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Columnas Jorge Ramos

No más oraciones, por favor

Es hora de cambiar el ritual: Políticos, no más oraciones, por favor. Lo que necesitamos son acciones

Por Jorge Ramos

Después de cada nueva masacre en Estados Unidos, hemos aprendido un doloroso ritual de la muerte. Primero aparece la noticia de la matanza en las redes sociales y en la televisión, luego llega una conferencia de prensa de la Policía, después escuchamos los testimonios de los testigos y al final vemos a los políticos, que prometen cambios y dicen que van a rezar por las víctimas y sus familiares.

Esta secuencia de actos no ha servido de nada: No se han cambiado o creado leyes para evitar estos tiroteos masivos. Ahora sólo esperamos con tristeza y frustración la siguiente masacre. Así que es hora de cambiar el ritual: Políticos, no más oraciones, por favor. Lo que necesitamos son acciones.

No soy religioso, pero creo comprender el poder de la oración. Concentra los pensamientos y acciones en una idea bienintencionada. Y eso siempre es positivo. El problema en el caso de la violencia causada por las armas de fuego es quedarse, únicamente, con los rezos y no hacer algo más.

En menos de una semana hemos tenidos dos masacres en Estados Unidos. Una en Atlanta, donde fueron asesinadas ocho personas, en su mayoría de origen asiático. Y la otra en un supermercado de Boulder, Colorado, donde murieron 10 más. La pregunta esencial es si todas esas muertes se hubieran podido evitar. Y la respuesta nos enfrenta con una realidad incómoda: En los últimos años no se ha hecho nada significativo para prevenir este tipo de asesinatos masivos.

Conseguir armas es demasiado fácil en este país. En algunos estados es más fácil adquirir armas que conseguir una medicina sin prescripción médica u obtener una vacuna contra el coronavirus sin estar en una categoría autorizada. En Estados Unidos -una nación con más de 328 millones de habitantes, de acuerdo con el censo oficial de 2019- hay 390 millones de armas, según algunos estimados. Ningún país del mundo tiene, en proporción, tantos rifles y pistolas en manos de su población civil.

En todas las naciones del planeta hay problemas, conflictos y personas con enfermedades mentales. Pero la abundancia de armas, la facilidad con que se consiguen y las leyes que protegen a sus dueños hacen de Estados Unidos un peligrosísimo experimento social. Es por ello que el simple hecho de ir de compras al supermercado en Boulder o trabajar en un spa en Atlanta ha sido una sentencia de muerte para personas inocentes.

Cuando me toca reportar sobre muertes o asesinatos colectivos en otros países generalmente hay una razón de fondo: Guerra, lucha entre cárteles, robo, dinero, secuestro, control de territorio o poder. Pero la gran tragedia de estas matanzas en Estados Unidos es que surgen en un país sin conflicto armado y motivadas por un atado complejo de razones. Tan complejo que son difíciles de aislar y responsabilizar enteramente: Desde el racismo, el sexismo, la profunda intolerancia de extremistas religiosos o el silencio sobre temas de salud mental.

Ante la pregunta de por qué hay tantos tiroteos masivos en Estados Unidos, la respuesta, absurda y desconcertante, que tenemos es: Porque se puede, porque hay muchas armas letales y porque nada impide que un individuo descontrolado use armas de guerra para apaciguar a sus demonios internos.

Estados Unidos ha sufrido al menos 121 masacres en las últimas cuatro décadas, de acuerdo con la investigación de la revista Mother Jones. Se trata de matanzas en las que murieron cuatro personas o más. Y su conclusión es desalentadora: “La mayoría de los asesinos consiguieron sus armas de manera legal”.

Cuando dos estudiantes mataron a doce de sus compañeros y a un maestro en la escuela Columbine de Colorado en 1999, creí que algo se iba a hacer para restringir el acceso a las armas de fuego. Y no pasó nada. Tras la muerte de 20 niños y seis adultos en la escuela primaria Sandy Hook en Connecticut en 2012 pensé, erróneamente, que habíamos llegado al límite. Y cuando mataron a 17 personas en 2018 en una escuela de Parkland, Florida, cerca de mi casa, sospeché que sería la última masacre de su tipo. Todas esas veces me equivoqué. Muchos de nosotros pensamos que algo iba a cambiar. Pero nos hemos equivocado demasiadas veces.

En algunos casos, como en Florida, se modificaron algunos requisitos a nivel estatal. Pero no suficientes y no a nivel nacional.

Es casi un lugar común que después de estas masacres muchos políticos envíen sus buenos deseos a los familiares de las víctimas y pidan oraciones. Se agradece, claro. Pero necesitamos más. Algunos políticos lo reconocen. “Buenos pensamientos y oraciones no pudieron salvar ocho víctimas en Atlanta y a 10 la otra noche, incluyendo a un policía valiente”, dijo en su cuenta de Twitter el senador por Connecticut, Richard Blumenthal. “El Congreso debe honrar a estas víctimas pero con acciones -acciones reales- como la revisión de antecedentes penales a todos los compradores de armas”.

“Los líderes religiosos tienen un papel importante en todo esto”, dijo en una audiencia el senador por Illinois, Dick Durbin. “Pero nosotros estamos en el Senado. ¿Qué es lo que estamos haciendo?”. La respuesta es nada o no lo suficiente.

En el terrible proceso aprendido de duelo colectivo después de una matanza en Estados Unidos, ahora estamos en el momento de la indignación y de las declaraciones públicas en las que nos prometen cambiar las leyes, en las que prometen restringir el uso de armas. Pero después de los funerales la realidad política volverá a paralizar al Congreso.

No parece haber suficientes congresistas que se atrevan a limitar el uso de armas de fuego, ni siquiera el uso de armas de guerra para civiles. Temen perder su reelección ante un electorado conservador que se resiste a tocar la segunda enmienda de la Constitución, que protege el uso de armas.

Y entonces otra crisis noticiosa dominará nuestra atención, todas las promesas y oraciones se olvidarán, y luego vendrá otra masacre. Como padre, una vez más, detendré todo lo que esté haciendo y preguntaré angustiado: ¿Ésta dónde fue?

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