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Columnas

Plaza de almas

El muchacho cayó en manos de aquella mujer. Ya se sabe que caer en manos de una mujer no es lo mismo que caer en sus brazos.

Por Catón  

El muchacho cayó en manos de aquella mujer. Ya se sabe que caer en manos de una mujer no es lo mismo que caer en sus brazos. Por ella traía sorbido el seso, el poco seso que aquella locura de amor le había dejado; por ella se bebía los vientos; por ella andaba como sonámbulo, igual que fantasma nocturno. Le hablaban y no oía; veía y no miraba nada; iba a todas partes y a ninguna llegaba... andaba, como dicen, en la Luna, en Babia. Y la mujer con la que cayó en amores no era precisamente una María Goretti, una flor de virginal pureza. Al contrario. Había tenido dimes y diretes con todos los hombres del pueblo. Y no era chico el pueblo: Según el último censo tenía 10 mil habitantes, la mitad hombres, y de ellos más de 3 mil en edad de ejercer. De modo que ya se sabrá cómo era la mujer. Ilustraré el caso de la siguiente manera. Homobono es nombre raro. Pues bien: Ella había yacido con tres Homobonos. Imaginen entonces mis cuatro lectores con cuántos Juanes, Pedros, Antonios, Franciscos, Luises, etcétera habría yacido también. Pero se encaprichó el doncel con ella, como dije, y dio en la loca idea de desposarla. El tonto se quería casar con aquella desaforada pecatriz. Y era quizás el único que no le había contado los lunares del cuerpo. La madre del muchacho se angustió. ¿Cómo ver a su hijo casado con aquella pelandusca, zorra, perdida, tía, buscona, pelleja, tusona, coima, meretriz? Fue la pobre señora a la Catedral y le encendió un cirio a Santa Eduwiges de Hungría, patrona de las causas desesperadas, y otro a Santa Lucía, que dicen que abre los ojos de los que no ven. Le rezó una novena a San Judas Tadeo, abogado de imposibles. Luego, para mayor seguridad, compró en el mercado municipal unos polvos de la Madre Celestina y los dispersó bajo de la cama de su hijo después de recitar la Bendita Oración de las Siete Promesas. Finalmente se encaró con su hijo en la soledad de su recámara de viuda, y de buenas a primeras le preguntó si era cierto lo que en el pueblo decía la gente, que se iba a casar con la fulana, y que la tal mujer se jactaba de que iba a ir a la iglesia de blanco y sin puntitos de color en el vestido, como debían ir las que al altar llegaban sin la impoluta gala de la virginidad. El muchacho dijo que sí; que ya sabía lo que era esa mujer, pero que ella le había jurado y perjurado que cambiaría de vida, que le sería fiel, por lo menos frecuentemente. Había que tener caridad con ella, dijo el enamorado joven, y pensar que su futura esposa dejaría de ser lo que antes fue. La madre no respondió directamente a los alegatos de su hijo. Lo único que hizo fue recitarle una cuarteta que había oído de labios de su padre, charro él: “... No compres caballo manco / pensando que ha de sanar. / Si de bueno se fue a manco, / de manco ¿a dónde no irá?...”. El muchacho no respondió nada, pero su madre, con ese séptimo sentido que las madres tienen -todas las mujeres poseen un sexto sentido; las que son madres tienen uno más-, la madre del muchacho, digo, sintió que sus palabras habían calado en su hijo, porque éste se quedó cavilando. Así, caviloso se le vio por unos días. Y luego de repente fue otro, como si hubiera salido de un pozo a la superficie; como si hubiera pasado de las tinieblas a la luz. Dejó de ver a la mujer, que estaba ya tan vista, y el matrimonio arreglado se desarregló. La feliz mamá estaba en el cielo de la felicidad, y ahí sigue hasta el día en que estoy escribiendo estos renglones. Eso sí: Hasta la fecha no sabe todavía a quién agradecerle el milagro: A Santa Eduwiges, a Santa Lucía, a San Judas Tadeo, a la Madre Celestina o a los versos aquellos del caballo manco. FIN.

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