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Columnas

No nos quisieron oír

La nueva normalidad que se estableció con Trump era buena para los ratings pero no para el civismo ni para una sociedad democrática. Lo repetí de manera pública: Si Trump me atacaba a mí, podía después atacar a otros periodistas. Y lo hizo.

Por Jorge Ramos

Jorge.Ramos@nytimes.com

Tengo el honor de haber sido expulsado de una conferencia de prensa de Donald Trump por tratar de hacerle una pregunta. Un guardia de seguridad me sacó. Ocurrió el 25 de agosto de 2015 en Dubuque, Iowa, cuando Trump era precandidato a la presidencia de Estados Unidos por el Partido Republicano. Lo que pasó ahí ya revelaba lo que comprobamos después, durante los cuatro años de su presidencia: Desde entonces estábamos frente a un populista, un bully, un antiinmigrante y una amenaza para la libertad de prensa y la democracia.

 

Entonces sólo algunos escucharon las señales de alarma. Periodistas, políticos, posibles votantes y los nuevos y entusiastas seguidores de Trump le estaban dejando abierto el camino a la Casa Blanca con muy poco escrutinio. Ignorar esa temprana y clarísima advertencia le costó muy caro a Estados Unidos.

 

Todo comenzó cuando, unos meses antes, Trump bajó en unas escaleras doradas de la torre Trump en Nueva York en 2015 para anunciar su candidatura a la presidencia y en su discurso llamó criminales y “violadores” a los inmigrantes mexicanos. Desde entonces, eran comentarios racistas inaceptables. Así que, como cualquier periodista, le escribí al precandidato y le solicité una entrevista. En lugar de responderme, el entonces precandidato publicó mi carta en su cuenta de Instagram, incluyendo mi número de teléfono. (Recibí cientos de llamadas y textos de odio y tuve que cambiar de número).

 

Lo que no cambió fue mi determinación por cuestionarlo y demostrar que era falso lo que decía sobre los inmigrantes. Eso nos llevó al choque en la conferencia de prensa en Iowa.

 

Esto fue lo pasó: Busqué una pausa en los comentarios de Trump, levanté la mano, dije que tenía una pregunta sobre inmigración, me paré y comencé a preguntar. Trump pretendió no verme y apuntó a otro periodista. Pero yo seguí adelante con mi pregunta.

 

“¡Siéntate!”, me ordenó cuatro veces. No le hice caso. “No te he dado la palabra”, dijo Trump, “regrésate a Univision”. Se trata de la versión trumpiana de un insulto racial que he escuchado antes: “Go back to your country” (regrésate a tu país).

 

Trump hizo una señal y un guardia de seguridad se puso frente a mí, empujándome hasta que me sacó del lugar. Mientras, le decía que no me tocara y que tenía derecho a hacer una pregunta. Afuera de la sala, uno de los seguidores de Trump me dijo: “Lárgate de mi país”, sin saber que yo también soy ciudadano de Estados Unidos. El odio es contagioso.

 

De todos los reporteros que estaban presentes, sólo Kasie Hunt de MSNBC y Tom Llamas de ABC News me defendieron frente al candidato y lo forzaron a que me dejara regresar a la sala de prensa. Lo hice minutos más tarde y, finalmente, pude hacer algunas de mis preguntas. David Gergen, asesor de cuatro presidentes, dijo que “ese intercambio será uno de los recuerdos que van a quedar de esta campaña”.

 

Tras el enfrentamiento con Trump recibí la solidaridad de varios periodistas. Pero, al mismo tiempo, algo raro y peligroso estaba pasando. El incidente no cambió la cobertura periodística ni la permisiva conducta hacia Trump. Poco a poco se estaba normalizando el grosero, abusivo y xenofóbico comportamiento de Trump. Algunos miembros de la prensa parecían fascinados con el fenómeno del empresario y figura de la telerrealidad. Otros pensaban, equivocadamente, que pronto cambiaría. Pero la actitud que prevalecía era: “Así es Trump y hay que cubrirlo, no importa lo que diga”.

 

Y lo que decía era una afronta a la idea de igualdad del texto de la Declaración de Independencia de Estados Unidos. Su insistencia de construir un muro en la frontera -y que lo pagara México- se sumaba a la de “echarle un vistazo” a la idea de cerrar mezquitas en el país como una manera de combatir al Estado Islámico.

 

Ninguno de estos comentarios llenos de odio, y muchos otros similares, debieron ser una sorpresa de la boca de la misma persona que, en 2011, aseguró de manera falsa que el entonces presidente Barack Obama “no tenía un certificado de nacimiento” de Estados Unidos.

 

A pesar de lo anterior, varios periodistas buscaban acceso constante al candidato y algunos medios transmitían -a veces sin críticas ni contexto- muchos de sus alucinantes comentarios.

 

La cobertura mediática contribuyó, en buena medida, a que Trump ganara las elecciones presidenciales de 2016. Pero lo que resultó ser desde que llegó a la Casa Blanca estaba ahí desde 2015. Varios periodistas -sobre todo los que hemos trabajado en América Latina y hemos cubierto a sus hombres fuertes- lo vimos y lo denunciamos. Pero no fue suficiente para que escucharan nuestras advertencias.

 

La nueva normalidad que se estableció con Trump era buena para los ratings pero no para el civismo ni para una sociedad democrática. Lo repetí de manera pública: Si Trump me atacaba a mí, podía después atacar a otros periodistas. Y lo hizo. Una vez en la presidencia, llamó a la prensa los “enemigos del pueblo”.

 

En los convulsivos y caóticos cuatro años de Trump en la Casa Blanca, el Presidente separó a miles de niños de sus padres en la frontera, no condenó a grupos supremacistas blancos y extendió su influencia por años al escoger a tres jueces conservadores para la Corte Suprema.

 

Pero, al final, su presidencia fue ensombrecida por una tragedia: Más de 270 mil muertos y más de 14 millones de contagiados por su irresponsable y errático manejo del coronavirus.

 

Estados Unidos jamás será una tiranía. El balance de poderes ha sobrevivido muy bien por más de dos siglos. Pero las celebraciones que vi en las calles de Washington y otras ciudades estadounidenses tras la derrota de Trump me recordaron tanto lo que viví en Nicaragua tras la caída del sandinismo en 1990 y en el año 2000 en México luego de 71 años de la “dictadura perfecta” del Partido Revolucionario Institucional (PRI).

 

Son fiestas de desahogo, casi de venganza: Quien dictó abusivamente la vida pública por tanto tiempo ya no estará más. Es como si te quitaran un enorme peso de encima.

 

Lección aprendida. Los periodistas debimos haber sido más críticos y exigentes con Trump desde el inicio, cuestionar cada una de sus mentiras e insultos, y no dejarlo salirse con la suya cuando hacía comentarios racistas y xenofóbicos. Nunca más podemos dejar que alguien se invente una realidad paralela para llegar a la presidencia de Estados Unidos. Nos faltaron muchas preguntas duras a tiempo.

 

Quizá la pandemia sea lo que acabó con presidencia de Trump. Pero mucho de esto pudo evitarse si hubiéramos puesto más atención -y resistencia- a las palabras y a los gestos del candidato que bajó en unas escaleras doradas en 2015. Pero no nos quisieron oír.

 

 

CV: Jorge Ramos, periodista ganador del Emmy, director de noticias de Univision Network. Ramos, nacido en México, es autor de nueve libros, el más reciente es "A Country for All: An Immigrant Manifesto".

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