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Columnas

La crisis perpetua en la frontera (y qué se puede hacer para solucionarla)

La frontera entre México y Estados Unidos “es una cicatriz que sangra”. Así la describió el escritor mexicanoCarlos Fuentes en 1997

Por Jorge Ramos

La frontera entre México y Estados Unidos “es una cicatriz que sangra”. Así la describió el escritor mexicanoCarlos Fuentes en 1997. Ese año, según el Pew Research Center, entraron 1.2 millones de inmigrantes, tanto autorizados como no autorizados, a Estados Unidos. En ese entonces, como ahora, se hablaba ya de una crisis desbordada.

La verdad es que esa frontera siempre ha estado en crisis. Es una crisis perpetua desde su conformación, con los límites que conocemos hoy. La frontera se redefinió después del fin de la guerra entre México y Estados Unidos, en 1848. En mis clases de primaria en Ciudad de México nos enseñaron que con la firma del Tratado de Guadalupe Hidalgo, el conflicto y la invasión estadounidense terminaron y México fue obligado a ceder el 55% de su territorio a Estados Unidos con una compensación de 15 millones de dólares. Así que en ese entonces muchos no cruzaron la frontera, la frontera los cruzó a ellos.

Desde entonces la frontera ha sido, al mismo tiempo, una zona de conflictos y de hermandad extraordinaria. Y desde que tengo memoria ha habido debates y dilemas sobre los que cruzan del Sur al Norte, y preguntas sobre cuántos deben cruzar cada año.

El número de personas indocumentadas siguió creciendo -hasta 12.2 millones en 2007- y en 2009 llegó Barack Obama a la presidencia. En los meses de ese año en los que su partido, el Demócrata, controlaba ambas cámaras del Congreso, Obama desaprovechó la oportunidad para presentar una reforma migratoria que regularizara su estatus. Y luego llegó Donald Trump, uno de los presidentes más racistas y antiinmigrantes que ha tenido EU.

Las políticas inhumanas y represivas de Trump -y las medidas de emergencia sanitaria por la pandemia- redujeron la migración a sus niveles más bajos desde los años 80.

Pero ahora, con un nuevo Presidente y con nuevas reglas, podríamos regresar a las épocas en que cruzaban cientos de miles de personas indocumentadas cada año. Sólo en febrero se registraron más de 100 mil 400 cruces no autorizados. Esa es, quizá, la nueva normalidad.

Debido a la pandemia, América Latina ha vivido su “peor crisis social, económica y productiva” en 120 años, según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal). Dos huracanes -”Eta” e “Iota”- devastaron Centroamérica a finales del año pasado. Y las pandillas, la corrupción, la violencia y los efectos de la crisis medioambiental y escasez de vacunas contra la Covid-19 han expulsado a muchos de la región.

México, en particular, ha sufrido mucho durante la pandemia: Más de 320 mil mexicanos han muerto, según el nuevo reporte oficial del Gobierno mexicano que incorpora las llamadas “muertes excesivas”, y su economía cayó 8.5% en 2020. A esta situación se añade el terrible e intratable problema de la violencia de los cárteles del narcotráfico. El comandante a cargo del Comando Norte de Estados Unidos informó recientemente que “entre 30 y el 35% de México” está en control de “organizaciones criminales transnacionales”. Esto implica un peligro inminente para quienes cruzan territorio mexicano para llegar a la frontera.

Estados Unidos es un país de inmigrantes y necesitará muchos más para la recuperación económica después de la pandemia, para reemplazar a la creciente población que se jubila y también para compensar por las bajas tasas de natalidad en Estados Unidos, según argumentó recientemente el periodista Andrés Oppenheimer del The Miami Herald. Nuestro sistema migratorio requiere renovarse para afrontar estos retos

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