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Columnas De política y cosas peores

Nada de murria

Dejará tras de sí una oscura estela, es cierto, pero acabará. Entonces todo empezará de nuevo. La vida siempre vuelve a comenzar.

Por Catón  

“Hágame la castración”. Eso le pidió en modo terminante el gato don Isidro al cirujano. En este caso la palabra “gato” no hace alusión al minino de tal nombre. Se refiere a un madrileño, pues así, “gatos”, son llamados los hombres nacidos en Madrid, sin que ese término sea peyorativo o denostoso. Es como llamar cachanillas a los de Mexicali, jarochos a los de Veracruz (del Puerto), tapatíos a los de Guadalajara, jaibos a los de Tampico o regios a los de Monterrey. El médico se sorprendió al oír esa solicitud tan peregrina. “¿Qué ha dicho usted?” -le preguntó con asombro al madrileño. “Ya me oyó -replicó éste-. Quiero que me haga la castración”. Vaciló el facultativo, y dijo luego: “Eso, señor, es algo sumamente delicado. O, con más precisión dicho, esos son algo sumamente delicado. ¿Por qué quiere usted que le haga la castración?”. Contestó don Isidro: “Así lo prescribió mi doctor, y tengo absoluta confianza en él. Hágame la castración”. Se encogió de hombros el galeno -era la parte que consideraba más decente para encoger-, y ese mismo día llevó a cabo la radical intervención quirúrgica. Al siguiente pasó visita a su paciente, que esa mañana lo estaba más que de costumbre. Le preguntó: “¿Cómo se siente?”. “Bien -respondió el intervenido-. No tengo dolor ni físico ni moral. Lo único que experimento es una desacostumbrada ligereza en la entrepierna, que antes, no es por presumir, me pesaba considerablemente”. “Es natural la sensación -dictaminó el cirujano-. Ya se acostumbrará usted a ese vacío. Y ahora me disculpa: Debo ir a hacer una circuncisión”. “¡Jod...! -dio una gran voz don Isidro-. ¡Ésa era la palabreja!”. Pues bien: Mi palabreja de hoy es “murria”. El tal vocablo designa a una especie de tristeza, melancolía o pesadumbre que abate el ánimo y lo trae decaído y contristado. Es lo que siente uno al separarse de la persona amada, al alejarse de un sitio muy querido o al escuchar las mañaneras de AMLO. No sé si sea efecto de la forzada reclusión, el caso es que ayer sufrí un amago de murria, un súbito desabrimiento que me conturbó, pues mi talante es de por sí feliz, alegre, y le son ajenos los sentimientos depresivos a los que algunos les tienen casa puesta. Por fortuna ese sombrío humor duró lo que un instante. Pensé luego en todo lo que tengo para ocupar las horas y los días. La amorosa compañía de mi mujer, y su conversación. (Empezamos a platicar hace más de 50 años y es fecha que aún no terminamos). La comunicación constante con nuestros cuatro hijos y nuestros trece nietos. El jardín, que no sabe de coronavirus y prodiga sus flores como nunca. Mis libros y películas. Mi música. Los modernos artilugios que tantas maravillas guardan. La computadora contra la cual juego épicas partidas de ajedrez: A veces le gano a la cabr..., pero las más de las veces me gana ella. Los pensamientos que pienso. Los recuerdos que recuerdo. ¿Cómo aburrirse cuando tienes todo eso; cuando te tienes a ti mismo y posees aunque sea sin merecerlos los dones de la fe, de la esperanza y el amor? Entonces ¡tizne a su madre la murria!, si me es permitido maldecir en estas horas de recogimiento. Adelante con los faroles; cumplamos las instrucciones de las autoridades de salud y tengamos la absoluta certeza de que esto pasará. Pónganse en manos de Dios los que en él creen, y los no creyentes en las del destino o lo que sea, y armémonos todos de paciencia y buena voluntad. No hay mal que dure 100 años -los nuestros suelen durar seis-, y esta epidemia acabará más temprano que tarde. Dejará tras de sí una oscura estela, es cierto, pero acabará. Entonces todo empezará de nuevo. La vida siempre vuelve a comenzar. FIN.

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