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Cuando eras todavía un perro niño gustabas de asustar a las pequeñas criaturas del bosque. Irrumpías entre las codornices y las hacías volar; corrías tras el conejillo sin ganas de alcanzarlo.

Por Armando Fuentes Aguirre

         ¿Cuántas veces fuimos juntos por la vereda, Terry, amado perro mío? ¿Cuántas veces subimos por esa senda a la montaña para ver desde lo alto al caserío, para vernos a nosotros mismos en la soledad?

         Cuando eras todavía un perro niño gustabas de asustar a las pequeñas criaturas del bosque. Irrumpías entre las codornices y las hacías volar; corrías tras el conejillo sin ganas de alcanzarlo; le gruñías quedamente al ciervo que nos miraba con curiosidad, y te ponías entre él y yo, presto a defenderme de un peligro inexistente.

         Ya no estás tú, mi Terry, y la vereda por la que ya no subo se ha borrado casi, según me cuentan los que van allá. Pero siguen estando las codornices, el conejo y el venado. Quiero decir que la vida sigue estando. La vida estará siempre, perro mío.

         Ahora miro el monte, tan arriba, y me miro yo, tan abajo.

Tú me hacías sentir grande, Terry, con tu amor. 

Ahora, con mis dudas, me siento muy pequeño, y ya no estás tú para defenderme de ellas.

         ¡Hasta mañana!

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         Con el ánimo abatido

         el segundo ya se fue.

         Y es que vio en la 4T

         un ambiente enrarecido.

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