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El vendedor cumplió la orden. En la siguiente relación de gastos que le presentó al gerente éste leyó: “Por ir a jugar golf con unos clientes: 5 mil pesos. Por curación del equipo: 15 mil”.

Por . Catón

“Por gastos en congal: 5 mil pesos”. El gerente de la compañía vio ese rubro en la lista de gastos que le presentó el agente viajero y le llamó la atención: “¿Cómo puede poner esa majadería en su relación de viáticos?”. “Señor -se justificó el empleado-, a veces paso más de dos semanas fuera de mi casa. Usted sabe, uno es hombre, y…”. “Entiendo -lo interrumpió el superior-. Pero no ponga eso en su informe. Disfrace el concepto. Escriba, por ejemplo: ‘Por ir a jugar golf con unos clientes: 5 mil pesos’. Yo entenderé y le cubriré el concepto”. El vendedor cumplió la orden. En la siguiente relación de gastos que le presentó al gerente éste leyó: “Por ir a jugar golf con unos clientes: 5 mil pesos. Por curación del equipo: 15 mil”. Este predio en la antigua hacienda de Ábrego recibe el nombre de Las Melgas. Las Amelgas, debería llamarse, pues tal es el término correcto, pero hasta acá no llega la corrección gramatical, que a veces se antoja pedante y estorbosa. En este huerto se da el durazno potrereño, todo aroma, dulzor y terciopelo, y las bíblicas higueras dan su fruto, que cuando lo abres te provoca pensamientos nada bíblicos. Las Melgas estaban divididas en dos por un hondo barranco que a lo largo de los milenios fue cavando la impetuosa corriente que en época de lluvias baja de la montaña con violencia torrencial. Pero llegó mi inolvidable amigo Jorge Hernández, talentosísimo ingeniero, y nos construyó un puente colgante similar al Golden Gate, de San Francisco, si bien un poco más pequeño, hay que reconocerlo. Así quedaron unidas ambas mitades de la hermosa huerta. En otras latitudes se halla el puente El Baluarte, en la carretera que hizo Felipe Calderón, la cual justifica todo un sexenio y que en gran parte ha sido causa de la transformación que ahora vive Mazatlán, una de las más bellas ciudades de nuestro País. Obra monumental es esa vía, y puente digno de admiración mundial es El Baluarte, prodigio de la ingeniería nacional. A lo que voy es a decir que los mexicanos somos buenos, buenísimos, para hacer puentes. Tomen ustedes por ejemplo este que se dio con motivo de las Fiestas Patrias. En él celebramos a México, su historia y tradiciones, sus incontables bellezas naturales, el valioso legado de sus ancestrales culturas aborígenes y la rica herencia que de la Madre España recibimos, las maravillas que salen de las manos de nuestros artesanos, las sabrosuras de nuestras cocinas, el arte y la cultura de que somos dueños, con los infinitos dones que de la Patria y de su gente recibimos cada día, las más de las veces sin darnos cuenta de ellos y sin agradecerlos. No celebramos, en cambio, la criminalidad rampante que sufrimos, ni las deficiencias en materia de educación, de economía y de salud, ni el populismo que padecemos, ni la creciente militarización de la vida nacional, ni la falta de una oposición consistente, ni el debilitamiento de las instituciones, ni la falta de respeto a la ley, ni esas obras tan costosas como inútiles, ni la ineptitud oficial, ni todos los demás malos efectos derivados de un Gobierno que se finca en una sola voluntad omnímoda, caprichosa e impredecible cuyo único freno y contrapeso parece ser ahora el poderoso vecino que tenemos al Norte. Nada de eso celebramos, porque de eso nada es digno de celebración. Pero en estos días, y en todos, celebramos a esa Patria que es la nuestra, siempre, por encima de la maldad de los delincuentes y de la inepcia de quienes no han sabido cimentar sus buenas intenciones en acciones buenas, pues ponen la incondicionalidad por encima de la capacidad. Y ya no digo más, porque advierto que en vez de estar celebrando me estoy encabr… FIN.

Licenciado en Derecho y en Lengua y Literatura españolas/cronista de Saltillo.

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