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JORGE RAMOS

Los niños de Uvalde

He cubierto tantas masacres en Estados Unidos que ya perdí la cuenta. Pero esta -en medio de una comunidad mayoritariamente latina en Texas- me ha tocado muy de cerca.

Por Jorge Ramos

UVALDE, TEXAS.- “¿Cómo puedes ver a esta niña y dispararle?”, se preguntaba en una entrevista con CNN Ángel Garza, asistente médico y papá de Amerie. Ella acababa de cumplir 10 años y fue una de los 19 niños asesinados en la escuela primaria Robb el 24 de mayo. “¡Ay, mi bebé! ¿Cómo le disparas a mi bebé?”.

El dolor de Ángel Garza es enorme y desgarrador. En la entrevista abrazaba una foto de su hija Amerie y la sostenía cerca del corazón. Él fue uno de los socorristas que llegó a atender a los niños sobrevivientes de la masacre. Y le contó a Anderson Cooper que se enteró de la muerte de su hija mientras intentaba ayudar a una niña que estaba completamente ensangrentada y decía que su mejor amiga no respiraba: Era Amerie Jo Garza. Es una tragedia difícil de comprender.

He cubierto tantas masacres en Estados Unidos que ya perdí la cuenta. Pero esta -en medio de una comunidad mayoritariamente latina en Texas- me ha tocado muy de cerca. Aquí he visto llorar a los reporteros más duros y experimentados. Quizá predomina una terrible sensación que esto le pudo ocurrir a cualquiera de nosotros.

Las matanzas en este país se han convertido en parte de nuestra cotidianeidad y ya todos sabemos cuál es el orden de los eventos y los protocolos usuales. Primero llega la sorpresa y el estremecimiento, habla la Policía y el Presidente da un discurso, luego comienzan las oraciones seguidas por las propuestas de cambios en las leyes de uso de armas... y al final no pasa nada. Nada.

La masacre de 1999 en la escuela secundaria de Columbine en Colorado nos despertó a lo que era inimaginable: El brutal asesinato masivo de niños y adolescentes en sus propias escuelas. Y tras el asesinato en 2012 de 20 niños y seis educadores en la primaria Sandy Hook en Connecticut muchos creímos, inocentemente, que ese era el límite. No lo fue. En 2018 mataron a 17 personas en otra escuela muy cerca de mi casa en Parkland, Florida.

Eso cambió la vida de Manuel y Patricia Oliver. Su hijo Joaquín, de 17 años, murió en esa masacre. Los padres de Joaquín se han convertido en activistas para el control de armas de fuego y han sido muy críticos con aquellos que sólo piden oraciones después de una matanza.

“Algunos van a decir: ‘Nuestros corazones están con las familias’”, dijo Manuel refiriéndose a los políticos luego de los asesinatos de estudiantes en Uvalde. “Pero ¿saben qué? Esas familias no necesitan sus malditos corazones. Necesitan a sus niños. Y sus niños ya no están aquí”.

He recorrido, sin prisa, distintos rincones de Uvalde y pocas veces he sentido tal concentración de dolor. Y hay, sobre todo, una pregunta: ¿Por qué?

“Yo no entiendo cómo un ser humano puede dispararle en la cara a una criatura”, me dijo Irene Salinas, una maestra de la escuela Robb que le dio clases a muchos de los niños que fallecieron. “Eso ya no es humano”.

La ayuda y el consuelo están llegando de todos lados. Religiosos de México y de poblaciones aledañas están aquí. Al arzobispo de San Antonio, Gustavo García-Siller, le tocó consolar a un padre en el hospital cuando le dijeron que su niña había muerto. “Líderes, hemos fallado”, me dijo. “Son los frutos de una sociedad que hemos creado. Una sociedad de muerte, no de vida”.

En Uvalde veo dolor, enojo e indignación. Y a pesar de eso, nada va a cambiar. He perdido el optimismo. Un cambio que permita frenar estas tragedias no depende del presidente Joe Biden ni de una sola persona. En el Senado de Estados Unidos no hay los votos necesarios para limitar el uso de armas de fuego, para prohibir o restringir su compra y ni siquiera para requerir a nivel nacional un certificado de antecedentes penales. La Asociación Nacional del Rifle, un grupo de interés muy poderoso, financia a muchos políticos que no están dispuestos a arriesgar su puesto por un voto.

Los políticos más conservadores, como el gobernador de Texas Greg Abbott, prefieren concentrarse en asuntos de salud mental. Pero un muchacho de 18 años -como Salvador Ramos, el responsable de la masacre en Uvaldecon atribulaciones y crisis familiares, no sería el mismo peligro para la comunidad si no hubiera tenido acceso a un rifle AR-15, un arma semiautomática creada para la guerra.

Este tipo de matanzas es un fenómeno típicamente estadounidense. En ninguna otra parte del mundo hay masacres similares con la letalidad y frecuencia con las que ocurren aquí. Y mucho menos con víctimas de 10 años. Y cuando ocurren tragedias similares en otros países, también con culturas arraigadas de posesión de armas, sus legisladores se han movido para hacer cambios. Pero no en Estados Unidos.

La poeta Amanda Gorman lo expresó muy bien en Twitter: “Sólo un monstruo mata a niños. Pero ver a monstruos matar a niños, una y otra vez y no hacer nada no sólo es una locura, es inhumano”.

Me pregunto cuántas masacres más derivadas de la violencia armada en este país podremos soportar sin volvernos, como dice Gorman, inhumanos.

Hay momentos, durante esta cobertura en que me he quedado sin palabras. Y sin fuerza. Vuelvo a ver el video de Ángel Garza hablando de su hija Amerie y tengo que ponerlo en pausa. Es demasiado. Esto revienta cualquier corazón.

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