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Yo no me opongo a la modernidad, aunque a veces la encuentro demasiado moderna. Entiendo, pues me lo dice la gente del Potrero, que es más fácil mantener una moto que un jumento.

Por Armando Fuentes Aguirre

El burrito de Juan Ramón Jiménez y la burrita de Cri Cri están en vías de extinción.

Ya no se oye en el rancho el wagneriano clamor del burro de las 11, que a esa exacta hora daba a conocer al mundo su existencia. El sincopado compás de su rebuzno ha sido sustituido por la estridencia de las motocicletas, medio de transporte de moda entre los campesinos jóvenes, que las compran a 24, 36 ó 48 cómodas mensualidades.

Yo no me opongo a la modernidad, aunque a veces la encuentro demasiado moderna. Entiendo, pues me lo dice la gente del Potrero, que es más fácil mantener una moto que un jumento. Pero el burro era parte del paisaje, y algo le falta al cuadro ahora que el burrito franciscano ya no se mira en él.

Es una pena que no sea yo hombre de música o de poesía. Ninguna de esas dos bellas locuras recibí de Dios. Si las tuviera le escribiría al paciente asno un soneto alejandrino, y por lo menos le compondría una canción, si no un concierto o una sinfonía. Cualquiera de esas dos obras merece.

En su lugar, antes de que se vayan para siempre, les dedico al burro y a la burrita estas desmañadas líneas.

Las estoy escribiendo exactamente a las 11.

¡Hasta mañana!

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