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Columnas

La más elemental rendición de cuentas

Por razones distintas, la mayoría de la opinión pública ha decidido perdonar la ineficacia, la confusión y -en el caso de varios funcionarios, comenzando con el Presidente- la incongruencia frente a la crisis.

Por León Krauze

Hasta el sábado, el Estado de California en Estados Unidos había aplicado 8 millones 300 mil vacunas. 15% de la población total del Estado había recibido al menos una dosis con un ritmo de 250 mil vacunas cada día. El centro de vacunación en el estadio de los Dodgers aplicó 56 mil dosis en sus primeros nueve días de operación. Si California fuera un país, ocuparía el sexto lugar del mundo en vacunación.

 

 A pesar de estos números notables, el gobernador del Estado, el demócrata Gavin Newsom, enfrenta una posible destitución. En cuatro meses ha perdido 20 puntos de aprobación. Los californianos no le perdonan algunos titubeos y mensajes encontrados en el establecimiento de medidas sanitarias durante la pandemia. También le están cobrando la disparidad en la aplicación de las vacunas después de que estudios recientes revelaran que la población blanca ha recibido más vacunas que los hispanos o afroamericanos (Newsom lo justifica diciendo que las minorías están lamentablemente subrepresentadas entre los trabajadores de la salud, que han sido los primeros en vacunarse). Por último, un porcentaje considerable de californianos le han dado la espalda al Gobernador después de que Newsom fuera descubierto cenando en un restaurante de lujo, sin mascarilla, en noviembre.

 

Así las cosas. A pesar de los logros evidentes de su Gobierno, no es imposible que, en el sistema de democracia directa de California, Newsom sea despedido antes de tiempo. Hace unos días, cuando lo entrevisté, reconoció que el movimiento para destituirlo se ha vuelto "una distracción". También aceptó que la pandemia será el reto definitivo de su Gobierno: Se le recordará por la manera como ha manejado la crisis del coronavirus, para bien o para mal.

 

Es improbable que Newsom al final pierda el puesto, pero su historia ofrece lecciones. La más importante es que, aunque las cifras de vacunación sean objetivamente positivas, los californianos exigen de su Gobierno eficacia absoluta y decisiones socialmente responsables. No sólo eso: Exigen congruencia moral. Newsom estableció normas de confinamiento severas y necesarias, pero el desplante de reunirse en un restaurante en plena pandemia es imperdonable. Newsom podrá haber conseguido millones de vacunas (más que la inmensa mayoría de países), pero su repartición inequitativa es inaceptable.

 

En suma: Si va a gobernar un sitio como California, la exigencia es total. Eficacia, transparencia y congruencia moral o la posibilidad de perder el puesto. Rendición elemental de cuentas. Así de sencillo.

 

 En México ha ocurrido lo contrario. Por razones distintas, la mayoría de la opinión pública ha decidido perdonar la ineficacia, la confusión y -en el caso de varios funcionarios, comenzando con el Presidente- la incongruencia frente a la crisis. ¿Que las vacunas llegan a cuentagotas y no esté enteramente claro cuándo se tendrán y cómo se aplicarán? No importa: Celebremos en primera plana que ya están en un avión unos cuantos miles de dosis de esta o aquella vacuna (no que ya llegaron o se están aplicando… ¡que ya están en el avión!). ¿Que el Presidente enfermó de Covid-19 y emergió de la enfermedad sin recular un centímetro e insistiendo en no usar mascarilla sanitaria? No importa: Creámosle que se enfermó "porque trabaja mucho" y a otra cosa. ¿Qué otros miembros del gabinete insisten también en no usar tapabocas? Tampoco importa. ¿Que Hugo López-Gatell se fue de vacaciones ignorando de manera flagrante las propias recomendaciones del Gobierno que representa? No importa: Es "orgullo mexicano" por decreto y a otra cosa. Y lo más importante: ¿Que en México han muerto por lo menos 180 mil personas, 120 mil más de lo que el propio López-Gatell describió como un escenario catastrófico? No importa: Comprendamos que se trata de una pandemia. Después de todo, el mundo entero ha sufrido, nos dicen.

 

 La falta de rendición de cuentas es un grave problema para cualquier democracia. Lo es si la autoridad se niega a pagar las consecuencias de sus errores. Hace algunos años, un colega describía al Gobierno de Enrique Peña Nieto como "el Gobierno en el que nadie renuncia". Tenía razón, pero nada ha cambiado, al menos en cuanto a la pandemia. A pesar de la catástrofe, nadie paga las consecuencias.

 

 Pero la falta de rendición de cuentas es peor cuando la sociedad misma no la exige. México no es cualquier país. Es la decimoquinta economía del mundo, con recursos de toda índole para enfrentar esta y otras crisis. No hay razón para conformarse con la mediocridad, mucho menos con la mendacidad. Lo que ha pasado en México con el coronavirus es inaceptable. O debería serlo. No debemos acostumbrarnos a un status quo de impericia y opacidad. No hay prioridad mayor para un Gobierno que asegurar el bienestar y la salud de la población. Los funcionarios que no hayan cumplido con esa labor elemental deben enfrentar la consecuencia elemental de la indignación de la opinión pública. "Si no pueden, renuncien", decía Alejandro Martí tras la muerte de su hijo. Tenía razón. La gente de California tiene razón en exigir un Gobierno a la altura de un Estado que es, por sí solo, una de las grandes economías del planeta. Los mexicanos debemos exigir lo mismo.

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