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El incrédulo le pidió a San Virila que hiciera un milagro para creer. San Virilia se resistía. No ignoraba que los incrédulos son tan empecinados que aunque vean 100 milagros seguirán sin creer.

Por Armando Fuentes Aguirre

El incrédulo le pidió a San Virila que hiciera algún milagro para poder creer.

San Virilia se resistía. No ignoraba que los incrédulos son tan empecinados en su incredulidad que aunque vean 100 milagros seguirán sin creer. Le preguntó:

-¿Qué clase de milagro quieres que haga?

-Cualquiera -contestó el escéptico-. Por ejemplo, haz que se detenga el Sol.

-Eso tendría muchas consecuencias -dijo San Virila-. Haré un milagro que no tendrá ninguna: Te detendré a ti.

Y así diciendo convirtió al hombre en estatua de piedra.

Aquello, en efecto, no tuvo ninguna consecuencia, aparte de beneficiar a las palomas. Sólo su mujer notó la desaparición del individuo. Y aun ella evitaba pasar cerca de la estatua, Decía: "Se parece demasiado a uno que fue mi marido".

San Virila, sin embargo, era misericordioso, igual que su Señor. Un día volvió a la vida al hombre. De eso tampoco nadie se dio cuenta. Únicamente lo notaron las palomas.

¡Hasta mañana!

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