solo hombre, un fraile vestido con humilde hábito y sandalias igualmente humildes. Llevaba en las manos la custodia con el Santísimo. Frente a cada casa hacía sin palabras la señal de la cruz para bendecir a sus moradores. Y ahora llámame hipócrita, fariseo, etcétera. Cuando esa solitaria procesión pasó ante mí me arrodillé como en mis días de inocencia, con la misma fe que no conoce dudas, con la misma esperanza que no admite desesperación.

Y luego, al levantarme, no me sentí avergonzado por lo que había hecho, antes bien experimenté una sensación de paz, de plenitud espiritual; una especie de certidumbre ante la incertidumbre. En mí -tú me conoces- conviven las dudas y la fe. En ocasiones creo que no creo. Pero pienso que en días como éstos, de soledad que se vuelve temor, de temor que se vuelve soledad, es mejor creer que dudar. FIN.

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