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  El califa Ben Azir se enamoró perdidamente de una meretriz. La llevó a su palacio e hizo que todos la sirvieran como a su ama y señora.

Por Armando Fuentes Aguirre

  El califa Ben Azir se enamoró perdidamente de una meretriz. La llevó a su palacio e hizo que todos la sirvieran como a su ama y señora.

         Eso le costó su reino. La madre del califa levantó contra él a la corte e hizo que los ministros lo destituyeran. En su lugar nombraron a un hermano suyo.

         Ben Azir se vio obligado a huir para salvar la vida. Al verlo sin poder y sin riquezas la meretriz lo abandonó. El califa destronado se vio en la precisión de mendigar un pedazo de pan.

         Murió pocos años después. En su última agonía intentaba evocar el rostro de la mujer por la que se perdió. Ni siquiera pudo recordar su nombre.

         Pasó el tiempo, y el nuevo califa se enamoró perdidamente de otra meretriz. Sucedió nuevamente lo mismo que con el otro había sucedido: su madre levantó contra él a la corte e hizo que los ministros lo destituyeran. Otro hermano ocupó el trono.

         El tiempo pasó.

         Ayer el nuevo califa conoció a una meretriz.

         ¡Hasta mañana!... 

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